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El Lobo de las Nubes

Después de muchos años, he vuelto a visitar al lobo en su guarida. Destaca en ella  una amplia galería acristalada que permite la contemplación del cielo a todas horas. Es invierno y la luz de la meseta castellana, en días claros,  adquiere una nitidez diamantina. A lo lejos se recortan las crestas nevadas de la Sierra. En la pureza de esa atmósfera invernal cada detalle del paisaje se dibuja con una afilada precisión.

            Sin embargo lo que atrae la atención de Luis –Luis Casimiro, que así se llama el lobo—no es tanto la sobria belleza de esa tierra como la ilimitada cúpula del cielo. La patria de la que el tiempo le exiló. Sus ochenta y tres años, ya cumplidos, no menguaron su agilidad de pensamiento ni su capacidad de distinguir, en el azul, caminos invisibles --o invisibles serían para quien no hubiera pasado, como él, tantos y tantos años recorriéndolos-.

           La edad sí le obligó, muy a pesar suyo, a aterrizar. El más difícil aterrizaje forzoso de su vida. El recuerdo de todo lo vivido, de todo lo volado, lo envuelve en un halo de nostalgia.

          -Sabes, Miquel –me dice en su portuñol inimitable, por eso mismo no intentaré imitarlo— muchas mañanas tomó el autobús y me voy a ver aviones a Barajas. A veces aún me encuentro allí con algún antiguo compañero. Hablamos de aviones, de motores, ¿de qué otra cosa, si no,  podríamos hablar?, hoy en día volar se ha vuelto tan rutinario, tan sencillo, todo lo hacen las computadoras, hasta un niño podría pilotar...

         Despegan de pronto sus ojos rumbo al cielo, o a otros cielos distintos, años cincuenta, se encuentra a bordo de un pequeño aparato de la TAP, la compañía aérea  portuguesa. La tempestad se abate sobre el frágil avión. Ahí abajo está África, Sierra Leona, más concretamente. Piloto y copiloto sudan sangre para dominar el aparato. Se producen vertiginosos baches de mil pies. A las hélices, tan violentamente sacudidas, les falta el aire que cortar. La vida atada a unas hélices asmáticas. Luis va tranquilo, sin embargo: El motor le está hablando y no hay nada en lo que le dice que le inquiete. Es joven pero ya un experto mecánico de vuelo. También confía en los pilotos. Esos dos a los mandos se las saben todas. Bueno sería para los quince pasajeros saber que están en buenas manos. Andan tan lívidos, los pobres, que parecen haber empezado ya a ensayar su papel de espectros inminentes. Pero, por fin, va quedando atrás la tempestad. Se empiezan a disipar las nubes. Las hélices respiran. Los pasajeros son bebés. Todos sienten que acaban de nacer.

      -Me acuerdo del paisaje de pantanos humeantes que, de pronto, apareció bajo el avión. Si llega a caer el aparato –dice sonriendo como si tal cosa hubiera podido incluso resultar divertida-- los cocodrilos no hubieran dejado de nosotros ni los huesos...

     -Luis -le digo encantado de oír sus batallitas, siempre adoré al abuelo Cebolleta—una vez, ya hace años, me enseñaste un viejo álbum de fotografías. Eran, creo, de un viaje al antiguo Congo belga, fuiste allí, creo, para reparar un avión accidentado o algo por el estilo...

     -Sí, cierto, tienes buena memoria. El avión, se trataba de un DC 3, un bimotor, quedó seriamente dañado. Realizaba la ruta entre Lisboa y Lourenço Marques. Quince días de viaje. Escala en todas partes: Tánger, Agadir, Dakar, Monrovia, Accra, Brazzaville, Libreville, qué sé yo donde más. Así eran entonces los viajes aéreos. Te estoy hablando del mil novecientos cincuenta, más o menos, si quieres busco las fotografías y te las muestro, me parece que las encontraré...

     Las ha encontrado y yo las miro con incredulidad. Sombras hablándonos desde el otro lado de la vida. Ecos en blanco y negro –y nunca mejor dicho-- de un mundo ya esfumado. Me las va comentando una por una: las fotos del morro del avión destrozado tras un aterrizaje de emergencia, la de un joven Luis al pie del aparato, la del grupo de técnicos portugueses disfrazados de Tintín en el Congo, las del poblado, las de los escasos africanos... 

    -Pensar que viví eso –me dice sacudiendo lentamente la cabeza—yo siento ya como si todo le hubiera sucedido a otro, otro de quien, a duras penas, conservo aún la memoria....

    -Por eso quería yo también ver de nuevo las fotos  –le comento-- para distinguir entre lo vivido y lo soñado. A estas alturas ya no estaba seguro de si esas fotos existían de verdad o las había forjado yo en mi mente. Tan solo una parte más de la leyenda, la de los Casimiro, que me había ido construyendo con el tiempo.

   -¡Loulouburg!, --exclama de repente el lobo de las nubes —. Es evidente. No estaba Luis atendiendo a mis palabras. Tanto da. Feliz está de haber hallado algo que andaba buscando ya hacía  rato—  Loulouburg, así, o de algún modo parecido, se llamaba el poblado donde el avión se dio de morros. Cuatro cabañas, una pista ganada a la maleza para permitir que los aviones repostaran  y un hotel para blancos, a unos cuantos kilómetros de allí. Eso era todo. Una aguja en el pajar de África ...

    Luis queda en silencio un corto instante. Rememora. Se ríe evocando alguna cosa.

 -Nos dimos buen cuidado en reparar el avión perfectamente. Teníamos que regresar a casa en él  Todos lo hicimos excepto el capitoste principal. Ese adujo no sé qué excusa para volar hacia Lourenço Marques, en el siguiente vuelo regular. 

    -Puesto que estás aquí para contarlo, parece que trabajasteis bien...

    -Eso parece, sí. Aunque la suerte siempre influye. Al peligro le gusta jugar al escondite.¿Sabes, en tantos años, cuál fue el único accidente que sufrí?

    -Pues no. Creo que eso no me lo contaste nunca.

    -Fue en Roma. Allí me caí de un DC 3.

     Es asombro lo que se me ha dibujado en la expresión. ¿Dices que te  caíste de un avión?

    -Eso fue lo que dije y es verdad. Pero el avión estaba en tierra para ser revisado. Alguien retiro la escalerilla y yo no me di cuenta. Cuatro metros de caída libre y luego,  volando en ambulancia al hospital.

   -¡Qué poco heroico para un lobo de las nubes!

   -¿un lobo de las nubes?

  -Sí, así te llamaré cuando escriba tu leyenda: Lobo de Cielo o Lobo de las Nubes. Si hay lobos de mar entre los marineros, los de tu estirpe debéis de ser lobos de cielo. ¿ no te parece, Luis ?.

  -Ay Miquel, como casi todos los amigos de Mario, estás algo chiflado.

  -Supongo que un poquito. No es mala una pizca de locura a la vista de tanta cordura circundante. Sabes, lobo, basándome en lo que me has contado, pronto voy a escribir  algo acerca de ti, de tus viajes...

      La luz de la tarde va cayendo. El sol pronto aterrizará en el horizonte. No tardará luego en despegar la luna, hoy una fina uña rasgando el firmamento. Luis Casimiro ha quedado pensativo. El gato, uno de grandes ojos amarillentos, se diría un búho con bigotes, ha venido a enroscarse en su regazo. Se encuentra a gusto el bicho. Ronronea. Una amable motor el del felino que invita a volar hacia los sueños. 

      -El tiempo ha ido pasando. Me he hecho viejo. Ya soy como uno de esos aviones que en  Barajas guarda cola a la espera de que le autoricen el despegue...

     Una luz, quizás la postrera de la tarde, ha iluminado la mirada de Luis. Un destello se le encendió en los ojos. Leo en ellos la aguda curiosidad del viajero ante la ruta incierta. Sobre la pista oscura se destacan las luces de posición de las estrellas.             

             Para los Casimiro, mi familia en el aire. Por tantos años de tozuda amistad.

Miquel

        

Imagen de mFletcher

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