Arembepe, bañada por el sol, iluminada por el mar

Existe en Brasil, en el estado de Bahía, una aldea debajo del cielo reflejada en las aguas del océano rebosante de luz y de vida. Sus habitantes son pescadores y artesanos. Sus vecinos, monos, sapos y cangrejos. Viven bajo palmeras, dentro de casas de barro, de madera, de hierbas… Viven y sonríen, sin coches, sin prisas… No tienen ordenadores, tampoco televisión, no los necesitan. Nada de luz eléctrica, para ver el mundo no les hace falta.

Se despiertan al primer rayo de sol y no tardan en levantarse, el día que les espera derrocha luz, energía y color. Azul de cielo y mar, el verde de la hierba y amarillo de la esfera que les calienta. Aunque la aldea no tiene bandera, Brasil les tomó prestado los colores y, con orden y progreso, pintó sobre ellos unas estrellas. 

Las fronteras de esta tierra quedan marcadas por las aguas. La aldea se ve delimitada por pequeñas corrientes que arrastran ramas y espuma de olas con sabor a sal. Cada noche el sol se pierde entre las palmeras que inundan la otra orilla del río Capiraba, ese mismo sol que había llegado por la mañana, fresco, desde la lejana línea que marca el mar.

Tierra de nómadas y viajeros, hasta aquí llegan tortugas marinas cruzando miles de kilómetros de océano. Estas viajeras de agua salada eligieron Arembepe para dejar los huevos de esas pequeñas crías que en esta tierra abrirán por primera vez los ojos y, desde aquí, se lanzarán a recorrer el mundo.



La aldea hippie de Arembepe.

Arembepe es un pequeño pueblo situado a unos cuarenta kilómetros al norte de Salvador. A las afueras de la villa se abre un estrecho sendero que, entre piedras y charcos de puntuales lluvias, conduce hasta una de las aldeas hippies más famosas de Brasil, la aldea hippie de Arembepe. Pero existe otra forma de llegar, un acceso que se hace especialmente atractivo cuando cae la noche, se trata del camino que ofrece la playa. La oscuridad que permite la ausencia de focos lumínicos contrasta con la tenue luz que ofrecen las estrellas. Como si de un camino iniciático se tratara, a medida que te acercas a la aldea, vas rompiendo con el ritmo y la algarabía protagonista de la ciudad. No solo de la ciudad, sino de todo lo demás. Allí no hay coches, no hay electricidad, no hay de otras muchas cosas, pero hay gente alegre, hay paz y mucha vida allá donde mires.

La aldea nació durante los años 60. Allí se estableció un grupo de personas que bajo ideales de paz y amor decidió vivir a su manera en un mimetismo real con la naturaleza. Bajo las palmeras que rodean a esta comunidad, corrieron, se bañaron y se inspiraron muchos artistas, pintores, artesanos e iconos de la música brasileña y mundial. Grupos míticos como Novos Baianos, Caetano Veloso, Gilberto Gil o incluso los Rolling Stones dejaron sus huellas en aquella arena.

Sin embargo, pese a la fama que fue cosechando Arembepe, pese a poder ser un destino turístico, nunca se convirtió en una ciudad de mentira. Sus habitantes consiguieron mantener la armonía del lugar, no cedieron ante hoteles, mantuvieron los precios y no alteraron la filosofía de paz, amor y tranquilidad que a ellos les hizo asentarse allí y que es lo que tratan de ofrecer al que llega de fuera.

Tienen su propia forma de gestionar y aprovechar este turismo. Se convirtieron en artesanos. Tallan esculturas, hilan pulseras de cuero o collares con piedras que ellos mismos pulieron. Anillos, ropa, instrumentos musicales, cuadros… Sus obras quedan expuestas bajo el techo de un quiosco de madera, en el centro de una plaza rodeada por casas de barro y hojas de palmeras. Ahí muestran, venden su trabajo y también siguen creando. En ese mismo espacio pasan horas maleando los distintos materiales con los que darán forma a sus obras.

Los habitantes de la aldea presumen de venir de diferentes lugares del mundo. No siempre, todos, vivieron aquí. Se quedaron por la paz que se respiraba, pero la mayor parte de ellos tiene una trayectoria nómada y viajera. Se jactan de aprovechar cada oportunidad que aparece para seguir viajando, pero siempre acaban volviendo. De tantos viajes traen experiencias, aprendizajes y exóticos objetos y materiales. Así, bajo ese quiosco de madera, se presenta un mercadillo con aires de muchos lugares del mundo.

Tampoco dejan de lado al viajero que llega para visitar y respirar este viento alternativo. Varias de las casas de barro, cubiertas con hojas y ramas de cocoteros, fueron convertidas en posadas. A veces son solo pequeños espacios de casas particulares, iluminados con velas, que alquilan a unos precios bastante razonables. Es un privilegio pasar unos días en Arembepe, amanecer con el sol, abrir la ventana y encontrarte con el cielo y con el mar.

Como no podía ser menos, también tienen un bar, O restaurante posada do Roque. Es un pequeño establecimiento, con un porche, mesas y bancos de madera. El olor a moqueca de peixe, es algo que nunca falta. Se trata de un plato de origen indígena brasileño. Un cocido de pescado elaborado con varios ingredientes donde predomina el aceite de dendé y, en este caso, el recién pescado peixe.

En el bar de Roque sobran las prisas, no hay relojes, todo se lleva con calma. Pero tampoco hay esperas. Las cosas llevan su ritmo y el tiempo hasta que te sirvan queda supeditado a los acordes de guitarra que el personaje de turno se haya arrancado en la barra. En esta aldea se saborean los momentos, inconscientemente este se convierte en el plato principal del menú. El momento en el que Roque te saca un zumo recién hecho, en un bote de cristal, presentado ante ese paisaje con vistas al río que fluye bajo los cocoteros que dan sombra a la aldea, es algo que no se puede pagar con dinero.

Muchos días, al caer la noche, los aldeanos hacen una hoguera en el centro de la plaza donde se encuentra aquel quiosco de madera. Allí sacan guitarras, timbales y voces que cantan. Nadie es extranjero en la aldea hippie de Arembepe, si no es su música la que te incita a acercarte, son ellos los que insisten en que te unas a la velada. Son gente deseosa de contar historias y de escuchar otras nuevas. Comparten también sus aniversarios y si es caso celebran los de los visitantes.

Etimológicamente, la palabra Arembepe debe su origen a las lenguas indígenas tupi-guaraní y significa “aquello que nos envuelve”. Esta aldea se ve envuelta de naturaleza, agua, sol, sonrisas, vida, mucha vida. Y luz. Ni siquiera entrada la noche, la luz deja de brillar en Arembepe.

Asier Suescun

 

Imagen de miviaje

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