Nuestro hombre en Atenas

Grecia es un país de historia tan accidentada como su geografía. No hace falta remontarse a la Antigüedad para topar con acontecimientos tan asombrosos que parecerían fabulados. El siglo XX arrolló al país con su ritmo problemático y febril. Lo zarandeó de izquierda a derecha haciéndolo pasar por guerras, ocupaciones, represiones, liberaciones, golpes, coronelatos, revoluciones y democracias.. Todo sin que ello alterara el pulso calmado de unas gentes cuyos caracteres recuerdan a los viejos héroes mitológicos. Ahora que viajamos por este país de estupefaciente litoral, pétrea herencia clásica y tórridos atardeceres rosados, convenga recordar a uno de los héroes olvidados de Atenas. No, no es Pericles, sino un español llamado Sebastián Romero Radigales.


 
La tradición atribuye el origen de la palabra “lacónico” a la respuesta que los lacedemonios dieron a la cortés pregunta de un enviado de sus sitiadores en alguna de sus guerras.. “¿Sois conscientes de que si no os rendís os exterminaremos?” Los lacedemonios contestaron escuetamente: “Sí”. Siglos más tarde, Mussolini concedió un ultimátum parecido al dictador Metaxas. En tres horas debían rendirse a las fuerzas del Eje. La respuesta fue un tajante y simple “No”. Desde entonces, el Día del No es fiesta nacional griega. Claro que lo bello del laconismo es su tremenda fuerza poética, lo malo que tiene la poesía es que no detiene tanques aunque sea un arma cargada de futuro. Las tropas alemanas tomaron Grecia sin dificultad. Inmediatamente sus representantes, como el embajador germano Günther Altemburg, aplicaron la política nazi de persecución de judíos.
 
Estas atrocidades no pasaron inadvertidas en el cuerpo diplomático destinado en Atenas. El entonces Cónsul General de España, un joven Romero Radigales, contemplaba horrorizado los abusos. Decidió intervenir. Rescató un decreto de Primo de Rivera, promulgado en 1924, por el que se concedía la nacionalidad española a los hebreos de origen sefardita. El hecho de que la norma llevase más de una década derogada no le importó pues los alemanes no podían saberlo y en Madrid parecían lavarse las manos mientras no les causara problemas. A pesar de las continuas quejas del embajador alemán, que lo veía como un estorbo y reclamaba que su ministerio en Berlín consiguiera del Gobierno Español instrucciones de cese de sus actividades, Romero Radigales consiguió liberar del campo de Bergen Belsen a 365 judíos, o incluso sacar in extremis a 150 más de un tren italiano ya en marcha.
 
Quien salva una vida, salva el universo. Es una frase del Talmud. El judaísmo inventó un término para aquellos gentiles que se comportaban de modo recto y a los que por esperaba una recompensa divina: el de Justo entre las Naciones. Cuando se constituyó el Estado de Israel y el Yad Vashem, institución que recuerda a las víctimas del Holocausto, se recuperó ese eufónico nombre para distinguir a aquellas personas que dedicaron sus esfuerzos a salvar a los judíos de los campos de exterminio nazis. La declaración conlleva el más alto honor civil israelí, una medalla con la frase del Talmud grabada, y la inclusión de nombre en el Muro del Jardín de los Justos que está en Jerusalén. El cine ha hecho famoso a uno de estos condecorados: Oskar Schindler.
 
Romero Radigales, nuestro hombre en Atenas, fue también declarado Justo entre las Naciones. Un sello postal israelí recuerda su memoria. La memoria de un hombre bueno que salvó el Universo en nombre de todos.

Imagen de mSilvestre

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