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Permítanme una de poesía desértica

La noche lo convertía todo en dúctiles sombras, aquellas que se intuyen y que, adaptándose poco a poco a la oscuridad, se van abriendo hasta olvidar qué observa y qué es observado.

En las dunas de Merzouga todo danzaba serenamente, entre el lenguaje y el paisaje de un lienzo eterno. Pero de un lienzo sin marco, porque es mentira que el desierto tenga puertas. No se entra. Se llega siendo desde siempre parte de él.

En el desierto todo era calma. La resonancia de mi caja en un cuerpo de guitarra y el empeine, el talón y el tobillo de sus pies de vestal apresaron al tiempo sobre las jorobas de un dromedario. Hasta el reloj de arena antes de darle la vuelta, conseguía que el tiempo se transformara en pausa.El movimiento retenía como rehén a su pie para ser visible y el sonido se filtraba en mis cuerdas para ser oído.

No había luna ni estrellas. Los portearon engañados a otro plano, a otro patio de butacas, como los niños que salen de excursión por el metro con sus educadores y van atados al cordón umbilical para no perderse y, los enanos se piensan dichosos sin cuestionar su destino.

Mi mástil ondulaba acordes. Era mi modo de desprender adrenalina, la manera de aflorar mi saudade. Desconozco en el mundo otra palabra con tanta fuerza y tan acorde con su significado. Mis acordes lloraban tras los barrotes de mi prisión. No hacía falta matizar más, la palabra saudade abarcaba al completo mi sentimiento como si el sentimiento y su etimología hubieran crecido juntos hasta alcanzar la mayoría de edad en un gran charco de nostalgia, mientras el sonido lejano de una flauta roja que lamenta la pérdida de un pasado nómada, acaricia el aire, peinando la nada que lo llena todo en un desierto.La sacerdotisa, apoyando firmemente su pie izquierdo sobre las dunas, dejaba caer todo su pesar sobre la planta y con el pie derecho despertaba al dulce movimiento. Los dedos de su pie descalzo y bañado en almizcle, dibujaban formas de ochos y ochos sobre la sábana de arena.

Primero pintaba dócilmente un círculo hacia delante y, regresaba al punto de partida, su punto medio.

Lo hacía disminuyendo progresivamente la velocidad, mientras yo iba enmudeciendo.

Su pie se apoyaba quieto sobre la arena esperando mi nuevo tañido.

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Imagen de mSalvador

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