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Sindrome de Stendhal ante la vespa que rodó el mundo en 79 días.

Rumbo a Italia. Siempre la misma emoción. El ánimo entusiasmado. Si África es la aventura, Italia es el buen gusto. El disfrute estético. La vida sencilla. Carreteras secundarias. Castillos, abadías, duomos. Gótico, renacimiento, barroco. Trigo, vid y olivo. Además, no voy a cualquier región, sino al más delicado y puro corazón italiano, a la Toscana. Y es que la Toscana no solo acoge los paisajes más lánguidos y dulces, tan atiborrados de cipreses y caseríos que parecen un cuadro de Giotto, sino que sus ciudades están tan ahítas de arte clásico que no es de extrañar que fuera aquí donde se registrara el primer caso de súbita subida de tensión producida por una sobredosis de belleza. En Florencia, capital de la región, el escritor francés Stendhal sufrió su famoso síndrome al entrar en la Basílica de la Santa Cruz y quedar preso de una excitación inexplicable.


El mismo síndrome culinario y visual, pero también motero, me espera al otro lado del Mediterráneo. Poco podría imaginar que me atraparía tan pronto y de un modo tan inesperado a las pocas horas de llegar. Pero no adelantemos acontecimientos. La mejor forma de llegar a Italia es por mar. Ahorro gasolina, cubiertas y energías. Embarco de noche en Barcelona. El ferry de Grimaldi nos llevará a Livorno. Los operarios de bodega se hacen cargo de la seguridad de la moto con destreza. La amarran con cinchas de los puntos más sólidos del chasis. Saben lo que se hacen. Cada año transportan miles de motocicletas a Italia, Cerdeña, Sicilia, Túnez y Marruecos. Los motociclistas somos una clientela cada vez más numerosa e interesante. Me lo confirma el comisario de a bordo. “Los moteros son buenos pasajeros, no molestan, son divertidos y apenas dan problemas”.

Cuando desembarcamos, me dirijo a Pisa, a muy pocos kilómetros del puerto. Muy cerca del baptisterio encuentro el Hotel Roma. No se puede decir que sea un establecimiento con encanto, pero está muy céntrico, es funcional y sobre todo resulta barato en una localidad tan turística. Por 38 euros tengo una habitación de monje y un desayuno consistente. Es todo lo que necesito. Ah, y también parking para la moto en un pequeño patio trasero. Hay que estar ojo avizor con el precio de los servicios no incluidos, así que pregunto al tipo de recepción cuánto piensa cobrarme por el aparcamiento.
—nueve euros—dice.
—¿Cuánto cuesta aparcar un coche?—pregunto de nuevo.
—nueve euros—contesta después de un pequeño titubeo.
—Pero la moto es más pequeña que un coche—objeto—; no debería pagar lo mismo.
El recepcionista, un hombre mayor y harto de lidiar con turistas pelmas, sonríe de mala gana. Pillado en semejante renuncio, accede a rebajar su petición a la mitad. Los dos quedamos conformes y me largo a cenar a Enma, una trattoría cercana en la misma calle. Resulta un gran acierto.

Pisa es mucho más que una torre inclinada del siglo XII, que no es la única torcida. De hecho, casi todas las iglesias, campanarios y palacios de la ciudad están algo jorobados debido al terreno pantanoso sobre el que se asientan. En la famosa Piazza dei Miracoli, mesnadas de japoneses parecieran estar realizando una clase colectiva de tai chi. En realidad están posando en forzadas posturas para llevarse el recuerdo de verse sujetando el monumento. Al parecer, quieren evitar su caída, algo que por fin parece haberse logrado después de remover treinta toneladas de tierra en lado norte.



Más allá del masificado conjunto catedralicio, la población real que apenas pisan los japoneses es bulliciosa, atractiva y viva. Pisa alberga una universidad, lo que la dota de esa alegría reivindicativa y algo golfa de toda ciudad estudiantil. Recorro su casco antiguo plagado de templos, palacios, callejones, plazas y secretos. Pintadas anarquistas y declaraciones de amor escritas en los viejos muros. Aroma a focaccia, a café, a humedad. Arribo al calmo rió Arno. Luce como un límpido espejo sobre el que se reflejaran los edificios. Nadie diría que alguna vez se desbordó, pero lo cierto es que en 1966 arrasó Florencia, mi próximo destino.

Antes quiero hacer un alto en la mucho más industrial villa de Pontedera, cuyo crecimiento, riqueza y existencia en los mapas mototurísticos se lo debe a albergar la factoría de Piaggio, donde se fabrican las imperecederas Vespas, quizá los scooters más conocidos, filmados y fotografiados de la historia del motor, al menos después de que Audrey Hepburn se diera una vuelta por Roma durante unas cortas vacaciones. Con semejante tradición y legado, no puede faltar un museo, cuyas puertas me abren en cuanto se enteran que soy colaborador de Solo Moto.

Lo primero que encuentro en el vestíbulo son tres Vespas llenas de pegatinas de viaje y aspecto de haber corrido mucho mundo. Son las que usó el saltimbanqui italiano Giorgio Bettinelli. Con una llegó de Roma a Saigón, con otra de Alaska a Tierra de Fuego y con la tercera fue desde Melbourne hasta Ciudad del Cabo. Si todas las piezas son de este calibre, la visita valdrá la pena. Sin embargo, pronto me llevo la primera decepción. Quiero saber si tienen alguna de las cuatro Vespas que participaron en la edición del rally París Dakar en 1980. Dos de ellas lograron llegar a la meta. La chica de recepción consulta por teléfono y a los pocos minutos confiesa que hay una en el almacén, pero que está embalada y no se puede ver.

Mi desencanto es evidente. ¿Cómo se puede obviar esa gesta en la historia de Piaggio? Algo mosqueado, entro en el museo propiamente dicho y descubro que además de Vespas está representada toda la trayectoria deportiva de Gilera. Descubro piezas extravagantes, únicas o curiosas como una PX 200 de más de tres metros de alto y otra de dos de largo. Giro sobre mis talones después de examinar un modelo militar dotado de lanza cohetes y entonces se apodera de mí un temblor extraño, un vértigo inusual, una desorientación inaudita. El pulso se acelera y palpitan mis sienes. Reconozco inmediatamente los síntomas del Síndrome de Stendhal.

No es para menos ante lo que acabo de ver.  “No puede ser cierto”, me digo. Pero lo es. Delante de mí tengo a Dulcinea. La famosa Vespa 150 con matrícula de Albacete pintada por Dalí. De hecho, esa rúbrica daliniana es de lo único que se informa sobre ella en una escueta placa. “Así que estás aquí”, me digo emocionado y feliz. Ha sido una total sorpresa, no me lo esperaba. Siento una alegría inmensa que necesito compartir con alguien. Miro en derredor y veo que la chica que me atendió al entrar charla con el director del museo.

No puedo evitar el impulso. Excitado les pregunto si conocen la historia de esa Vespa. Me miran como si estuvieran delante de un enajenado y dicen que sí, que está expuesta porque la pintó Salvador Dalí, genio del Surrealismo.
—No es eso, no es eso—meneo la cabeza—. Si la moto está pintada por Dalí es porque lo que hizo esta Vespa fue extraordinario.
    Siguen sin entender. No puedo creerlo. Así que en el Museo Piaggio tienen la Vespa de Veciana y Guillen y no saben por qué. Me resulta inconcebible que los responsables actuales de la exposición desconozcan lo que en 1962 hizo esta humilde motocicleta en manos de dos humildes estudiantes de Derecho de poco más de veinte años.
    —Verán—explico gesticulando compulsivamente—. Antonio Veciana y Santiago Guillen se presentaron un día con un enorme ramo de flores en el hotel de Madrid donde se alojaba el dueño de Piaggio, a la sazón de paso por España. No era para él, sino para su mujer, a la que convencieron de que podían dar la vuelta al mundo en menos de ochenta días sobre una de las motocicletas que fabricaba su marido, quien acabó cediéndoles una Vespa 150. Las instituciones de la época apoyaron el proyecto, bautizado como “Operación Elcano” y hasta Dalí colaboró con su pincel cuando los intrépidos chavales pasaron por Port Lligat. Recorrieron en 79 días Francia, Italia, Grecia, Turquía, Irán, Afganistán, Pakistán, India, Malasia, Hong Kong, Japón, Estados Unidos, Inglaterra y Francia. ¿No les parece asombroso? ¿No justifica eso su presencia en este museo?



    Mis interlocutores no han movido un músculo de la cara. Espero alguna reacción, pero ella se limita a cambiar el peso de su cuerpo de una pierna a otra y él a mirar su reloj. Se hace un silencio incómodo.
    —Allí—dice finalmente el director señalando un punto indeterminado a lo lejos—tiene también otras Vespas muy bonitas.

Acto seguido se dan la vuelta y desaparecen detrás de la PX tamaño camión. No puedo creerlo. Nadie en Pontedera conoce el verdadero valor de lo que exhiben con castiza matrícula albaceteña. Ellos se lo pierden. Salgo al exterior del museo con paso inseguro, casi temiendo caerme. La visión de esa modesta guerrera de la carretera me ha conmovido profundamente. El cielo está limpio y azul. Se presienten unos magníficos días en la Toscana. Me esperan la Catedral de Florencia, las Torres de San Gimignano, las curvas de la región del Chianti, los vinos de Montalcino, el monasterio de Monteoliveto… aún sigo ilusionado por semejantes promesas de disfrute estético, sin embargo, algo en mi alma de motero me dice que después de tanta belleza como acabo de ver dentro de una vitrina quizá me terminen sabiendo a poco.


   
Como llegar. Ferry de Grimaldia Livorno o Civitavecchia. (www.grimaldi-lines.com)

Saber más del viaje de Veciana y Guillen. Libro “En 79 días. Vuelta al mundo en Vespa” Ediciones Dossat 2000 (www.libromotor.com)

Dormir en Pisa. Hotel Roma (www.hotelroma.pisa.it)

Comer en:

 Massa Maritima. Taverna del Vecchio Borgo.
 (www.massamarittima.info/vecchioborgo)

Florencia. Terraza del Príncipe. (www.laterrazzadelprincipe.com/florence-restaurant.html)

Museo Piaggio Pontedera: (www.museopiaggio.it)

 

Imagen de mSilvestre

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