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Marrakech la exaltación de los sentidos

 El predominante color terracota y las formas onduladas de las construcciones de Marrakech transmiten calidez al visitante, el entramado de las calles de su medina y la curiosa mirada de los vecinos, una sensación de misterio.

La ciudad que, etimológicamente, invita a pasar rápido “Mour y kouch”, se ha convertido en elección de residencia para personas tan apátridas como el escritor  Juan Goytisolo.

Existen infinitud de destinos en el mundo donde el viajero español tiene la posibilidad de mimar sus sentidos, pero tenemos la suerte de que Marrakech, es quizás uno de los más próximos.

El símbolo

La bandera de Marruecos es una estrella de cinco puntas de color verde sobre un fondo rojo. También el monumento que se erige majestuoso como emblema de Marrakech, la Kutubia, juega con el color terracota como base de su construcción y con la decoración de mosaicos geométricos verdes que lo bordean.

El minarete de la mezquita de la kutubia, adopta el nombre de la palabra KitaB que significa libro en árabe. La mezquita de la kutubia fue biblioteca y una especie de escuela. En sus jardines se impartieron clases desde la época de los Almohades (Siglo XII) hasta la llamada reconquista de Granada (siglo XV). Posteriormente los centros educativos fueron trasladados a las madrasas o escuelas coránicas.

El alminar de 77 metros de altura— incluyendo hasta la punta de la flecha que corona la linterna— está compuesto por 7 pisos que corresponden a los 7 santos patronos —personajes de diversas épocas venerados por los ciudadanos y que según cuenta la leyenda siguen pululando por las calles a pesar de estar enterrados desde hace muchos años.

La Kutubia tiene otras dos hermanas construidas por el mismo arquitecto, la Giralda de Sevilla y la torre Hassan de Rabat.

Muchos de los monumentos y edificios del Magreb están realizados con ladrillo de adobe (mezcla de arcilla, arena y paja), motivo por el cual sus acabados tienen un aspecto redondeado. Los expertos aseguran que su uso es más económico, más ecológico y moldeable, además de ser muy buen aislante tanto del calor en verano como del frío en invierno.

La arena, proveniente de las tormentas del desierto, ayuda a mantener el tono rojizo de Marrakech. Si las fachadas estuvieran encaladas o pintadas en blanco deslumbrarían demasiado a los transeúntes ya que Marrakech tiene más de 300 días de sol al año.

Un tramo de la muralla que rodea la medina separa la kutubia de la Menara, su estanque y su extenso jardín de olivos centenarios.

La Menara sirvió de lugar de reunión de sultanes y se alzó con una compleja red de canalizaciones de agua subterránea que permite el riego de sus jardines. Su pabellón imperial, techado con tejas verdes reflejado en el estanque de 150 metros de ancho, otorga a este espacio un encanto excepcional. Desde aquí, la vista de la cordillera del Atlas es sumamente fotográfica.

Próximo a la Menara, en el barrio del Hivernage, se encuentra el Palacio de congresos y el hotel Manssur Eddahbi, con una sala real con capacidad para 2500 personas y con 4 restaurantes temáticos repartidos alrededor del jardín con piscina.

El alma de la ciudad

En plena medina espera la que fue en el siglo XV la más importante escuela coránica de todo el Magreb, la Madrasa de Ben Youssef.

Un gran patio enlosado con mármol de Carrara encuadra el estanque destinado a las abluciones que todo musulmán debe realizar a la hora de rezar: vestido limpio, cuerpo limpio, lugar limpio.

La decoración Hispano-Morisca de este edificio es increíble. El estuco mezclado con clara de huevo, los versos del Corán trabajados en sus paredes, la madera de cedro y el hierro engastado en oro, los infinitos elementos ornamentales, las celdas de los estudiantes con ventanucos que se abren al gran patio central, merecen los 40 dirham que vale hoy su entrada. Pero le recomendamos que lleve una buena guía con explicaciones o que contrate los servicios de un guía ya que, el paseo por este terreno religioso, lo disfrutará mucho más si no se le escapan los detalles.

De la absoluta calma y silencio pasará al caótico encanto de los zocos de la ciudad. Cada una de las profesiones tiene su zona. Los tintoreros, los herreros, los carpinteros, los vendedores de especies…aquí es donde sus sentidos se sumirán en una cierta embriaguez: el olor de las especies se unirá al de la piel, la menta, los perfumes; le llamarán la atención los cientos de colores de las chilabas y caftanes, de las babuchas, los ríos de gente en todas direcciones que desembocarán, como no, en una de las plazas más increíbles del mundo, Jemaa el Fna. Bienvenido al alma de la ciudad.

Una vez inmerso en la plaza, reconocida como Patrimonio oral de la humanidad, gracias en parte a la labor del escritor Juan Goytisolo, déjese llevar. En ella Goytisolo aprendió el árabe dialectal a base de escuchar a los contadores de cuentos que explican sus narraciones a toda aquella persona que se acerque a oírles. Goytisolo no entiende como existe tan poco interés por la cultura árabe en nuestro país cuando tenemos tanta historia común. Es inexplicable que, estando separados de Marruecos por 14 kilómetros, yo sea el primer escritor que habla el árabe dialectal desde el Arcipreste de Hita”—Le comentaba, en una entrevista, el autor a la también escritora, Paula Izquierdo.

Todo lo que usted, viajero, pueda haber conocido indirectamente sobre Jemaa el Fna se quedará pequeño cuando se adentre en su micromundo. Observe serpientes encantadas por los sonidos de una flauta mientras toma un zumo de cítrico recién exprimido, participe en danzas tradicionales, beba un dulce té con menta fresca o pruebe la reconfortante harira— sopa típica de ramadán—,en los puestos de comida que desparraman el olor a brasa por toda la plaza, escuche la llamada a la oración del muecín, asómbrese cuando un faquir se trague una daga, fotografíe al vendedor de elixires medicinales que resolverán todos sus problemas o pida tarifas al dentista más conocido de la región cuando le muestre las dentaduras que ha ido extrayendo en los últimos tiempos a algún paciente despistado.

Las terrazas del café Glacier o del café de France son algunos de los rincones que le permitirán, si lo desea, ser espectador de la agitada plaza desde la altura y la distancia.

 



 

 

 

Imagen de mSalvador

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