Camiguín: Cascadas, volcanes, White Island y kinilao

Una sombrilla con triángulos de colores y una pequeña cabaña de bambú donde dormitan los pilotos de las bangkas. Eso compone todo el mobiliario de White Island. Más que una isla es un arrecife, un arrecife de arena blanca que se adentra poco a poco en el mar y queda sumergido con la marea alta de la mañana. El agua a su alrededor es cálida y transparente como en un acuario, propicia para una foto paradisiaca o para juguetear como un niño. Con las gafas de buceo se distinguen fácilmente las estrellas de mar, los erizos y algunos peces que se mueven entre las rocas y el fondo arenoso. Peces payaso que se esconden entre las anémonas o una especie de lenguado que se mimetiza con la arena. Y luego no cuesta nada acercarse nadando a las barcas de los pescadores y ayudarles a palmotear para atraer a los peces a las redes. Es kinilao, un pez muy pequeño que se come crudo, con vinagre y ajo. Quedan atrapados entre los agujeros de las redes y los pescadores los llevan hasta la arena para compartirlos con los barqueros y los dos o tres turistas que visitan la isla. Un aperitivo perfecto antes de echar un último vistazo a la arena y volver a Camiguín, que aparece imponente a un par de kilómetros, con las crestas verdes de los volcanes introduciéndose entre las nubes.


Camiguín es una pequeña isla junto a la costa norte de Mindanao. No es un lugar que suela aparecer en los folletos turísticos o en las postales, y su proximidad a Mindanao ahuyenta también a muchos turistas. Como curiosidad, es el lugar de la Tierra con mayor número de volcanes por km2, 20 en 1 Km2. Me encuentro con Dani, un amigo, en el aeropuerto de Manila para tomar un vuelo a Cagayán de Oro, el aeropuerto más cercano a Camiguín. Cagayán de Oro es la tercera ciudad de Mindanao y sede de la mayor planta de piña en Filipinas de la empresa americana de fruta Del Monte. El centro urbano tiene cierto desarrollo pero en los alrededores, por donde discurre la carretera, todo tiene el aspecto de un suburbio industrial rodeado de palmeras y manglares. Los 88 km que nos separan de Balingoan, desde donde sale el ferry a Camiguín, son un pasar sucesivo de casas de madera podrida y chapa, alambradas rotas y e hileras de camiones a los que cuesta adelantar. Vamos en un coche con 700.000 km y el tipo que nos lleva besa un rosario que cuelga del retrovisor y trata de ajustar con la mano izquierda el embrague, que se va soltando cada cierto tiempo. Dos horas y media de trayecto, una parada que parecía definitiva para colocar el embrague, ya en la mano del tipo, y entramos en el ferry. En el puerto, a la salida del barco, un grupo de niños nada a su alrededor. Desde la cubierta la gente les tira monedas y ellos se sumergen y reaparecen con la moneda en la mano. Somos los únicos turistas.

 


La mayor parte de la población extranjera de Camiguín no son turistas, son residentes, casi todos hombres de más de 40 años. Forman una comunidad llamativa, algunos tienen negocios, otros simplemente están retirados, pero la mayor parte, sea por la mujer o hijos filipinos, mantienen algún vínculo con las islas. Y parece que disfrutan del ritmo de vida de Camiguín. Un lugar fuera del cordón de los tifones y del peligro de Mindanao, sin aglomeraciones y donde todo el mundo los conoce. Una isla de jungla y volcanes con mucho espacio libre para construir, donde no es difícil tener una casa rodeada de campos de arroz o entre la selva. La mayor parte de ellos reside en la parte norte de la isla, la zona donde están también los principales hoteles, no más de quince en total. El núcleo urbano principal de la isla, Mambajao, está en el centro y no tiene más de 30.000 habitantes, básicamente filipinos. Es un pequeño pueblo sin apenas tráfico, con los triciclos aparcados en hilera y los sacos de arroz separados por categorías a la entrada del mercado.


Perry’s Pizza es el centro de encuentro de la comunidad de expatriados. Un local, más bien un puesto de bebidas, de no más de 20 m2  con cuatro mesas y una barra y donde es muy posible quedarse sin hielo. “Mom” Perry, la dueña, es una mujer de edad y expresión indefinibles, con ojos pequeños y soñolientos pero siempre atentos a su florida clientela. Por ejemplo, como para dejarles la moto una noche y que continúen la charla en Mambajao. “Pero poned gasolina”. La verdad es que no hay mucho que hacer por la noche en Camiguín que no sea charlar. Forma parte de la calma de la gente local, que se ha transmitido también a la comunidad internacional, realmente acogedora con los escasos visitantes. Jasper nació en Delhi pero vive en Klagenfurt (Austria). Tiene un negocio de alquiler de coches y un piso en Girona. Dice que se lo vendieron en una zona de “gitanos”. Está divorciado y tiene dos hijas, y le encanta Camiguín: “tiene un ritmo de vida diferente al resto de Filipinas”. Pasa una temporada cada año, y conoce bien las costumbres locales “Las mujeres gobiernan la vida común en Filipinas. Ellas traen el dinero a casa, el que es seguro y constante, y ellas arreglan y limpian la casa. Ellas hacen la comida y se ocupan de los niños. Y a cambio, deciden. Deciden lo importante, como comprar una casa. Los hombres son parásitos: no ganan lo suficiente y cuando lo hacen, muchas veces se lo gastan en el bar”. Como el matrimonio es una institución en Filipinas, un compromiso que una mujer ha de tomar antes de los 25 —en muchas ocasiones nadie da trabajo a una mujer si no está casada— el divorcio supone un doble problema para una mujer: ocuparse de los niños y dificultades para encontrar un buen trabajo. Algo que explica muchas salidas fáciles. Thomas es suizo y lleva 20 años casado con una filipina, algo, ese tiempo casado, que no es muy usual en la comunidad internacional. Es un tipo centrado, con dos hijas que estaban con él en nuestro hotel. “En Filipinas falta una buena política de nutrición, que alguien se ocupe. ¿No veis mucha gente, niños, con los dientes rotos? Aquí prácticamente sólo se come arroz, mezclado con cuatro hilos de carne. Los filipinos no entienden que no quieras arroz como acompañamiento cada día. Y además, muchos te dicen que no quieren verduras porque es de gente pobre…”. Puede que eso explique su tamaño, o el que las filipinas dejen de crecer a los quince años. Su hija, nos dice, apenas ha variado en los últimos cinco años y a Mimi, la chica que nos atiende en el hotel, le hubiéramos puesto quince. Pero tiene 21 y un hijo. Es la ventaja de charlar con residentes, obtienes un punto de vista occidental, que tú puedes entender. Y son una ayuda muy útil para saber cosas sobre Filipinas, sobre lugares que visitar o costumbres de la gente local.


El multicab es una furgoneta con la parte trasera acomodada para llevar pasajeros. Es el medio de transporte en Camiguín. En la cabina, Ryan, nuestro conductor, lleva dos adhesivos de la Virgen y el acelerador enganchado con una goma elástica al depósito, que separa los dos asientos. “Older but better engine”, proclama. Es un tipo torpe y demasiado aficionado a la cerveza, de esa clase de personas que tienen una sonrisa que te hace desconfiar inmediatamente. Sin embargo, se muestra animoso y contento de que le hayamos contratado para enseñarnos la isla. La primera furgoneta, la nueva, nos dejó tirados a un par de kilómetros de nuestro hotel unos días atrás, así que tampoco es que tengamos grandes esperanzas.


La primera parada es la cascada de Katibawasan, donde el agua duele cuando te golpea sobre la espalda. Es un salto de 70 metros que cae sobre una piscina natural, envuelto de arbustos y lianas que trepan por la roca gris. Una visión tropical. Los monos se dejan caer entre las lianas y se agarran de nuevo a las ramas. No hay nadie en agua, y la sensación de mirar a lo alto y contemplar el agua cayendo te absorbe por unos instantes.


Por el camino que recorre la punta norte se alcanza un observatorio que permite ver el contorno de la isla: “Las Estaciones de la Cruz”. Tras una subida de poco más de media hora los picos de los volcanes cubiertos de niebla aparecen en lo alto. Hacia abajo, la falda de las montañas, recubierta de palmeras, envuelve la carretera que circula junto a la costa. Durante el ascenso al observatorio se pasa por delante de las ”Estaciones”. Son 15 estatuas, cada una referida a una etapa en el Calvario de Jesucristo, de tamaño real y piedra blanca. Cristo con la cruz y arrodillado, con las mujeres que le dan agua, con el soldado que le golpea. Una mujer a la salida aguarda en un pupitre con una caja de metal para las donaciones. Hace calor y nos acercamos a Santo Niño Cold Springs, una piscina de agua natural, fría, que incluso se puede beber. Camiguín es uno de los pocos lugares de Filipinas donde puedes beber agua del grifo. Los ríos y los picos de los volcanes que se introducen entre las nubes dejan suficiente agua como para el suministro de toda la población. Y también agua caliente, los Ardem Hot Springs son una de las atracciones principales de la isla, un lugar ideal para ver la puesta de sol.


Una cruz erigida en mitad del mar marca el lugar del “Cementerio Hundido” de Camiguín. El terremoto de 1871 hundió el cementerio, las lápidas todavía se vislumbran bajo el agua, y la cruz señala el lugar exacto. Junto a la cruz están las ruinas de una iglesia española del sXVII, destruida por el mismo terremoto. Las ruinas, recubiertas de musgo tienen el color morado de las antiguas fortalezas pero ya ni se vislumbra la estructura. Un tullido hace de vigilante por el privilegio de pedir limosna. Tras la iglesia nos dirigimos a White Beach para pasar un par de horas en la pequeña isla de arena blanca. Y a la vuelta Ryan no aparece. Ni él ni su primo, que nos ha acompañado en el tour para darle charla. Finalmente, lo hace. Y parece que se ha gastado ya parte del adelanto, porque la resaca es monumental.
De vuelta hacia Cagayán de Oro también somos los únicos turistas en el ferry. Hay algo cálido en Camiguín, en sus carreteras desiertas y verdes, en la despreocupación y la cordialidad de sus habitantes, en la imagen de los pescadores que aleteaban en el agua junto a White Island. Algo que no es turístico. Las atracciones importan poco, aunque sean llamativas. Camiguín tiene un aura cálida y cordial en la que hay momentos en los que, realmente, pareces estar retirado del mundo.

NOTA: Las ciudades de Cagayan de Oro e Iligan, cercanas a Camiguín, fueron las más afectadas por el tifón Sendang, que golpeó el pasado diciembre de 2011 la costa norte de Mindanao, una parte de Filipinas que no suele verse afectada por los tifones. Diez horas de lluvia coincidieron con el punto más alto de la marea en plena noche produciendo el desbordamiento de los ríos y dejando más de mil muertos como consecuencia de las inundaciones, los deslizamientos de tierra y las precarias condiciones de las viviendas de la zona. Una tragedia que no debería coartar a nadie, precisamente ahora, de visitar esta preciosa parte de Filipinas.
 

Eduardo Rodríguez

www.vaiven.org

Imagen de miviaje

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