Museo del Escritor de Dublín

Irlanda es uno de mis destinos motociclistas favoritos. Es un país que me apasiona por su leyenda y porque en él encontré la odisea de los náufragos de la Armada Invencible. El Capitán Francisco de Cuéllar salvó la vida milagrosamente y escribió una carta a Felipe II contándole su experiencia en Hibernia a finales del XVI. Se podría decir que es el primer escritor de una nación de escritores. Y es que con menos de cuatro millones de habitantes, Irlanda tiene cuatro premios Nobel de Literatura. Yeats, Beckett, Haney, y Bernad Shaw. Literatura y política, política y literatura, siempre juntas y revueltas. Varios líderes de la rebelión de 1916 fueron poetas, como Patrick Pearse, quien formaría parte del efímero Gobierno Provisional de la República. Su premio, ser fusilado en el patio de la Prisión de Kilmanheim y que los niños memoricen hoy sus poemas. Las cosas no han mejorado demasiado. Años después, el Nobel Seamus Haney, católico nacido en el Ulster, se negó a formar parte de una antología de autores británicos..


 

Sin embargo, la gran literatura irlandesa no ha sido codificada por políticos. Por eso los irlandeses reconocen como autor propio al protestante Bernard Shaw (1856-1950), quien emigrara a Londres en busca de dinero y mayfairladies. No era muy afecto a la causa nacionalista, aunque sí vegetariano. También admiran al anglófilo Jonathan Swift (1667-1745), crudelísimo crítico social, que en su divertida y salvaje Una humilde propuesta sugiere menú de bebés irlandeses para acabar con el hambre.


 
Esta apertura de miras se puede comprobar en The Writer´s Museum, sito en Parnell Square, al lado de la asociación y sindicato de escritores irlandeses. La mansión georgiana del XVIII sufrió cambios de propietario y diversas remodelaciones hasta que la adquirió uno de los Jameson, fabricantes del famoso whiskey. Probablemente, debido a la generosa ingesta de los productos de su jefe, el arquitecto Darbyshire construyó en la parte superior un delirante salón con cegadores estucos dorados.
 
En 1914 pasó a manos del ayuntamiento, quien, a falta de otro mejor destino, la convirtió en 1985 sede del museo. El día de mi visita jarreaba, como suele ocurrir en Dublín. Aunque hay piezas de la época de Swift, el grueso de la exposición parte del renacimiento cultural irlandés del siglo XIX, cuando, con Yeats (1865-1939) a la cabeza (quien fundara el todavía activo Abbey Theatre), los autores locales aceptaron el inglés como legítimo idioma cultural para tratar los temas propios de una nación sin estado.


 
En el museo figura gente tan variopinta como Arthur Connan Doyle, las hermanas Bronte, Bram Stoker, Yeats, un antinacionalista tan irónico como James Joyce o un renegado cultural como Samuel Beckett (1906-1989) que vivía en París y escribía en francés.. Quizá por eso la literatura irlandesa es universal, porque sus mejores autores han sabido escapar del localismo o hacer un localismo universal como entre nosotros sólo supo hacer Josep Pla. Otro de estos grandes del terruño es el dramaturgo John Millington Synge (1871-1909), autor de El playboy del Mundo Occidental, obra situada en las asoladas Islas de Aran, una especie de Hurdes gaélicas .
 
En el museo abundan las delicias fetichistas como la máquina de escribir que Brendan Beham (1923-64) arrojó borracho por la ventana de un pub. Beham fue el auténtico enfant terrible de la literatura irlandesa. Miembro del Ira, preso político y alcohólico, su entierro fue multitudinario. También abundan las reseñas de datos curiosos, como el de que Oscar Wilde (1854-1900) fue prometedor púgil en su época universitaria. Paradójico que fuera precisamente el marques de Queensberry, creador de las reglas del boxeo, quien consiguiera meterlo en la cárcel por las dudosas relaciones con su hijo.
 
La casa ofrece también algunos bonitos retratos, una cafetería agradable y una librería especializada en literatura irlandesa y el clásico merchandising de Guinness y tréboles que tan felices hacen a los turistas. Y es que Dublín es la ciudad de Mister Bloom, el insufrible personaje de James Joyce (1882-1941) en el Ulises. Los seguidores y estudiosos de tan pesada novela desembarcan en masa para pisar con reverencia cada adoquín que pisara el escritor, como la Torre de Sandycove, por lo que quien visita una cosa visita la otra.
 
Antes de irme, decido subir al dorado salón del piso superior, lo que se conoce como la Galería de los Escritores. La profusión de purpurina aturde y satura, pero allí un actor representa en inglés una pequeña dramatización de una hora de duración sobre aspectos de la historia de Irlanda y de sus escritores. Irónico y dinámico, el tipo se burla sin piedad de los mitos nacionales. Cambiando de voz, el actor intercala frases u opiniones más o menos desmesuradas y tópicas sobre los irlandeses pronunciadas en alguna ocasión por distintos personajes históricos. Conociendo a esta gente, me pareció de lo más acertado el comentario atribuido a Churchill: “Si pudiéramos encontrar una solución al problema irlandés, entonces los irlandeses cambiarían el problema”.
 
Al terminar su actuación, el actor pregunta a los presentes de dónde son y qué han venido a buscar. Casi todos proceden de algún país de habla inglesa: Australia, Gales, Escocia, Estados Unidos... Descendientes de la diáspora dispuestos a reencontrar con devoción religiosa y Guinness en vena sus raíces míticas de leyenda celta. Casualidades de la vida, yo soy el último interpelado. Cuando dgo que venía de España, los asistentes se sorprenden un tanto y el cómico, picado de curiosidad, me pregunta qué diablos estaba haciendo por allí.

—Verá—confieso—, llovía mucho y las puertas estaban abiertas.
 

Imagen de mSilvestre

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