Crónica del terremoto de Chile (y 5) : El descanso

Después de un rato de conversar en círculos por fin entendí lo que sucedía. Gustavo y Mari no querían que nos fuéramos. En esos tres días tan intensos, los más intensos de nuestras vidas, el cariño se había ido acumulando de forma acelerada, en esos tres días ya nos conocíamos de toda la vida, ya nos queríamos de toda la vida. Separarnos significaba, seguramente, no vernos nunca más, y despedirse de alguien que en tres días ha entrado para siempre en tu mundo es doloroso. Pero ya habíamos decidido irnos a Santiago, en parte por huir de aquel entorno de destrucción y estrés, en parte por no estorbar más y dejar que la gente empezase a organizar el resto de su historia sin tener que preocuparse por nosotros. No había vuelta atrás.

 

Antes de llegar a la estación de autobuses Mari ya nos había colocado en el hostal que su prima Jessica tenía en Santiago. Cuando lleguéis me llamáis, nos decía cuando estábamos frente a la puerta del autobús. Y lo decía con lágrimas en los ojos, las mismas lágrimas que nublaban, también, los ojos de Gustavo, las mismas lágrimas que me hicieron el vacío en las entrañas y me tapiaron con cemento la garganta. Los chicos no lloran pero se hacen mierda por dentro mientras retienen el llanto ahí, justo entre los ojos, justo donde las lágrimas luchan por derramar los sentimientos apresados.

 

En el autobús, seis horas de un trayecto que normalmente se hace en tres, contemplando carreteras destruidas que se tienen que sortear, puentes en mal estado que se pasan a dos por hora, casas y casas y casas que ya no son casas, son puro escombro. Y en el fondo de todo, mientras miras por la ventanilla, la sensación equívoca de que de tanta desgracia, de tanto sufrimiento, surge un vínculo de por vida.

 

Jessica y su hijo nos esperaban en la estación para llevarnos al hostal a través de Santiago, un Santiago que no mostraba demasiados desperfectos, que aparentemente seguía su vida cotidiana de gran ciudad mientras, con dignidad, sobrellevaba las heridas por dentro, en silencio.

 

Allí nos esperaba una habitación enorme, con una cama enorme, de una calidez enorme, que prometía la paz tan anhelada. Pero descansar no es tan fácil cuando hay quien no tiene descanso. Para nosotros era sencillo, recogemos bártulos y seguimos viaje, o regresamos a casa, o nos vamos a vivir a Saturno, pero para los afectados de verdad por el seísmo, los que perdieron su casa, su familia, sus nervios, para esos no hay tregua, esos tienen que empezar a solucionar su vida al día siguiente, a luchar para rehacer lo que durante tanto tiempo construyeron y se perdió en unos pocos minutos. Y ese es un trabajo enorme, gigante, bestial, que se tiene que hacer acechado por el dolor y por los recuerdos, que amenaza con devorarte y dejarte exhausto en un rincón, suplicando que acabe ésto de una vez cuando ésto no ha hecho más que comenzar.

 

Sintiéndote un poco egoísta te das la vuelta y te dispones a dormir intentando que la pesadilla se transforme lo más rápidamente posible en recuerdo. Y antes de caer rendido por fin, pasan por tu mente Gustavo, Maxi y Mari, que te lo dieron todo cuando todo estaba en juego. Y te juras que le debes otra visita a Pichilemu, que ésto no puede terminar así, que es una suerte tener dos familias en una sola vida.

Javier Agudo

www.mundocroqueta.com

Imagen de miviaje

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