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Chau lluvia de Buenos Aires

“Chau no va más,

Dale un tiro al pasado y empezá…

Si lo nuestro no fue ni ganar ni perder

Fue tan solo la vida no más”…

Estrofa de un tango de H. expósito

Ezeiza, junio de 2000

Querido Baires,

Acaban de avisarnos para el embarque. Te escribo yo porque Alba ya no es capaz de recordar. Se le ha roto a pedazos la alegría. Menos mal que no viaja sola. Me toca a mí encontrar los trozos y uno a uno recomponerlos y, en eso estoy, contándole chistes, abrazándola, dándole chocolatinas y facturas de grasa, vigilando su pasaporte y facturando sus valijas. Ella se sabe de vuelta de un paraje con límite, calada de tu bandoneón de desarraigo y nostalgia, de sueño y vigilia. Trepó al obelisco de tus contradicciones y su boca, convertida en esponja engulló tus aromas a cafés y a mates, tus sabores a relleno de empanadas y medias lunas, tus miradas ancladas en el pasado y tu tacto a viejos libros. Creo que hizo bien aunque cometió un único error, no preguntarse si su estómago podría asimilarlo todo. Tanto escuchó de ti “no te metas” y “los argentinos no tenemos memoria” que se metió hasta el fondo para vivirte. ¿Te acuerdas de esa tarde paseando ella, tu y yo por San Telmo? Alba estaba obsesionada por verte llorar y, cuando ocurrió, nos refugiamos en un café para no empaparnos pero ella, sentada en medio de la acera, empezó a gritar:

“En mis sueños esperaba que la lluvia acá fuera distinta. No sé…más húmeda, más tanguera, más cambalache y menos directa. Ansiaba verla incoherente en su recorrido hacia el asfalto. Imaginaba un tacto dulce, galante, pensaba que el libro de Buenos Aires sería consolado por sus gentes, que la lluvia triste no estaría desolada, no sería más esa huérfana de esencias fraternales ¡Sus relámpagos avisan…! No permitirá el abandono ni el desprecio! Pero todos corren para evitar su abrazo. Desde este suelo—sintiendo los huesos entumecidos—veo la publicidad de una parada de bus que dice: « ¿Lo pone nervioso esperar el colectivo?...imagínese lo que se siente cuando se espera un hígado (Firmado por una asociación para la donación de órganos). Pienso en el artículo de Javier Marías donde critica la negativa del ministro de sanidad británico a transplantarle un hígado a un deportista por ser alcohólico. Las lágrimas de la ciudad se secan y los transeúntes toman el colectivo dejando atrás el hígado, la lluvia, las consciencias y el paraguas y yo me borro entre la multitud buscando un taxi que me adelante el tiempo perdido».

Aquellas palabras eran muy lindas pero su estado me preocupó. Imagino—me dirás—que ella iba hacia ti predispuesta a ser devorada por tus entrañas. Se encontraba con Cortázar en el subte cada mañana, con Borges en Palermo, con Bioy Casares en el mostrador de la oficina de turismo, con Pizarnik entre los eternos andamios del teatro Colon y con Alfonsina en casi todos tus baños y creo que ahora la he dejado hablando con Sábato en la ventanilla de Aerolíneas, no me hagas demasiado caso pero juraría que era Sábato porque yo estaba comprándole cigarrillos en el Kiosco y la he perdido de vista. He estado llamándola como un loco por megafonía. No, no la culpo para nada, está magullada, pero no es un dolor de aspirina sino de pérdida de cordón umbilical. Diez años soñando respirarte y todo se ha cumplido como un soplo. Poco tiempo para una digestión tan brutal. Ahora sé, a punto de despegar, que entre tú y ella hay una simbiosis, tus lágrimas son su lluvia.

Alba llora hacia dentro, no del avión sino hacia el centro de su presente, justo en el asiento 37J. Justo en medio, en medio de su abismo. Desea pasillo para que sus lágrimas rueden libres hacia el baño, pero le toca entre unas gafas y una boina uruguaya. Su llanto está encajonado, no descansa la noche, no fuera que a sus ojos también se les ocurriera llorar.

Alba busca distracciones ¿Por qué llevará ese viejito una boina sino hace frío? Quizá tema que su presente también salte del cerebro. Las lágrimas secas se saludan y se reconocen en otros ojos. Difieren en sus vivencias. A unas las alimentan parientes lejanos, a otras el regreso, otras comentan que su tristeza es por amor o desamor, las menos surgen espontáneamente al evocar una sonrisa, un gesto, un olor. Yo, el ego de Alba, me encuentro bien acomodado en mi butaca de raso, la tranquilizo convenciéndola de que su lluvia es la más completa. Tiene todos los componentes de sus colegas además de la licenciatura en “silencios mejor callados” con master por la Universidad Central de Buenos Aires. Sus lágrimas hoy son más sabias, más experimentadas, más tolerantes, más humanas y más nobles. Las relata a oscuras siguiendo la pauta con el pulgar de su mano derecha, porque ellas, como Alba, también son zurdas. Se escapan por el inodoro y el lavamanos, intenta calmarlas, creen que se pasean en paracaídas y se suicidan eufóricas. Encuentra alguna medio dolorida y quejosa  huyendo del baño porque sin querer la ha pisado y su dolor le produce un profundo llanto de vacío, de despedida, de a veces no hay respuestas. Cada vez más lejos de su reciente pasado, toda una vida en unos meses y sin embargo más cerca de sus raíces naturales. Las manecillas del reloj le dicen que la calle corrientes adormece. Cuatro de la madrugada en Capital Federal —espero que soñando con ella—.

Adelanta con rebeldía cinco horas en el tiempo a las 5:25 de la madrugada en ti y las 10:25 en Frankfurt, donde su llanto se torna seco, casi real, inundando el gris aeropuerto de un país donde ya no habla su idioma. Las afónicas lágrimas se sustituyen por observaciones, los celulares pegados a las orejas y las ruedas con maletas se pasean a sus anchas a través de una torre de babel que le desconcierta. Sustituye su polera de cuello alto por la camiseta de tirantes, cambiando de clima en pocas horas, dejando atrás su utopía en el Atlántico.

Se sumerge en el sueño de un cómplice agotamiento y despierta en el aeropuerto del Prat, su destino final. Alcanzó la cima del paraíso ¡Misión cumplida! Y plantó las semillas de un nuevo jardín, halló una nueva chimenea donde existir y simplemente espera seguir encontrando leña para alimentarla hasta su próxima etapa onírica.

Ya termino. Perdona que ni siquiera te abrazara cuando se fue de ti. Espero la disculpes. Mi último deseo es que el río de la Plata te entregue, a tiempo, mi carta.

Gracias por revivirla.

Hasta siempre, Baires.

Yo, su ego.

Imagen de mSalvador

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