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Crónica del terremoto de Chile (3) : La resaca

La radio informaba de que en la parte afectada por la ola se estaban produciendo saqueos. Las mercancías de la feria de artesanía y del supermercado habían quedado expuestas a la codicia de los que ya sólo tienen de eso, que estaban dando rienda suelta a su rapacidad. De momento no había noticias de saqueos a casas u hostales pero Gustavo estaba inquieto por si la suya, después del maremoto, también estaba siendo víctima de los desaprensivos de siempre, así que fuimos directamente allí sin fijarnos demasiado en los estragos provocados por el seísmo.

 

Las cabañas, aunque estaban en primera línea de mar, estaban intactas. El que estuvieran un poco más elevadas que el resto de la costa, protegidas por una duna providencial, debía haberlas salvado.  Los saqueadores, de momento, las dejaban en paz. Les resultaba más fácil desvalijar un restaurante al otro lado de la calle que había perdido las paredes a causa del temblor. Una veintena de mangantes salían de la casa cargando botellas, mesas, sillas, todo lo que pillaran con tal de saciar su sed de rapiña. Cogimos ropa, documentación, comida y agua y, después de cerrarlo todo con llave, salimos de allí pitando, no fuera que alguna de las réplicas fuera más que una réplica y nos encontráramos de nuevo con una ola pisándonos los talones.

 

De vuelta al cerro decidimos pasar por la parte baja de la costanera para ver los daños. La imagen que encontramos no desmerecía a las peores películas americanas de catástrofes. Del paseo por donde habíamos deambulado la tarde anterior ya no quedaba nada. Los restaurantes, las casas, los comercios, los contenedores, todo había sido arrancado de cuajo. En su lugar se habían instalado el barro y los escombros, y algunos barcos que habían quedaba varados tierra adentro. Días después supimos que la ola había sido de ocho metros, que había tardado cuarenta minutos en llegar y que había penetrado cuatrocientos metros tierra adentro. A día de hoy aún no está claro cuantas víctimas hubo en Pichilemu, en todo caso parece que por suerte fueron pocas. Aquel panorama apocalíptico hacía pensar en algo mucho peor.

 

Mònica esperaba angustiada en el cerro, preocupada por si el mar volvía a salirse de su lecho y nos engullía a Gustavo y a mi. Nos recibió con un resoplido de menos mal, pero el miedo de su cara no menguó ni un ápice. Aún tenía terror al mar, y aunque a salvo en la montaña, el mar aún estaba demasiado cerca. Mientras Mari organizaba un poco la comida para desayunar algo, Gustavo explicaba cómo de devastado habíamos encontrado el pueblo. Yo no explicaba nada, no me podía quitar de la mente aquella imagen tantas veces repetida en los telediarios pero vista esta vez sin pantalla de por medio.

 

Después de compartir la comida con quien no tuvo la suerte conseguir nada, no podía ser de otra forma tratándose de Mari y Gustavo, había que decidir qué hacer. El cerro ya se estaba vaciando pero no queríamos volver a las cabañas, tan cerca del mar. De Pichilemu no podíamos salir, las noticias decían que las carreteras estaban cortadas y no había forma de abandonar el pueblo. Quedarnos más tiempo en la montaña, sin lavabos, sin agua, tirados en el suelo de cualquier manera, no parecía la solución. Así pues, Mari decidió que iríamos donde Martita y su familia, una amiga suya que colaboraba en la limpieza de los apartamentos en que nos alojábamos. Su casa se encontraba a mitad de la subida al monte, a bastante altura, así que allí estaríamos más seguros que cerca de la playa y más cómodos que en el cerro.

 

Y como es normal, Martita nos acogió. Y digo como es normal porque allí, en medio de la desgracia, todos compartían, todos ayudaban, todos consolaban. O la tragedia sacó lo mejor de la gente de Pichilemu o la gente de Pichilemu tiene mucho bueno dentro. La casa no era demasiado grande así que nos instalamos en el jardín con unos colchones tirados por el suelo, un lavabo a mano y una familia que estaba allí para lo que necesitáramos. En ese momento las réplicas ya se habían vuelto algo normal. De vez en cuando temblaba el suelo, la casa crujía, pero el susto no era ya tanto. Eso permitía percibir más intensamente los detalles, cómo la tierra se movía bajo los pies de forma ondulante, como si estuviera hecha de algún material blando y flexible que se pudiera moldear con facilidad, como si todo fuera un juego de niños para la inmensa fuerza que agitaba constantemente la corteza terrestre. Solamente Mònica y Maxi seguían igual de tensos después de cada temblor, con el primer miedo intacto, como si ése fuera el definitivo, el que iba a acabar con ellos. 

 

En aquel patio recibimos las primeras noticias del alcance del terremoto gracias a @noquierouser, hijo de Martita, que no se sabe cómo tenía acceso a Internet a través de su móvil y nos mantenía informados gracias a twitter, que demostraba de nuevo su eficacia como medio de comunicación rápido e independiente en momentos de crisis. Así alcanzamos a comprender la gravedad de lo ocurrido, uno de los diez mayores seísmos registrados en la historia.

 

Al llegar la noche decidimos volver al cerro para estar aún más seguros. Martita y su familia se quedaron en su patio, instalados en una tienda de campaña. No estaban dispuestos a dormir dentro de la casa, por si las moscas. La cima de la montaña estaba llena de nuevo, pero esta vez la organización era bien diferente a la de la noche anterior. Todos los coches estaban aparcados en orden y había bastantes hogueras diseminadas por el lugar. Camiones de bomberos distribuían agua potable y había una ambulancia allí instalada permanentemente por si alguien sufría algún problema de salud. Nosotros cinco nos instalamos como pudimos en el pequeño coche de Gustavo para pasar la noche. El frío, los temblores y el dolor de espalda no me dejaron dormir demasiado, pero algo dormí, en cambio Mònica no pegó ojo en toda la noche. El mar aún estaba demasiado cerca. El sol se asomó por fin y, agotados por el cansancio y el nerviosismo, en nuestra mente se repetía una y otra vez la misma pregunta: ¿y ahora qué?

 

Javier Agudo

 

www.mundocroqueta.com

Imagen de miviaje

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