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Kerala (Colorado)

Un motel anodino de una ciudad anónima. La ruta del día nos condujo a Cortez, (Colorado), uno de esos lugares a los que llegas sin haberte propuesto nunca ir . Cortez se extiende a ambos lados de la carretera, gasolineras, moteles, un cine en el que exhiben la última entrega del omnipresente Harry Potter, se suceden también, eternamente imitándose a si mismos, los restaurantes de fast food. Es el nombre del motel el que nos incita a detenernos: Kathakali Motel. Hay plazas disponibles. Nos lo indica el rótulo de neón rosado: Vacancy. Que una vez hubo indios en el Oeste lo aprendimos, mucho tiempo atrás, en las pantallas de los cines, que el Quinto de Caballeria los conminó a dejar de enredar y a trasladarse a la reserva sin chistar, también. Ya basta de tanto hacer el indio, debió decirles el capitán Cooster o quien fuera. Lo que no esperábamos era encontrarnos en la recepción el tipo de indios que nos dan la bienvenida. Bueno que nos la dan es solo una manera de decirlo. Una oronda señora vestida, o rebozada, con un sari algo ajado, de un color verde de lagarto del desierto, nos saluda con un gruñido indescifrable mientras nos tiende el libro de registro. Su marido ni levanta la vista para vernos. Parece que perdió toda esperanza de que franquee la puerta del motel alguien que le llame la atención. Anda tecleando alguna cosa en el ordenador. Sospecho que peticiones de rescate. S.O.S. Seguramente, si hubiera mar por aquí cerca introduciría mensajes en botellas y los lanzaría a la post office de las olas. Altamente improbable se anuncia el salvamento. No cabe duda alguna. Ese par que regentan el motel Kathakali son dos náufragos. Parece como si no acertaran a entender qué extraños designios del destino les condujeron a varar en su desolada isla desierta, junto a la carretera.

Are you from Kerala?, les pregunto mientras hago efectivo el pago de la habitación, y el conjuro del nombre de su estado natal les inyecta de pronto una dosis de luz en las pupilas. ¡Alguien que sabe donde está Kerala!. Más aún, que les confirma que Kerala existe. Teruel también, les informo por si quieren saberlo, pero no parecen saber de qué les hablo. Les cuento que, una vez, asistí a un espectáculo de danzas Kathakali en un teatrillo de la ciudad de Ernakulam. El entusiasmo les dura el tiempo de entregarnos las llaves y anunciarnos que el precio pagado incluye el breakfast. Enseguida se impone la evidencia de que Kerala queda lejos, a una distancia infranqueable, y que nuestra capacidad de transportarlos de regreso a casa es nula. Desde alguna cocina situada lejos nuestro campo de visión se escapan incitantes efluvios de comida india. No rechazaríamos una hipotética invitación a compartirla. Pero no hay nada que indique que ésta vaya a producirse y habrá que ir pensando en salir a cenar. No siempre es fácil, en América, encontrar algún restaurante sin cadenas. Lo que no puedo sospechar en absoluto es que, antes de hallar relativo refugio gastronómico en la cercana Pizzería da Gorgio, a quien voy a encontrarme es a mi mismo.

Viajo para encontrarme a mi mismo. En más de una ocasión he oído pronunciar algún comentario parecido. Sin embargo nunca he acabado de entender que es lo que se quiere expresar al decir eso. En lo que a mí concierne, más bien desearía llegar a algún lugar en que yo no estuviera. Ese lugar sería, me parece, el verdadero corazón de lo lejano. En cualquier caso, si de algo estoy seguro, es de que ese lugar no es Cortez (Colorado). Caminamos los Fletcher, Fina, Sara, Kim y el que esto escribe, a lo largo de la calle principal. Es la principal porqué es la única. No es que haya mucha animación, precisamente. Desde luego, no estamos en Las Vegas. Personalmente no diré que lo sienta. Siempre disfrute de las estancias fugaces en lugares de los que nunca había oído hablar. Un instante, un lugar irrepetible, nunca más volverás a estar aquí. Se trata , en consecuencia, de un sitio y un momento únicos.

Pero la circunstancia por la que no olvidaré nuestras breves horas en Cortez aún no se ha producido. Caminamos, decía, a la búsqueda de una mesa propicia, cuando de pronto aparece antes nuestros ojos un cartel de considerables dimensiones. Es incredulidad lo que va a reflejarse en nuestros rostros cuando leamos, todos a la una, lo que ya estamos a punto de leer:

 

ORTHODONTICS

Michael Fletcher, DDS, MS

¡Así pues, resido en Cortez y soy dentista!. Pues me debo ganar muy bien la vida. Cualquiera que haya financiado una ortodoncia sabe que, a la hora de pagar, todos los dientes son de oro. El oro, en el Oeste, ya no se busca en los lechos de los ríos, como antaño, ahora resulta más fácil obtenerlo en consultorios como éste mío, de Cortez.

Mi padre, en sus novelas, ( bajo el pseudónimo Sam Fletcher escribió cientos de novelas del Oeste) a los dentistas les llamaba sacamuelas. Esos tipos no eran muy de fiar. La única anestesia que utilizaban para paliar los dolores de sus sufridos pacientes era el whisky. De pronto se me ocurre una idea, aunque en seguida me doy cuenta de que no podré llevarla a cabo. No tengo a mano el spray necesario para sustituir la palabra ORTHODONTICS por un contundente SACAMUELAS. Sería un homenaje a los viejos personajes de Sam Fletcher. Quizá mejor así. No fuera el sheriff de Cortez a pescarme con las manos en la masa, enmendándole el texto al honrado dentista Michael Fletcher.

Luego cenamos en da Gorgio con hambre acumulada, brindamos a la salud de todos los sacamuelas y matasanos creados por mi padre, por todos sus tahúres, predicadores, buhoneros, vendedores de elixires, buscadores de oro, caciques, cuatreros cazarecompensas, por todas las chicas del salón. Algo achispados abandonamos Fina y yo el local. Los niños no. La Coca Cola no achispa aunque es la chispa de la vida, o eso decían antes. Escasa es la distancia que nos separa del Kathakali Motel. Todavía quedan habitaciones libres. Vacancy. Al parecer, poca gente se detuvo hoy aquí. Llegan hasta nosotros ecos amortiguados de lo que parecen ser melodías de Bollywood. Algo han de hacer los náufragos para matar el rato.

Antes de apagar la luz y descansar --mañana nos espera la ruta hacía el parque nacional de Mesa Verde—aún me queda tiempo de decir:

--Y colorín (Colorado) este día se ha acabado.

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Imagen de mFletcher

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