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Percepciones personales en Lacandona (II)

Carlitos, Vicente y María. Hombres y mujeres verdaderos…

“En todas las profecías está escrita la destrucción del mundo. Todas las profecías cuentan que el hombre creará su propia destrucción. Pero los siglos y la vida que siempre se renueva engendraron también una generación de amadores y soñadores, hombres y mujeres que no soñaron con la destrucción del mundo, sino con la construcción del mundo de las mariposas y los ruiseñores...

 

 Así fue como proliferaron en el mundo los portadores de sueños, atacados ferozmente por los portadores de profecías habladoras de catástrofes.

 

Los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías dijeron que sus palabras eran viejas y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso es antigua al corazón del hombre...”

 

 

Los portadores de sueños

 

Gioconda Belli. Nicaragua 1948

 

 

 

La furgoneta paró su motor en una pequeña explanada. Entre unos arbustos apareció un niño de unos 7 años, de tez muy morena, con una túnica blanca que le arrastraba por debajo de los tobillos, con una preciosa melena negra que le cubría medio rostro.

 

Sus pies descalzos intentaban dominar sin éxito los pedales de una bicicleta. El crío cayó de bruces contra el suelo.

 

Ese hombrecito era Carlitos. El primer hombre verdadero que se nos presentó en la comunidad de Lacanjá. Tiré, literalmente, la mochila sobre unas piedras y me acerqué a él.

 

-¿Te has hecho daño?-. Le pregunté mientras levantaba la bicicleta 2 veces mayor que su cuerpo.

 

- No gracias— dijo— Mi Carlitos—y me dio la mano.

 

Carlitos hablaba como un hombrecito en un cuerpo de niño.

 

Sus ojos comunicaban. No se exactamente el qué pero decían cosas. Ojos rasgados y profundamente oscuros. Desprendían chispas que turbaban. Me quedé enganchada a su negro iris y observé perfectamente mi silueta en ellos. Si los ojos son el reflejo del alma la de Carlitos hablaba. Era la primera vez que me ocurría algo por el estilo. Permanecí unos minutos muda sin poder desviar la vista. Hay sensaciones que no sabes si las has vivido o te las has inventado.

 

Como si obedeciera a una orden divina agarré la bicicleta por la parte trasera del sillín y esperé unos instantes a que Carlitos montara. Yo le empujaría. El niño vigilaba de reojo que no me desligara. Me mantenía acoplada a la barra como si fuera una prolongación de mis brazos. Eso le daba confianza y pedaleaba con más seguridad.

 

— Si me dejas tu no digas a mí—

 

El modo de pronunciar la frase me hizo gracia y perdí la concentración. Le solté sin querer y todavía recorrió unos metros antes de girar la cabeza y descubrir que había hecho rodar las ruedas por sí solo. En ese momento reaccionó y rodó por tierra. Acudí a su lado y me regaló una sonrisa.

 

- Eres un encanto -. No sé si me entiendes.

 

¿Tú quieres enseñarme a mí a conducir bicicleta?

 

 

Recorrimos todos los rincones de aquel campamento durante horas.

 

Tras innumerables caídas Carlitos empezó a dominar el manillar y la coordinación con los pedales. Carlitos aprendió a ir en bicicleta y yo estaba allí para ofrecerle el empujón definitivo. Recuerdo a mi padre sosteniéndome del mismo modo cuando los reyes me trajeron mi primera bici, hace ya muchos años. En una calle peatonal que llamábamos “lo negro” por el color oscuro del asfalto, donde solíamos ir a jugar después del colegio con amigos del barrio. Aprendí a montar en bicicleta de la mano paciente de mi padre en “lo negro”. Enseñé a Carlitos a montar en bici en la selva Lacandona. Regalos de la vida. “Aquellas pequeñas cosas” de Serrat que son las verdaderamente importantes.

 

—Es un regalo de un amigo turista pero después se fue. Siempre se van mis amigos turistas. Tú también te vas —

 

Si tú quieres que vuelva, volveré, no sé cuando pero volveré a verte.

 

¿Quieres que vuelva?

 

Carlitos no contestó. Comprendí que ya no se encariñaba con nadie. Todo el mundo que convive con ellos está de paso, somos individuos en tránsito y después desaparecemos del mapa. Él no debía comprender el porqué y creo que yo tampoco.

 

Mi primer contacto con ellos fue emotivo. Dos horas con ese “niño-hombre verdadero”, intercambiando miradas y sonrisas, comunicándonos casi a través del silencio y unidos por una cadena engrasada, es el más preciado obsequio que yo podía obtener.

 

Susana había acomodado las mochilas en la cabaña. Una construcción circular de palma y madera. Una gran cabaña central hacía la función de comedor y punto de encuentro. Los cangrejos, las arañas y las mariposas campaban a sus anchas.

 

¡Claro!, es su hábitat, las ajenas somos nosotras.

 

Un agotamiento físico comenzó a adueñarse de mí. Una no estaba acostumbrada a correr durante tanto tiempo detrás de una bicicleta y con la responsabilidad de convertirte de repente en profesora circunstancial.

 

Seguimos al eco del agua marcando una senda por los aledaños. Carlitos se convirtió en nuestra sombra, orgulloso, como un jinete que ha logrado domar a su primer caballo. La vegetación era tan tupida que casi me tragué el riachuelo sin apenas verlo. ¿A quién se le habrá ocurrido colocar el río justo aquí? Susana se orientaba de maravilla pero yo me perdía poco a poco.

 

Tras una gran roca apareció Vicente. Nuestro segundo “Hombre verdadero”. El jefe espiritual de la comunidad. Normalmente el de mayor edad. Sorprendimos a Vicente frotándose la cabeza con una toalla. Personaje diminuto, metro cincuenta más o menos, melena negra hasta los hombros y un flequillo que le cubría sus pobladas cejas, ojos también rasgados. Lucía bigote y perilla. Ataviado con la túnica blanca de algodón que sólo dejaba asomar sus brazos y sus piernas desde las rodillas. Su indumentaria resaltaba entre tantas gamas de verde (Llegué a fotografiar más de 50 plantas de distintos verdes).

 

Susana y yo nos presentamos mientras él se colgaba la toalla sobre los hombros.

 

- En una hora la cena estará preparada. No se alejen demasiado. Anochece pronto. Si quieren tomar un baño Carlitos les acompañará -.  Nos dio la espalda alejándose mientras caminaba sobre el follaje como si apenas lo rozara.

 

Nosotras parecíamos promotoras de una incursión al centro de la tierra, calcetines, botas de trekking, pantalón largo, gorra, mochila, cantimplora, gafas de sol. Ellos, cubiertos con una simple tela blanca y una gran melena.

 

- Algo no estamos haciendo bien, Susana -. Nos reímos de nuestra pinta de exploradoras de tres al cuarto. Seguimos el rastro de las ruedas que Carlitos iba dibujando hasta llegar a una gran poza. Un salto de agua entre pedruscos con troncos apoyados para cruzar de orilla a orilla.

 

Carlitos se sentó en un recodo del cauce a observar nuestra torpeza. Tardamos más de media hora en sentirnos cómodas dentro del río. Nadamos hasta la piedra de mayor tamaño. Debía haber víboras, escorpiones y quizás algún felino observando, pero como dice Susana, entre que la ignorancia es un grado y que los bichos de la selva son mejores que los de ciudad ¿Qué importancia tiene el resto, Marta?

 

Para Susana todo lo que se movía por allí eran bichos, ya fueran cangrejos de 20 cm o arañas de un palmo.

 

-¡Marta, los bichitos de la Selva !-

 

- No importa Marta, está todo bien, ¿Tú querías Selva? Pues aquí estamos, bañándonos en un agua que no sabemos quien la habita y esta noche dormiremos tú, yo y el resto de la humanidad bichícola de esta comunidad. - En todo el viaje no estaremos tan acompañadas — Míralo desde ese prisma—Lo pasamos muy bien aquella tarde.

 

Atravesamos un campo sembrado de de maíz y regresamos para la cena. Nos vinieron a saludar decenas de gallinas. Una de sus hermanas compartiría mesa con nosotras. Pollo con patatas, pan y coca-cola.

 

Carlitos nos dio un beso a cada una y fue a dormir.

 

Vicente nos sirvió y con aire pensativo se recostó en la hamaca colgada del porche.

 

La sobremesa fue lo más interesante. Le pedimos a Vicente que se sentara con nosotras.

 

 Aprendimos la importancia de la naturaleza para su gente. La conexión filial que existe entre la tribu y la selva puesto que no queman ni una rama sin permiso de los dioses y siempre a cambio de ofrendas. Quien no lo respeta es castigado con enfermedades.

 

 Los lacandones, de momento, son dueños de 700.000 hectáreas de selva pero entre ellos existen desacuerdos en el modo de explotar la masa forestal.

 

Vicente es un hombre de una serenidad apabullante y una tranquilidad pegadiza. No sabe ni leer ni escribir pero posee la sabiduría de la tradición oral y el poder de quien se sabe respetado. Mentalmente yo hacía una traslación geográfica. Si ahora a Vicente las circunstancias de la vida le llevaran a cualquiera de las ciudades europeas o norteamericanas, sería considerado poco más que un desgraciado, un ignorante y el lugar más propio de encontrarlo sería en la cola de un comedor social. Vicente es una de las pocas personas del mundo que conoce el remedio para la picada mortal de la “mayacan”, un áspid con un veneno fulminante. El antídoto, una hoja que crece como enredadera entre troncos de la selva lacandona, debe ser tierna y fresca para conservar todas sus propiedades curativas. En el momento de la picada ha de salir a buscarla y encontrarla en pocos minutos porque la planta no puede ni almacenarse ni utilizarse seca. La mayacan ha matado a miles de lacandones por lo que no estoy hablando de una posibilidad entre un millón. El reptil comparte territorio con los lacandones con demasiada frecuencia. Vicente había sufrido su mordedura en cinco ocasiones y era, según sus palabras, el peor enemigo de la comunidad. La selva es la mejor proveedora de medicinas naturales del mundo pero los fármacos no se encuentran en estanterías, bien ordenados y catalogados. Hay que conocerlos, rastrear la zona y dar con ellos; además por la noche la Selva es territorio prohibido. Es el tiempo de los bichitos. Como si hubieran pactado respetuosos turnos el ser humano y los animales. Una picada de este tipo de serpiente durante la noche es directamente mortal.

 

En la aldea de Lacanjá todo pasaba por Vicente. Cualquier movimiento se le consultaba. Era el jefe sin actitud de mando pero con esencia de líder.

 

También realicé una traslación mental en el tiempo. Mi abuela Carmen, que residió toda su vida en su pueblo natal, Navarrés, nunca pisó una escuela. Aprendió a leer de oídas y a duras penas entendía las cartas que su familia le enviábamos desde Barcelona. Mi abuela arriesgó su vida para proteger a los suyos durante la guerra civil escondiendo inteligentemente la comida entre falsas paredes. Fue una mujer fuerte y valiente con una sonrisa permanente en sus labios. Una persona que tardaba horas en escribir dos líneas con diez faltas de ortografía pero que sabía innatamente que la vida fue y será un baile.

 

- Quien no baila para qué quiere vivir — era su frase.

 

Mientras yo hacía mi regresión particular Vicente me hablaba de la mujer lacandona.

Imagen de mSalvador

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