Aprendiendo del Silencio

Monasterio Cisterciense de Sta. María de Huerta (Soria)

Reconozco que mi lado espiritual se ha ido abriendo gracias a la práctica del yoga y la meditación básicamente budista. Por lo tanto empiezo mi articulo dándole la gracias a una corriente espiritual y filosófica que me está ayudando a hacer las paces con el resto de religiones del mundo.

 

 

 

Digo las paces porque durante muchos años negué y bloqueé esa “introspectiva” parcela debido a ciertas experiencias poco positivas durante mi periodo de infancia y juventud.

Las imágenes de un Buda bonachón, gordote, optimista y relajado rodeado de los colores alegres de la naturaleza me atraen, en principio, mucho más que el sentimiento de culpa, resignación y sufrimiento de un Jesucristo crucificado por los pecados de unos hombres que ya existían mucho antes de que la palabra inmoral se imprimiera sobre un diccionario.

Pero he decidido creer y seguir aprendiendo de todos aquellos lugares, personas y prácticas religiosas y espirituales que transmitan respeto, más allá de interpretaciones humanas y por lo tanto subjetivas. He descubierto que hacer las paces me hace bien, me da paz y por muy reiterativa que la frase parezca no me ha sido un hallazgo fácil.En ese hambre de búsqueda interior la vida me está regalando experiencias impensables hace apenas unos años.  El primer fin de semana de mayo de este 2011 una amiga y paciente me propuso pasar 4 días en un Monasterio Cisterciense.Cister es el lugar de la Borgoña francesa que dio lugar a esta orden monástica el año 1098 y que se extendió por gran parte de occidente.

La abadía escogida para nuestra escapada espiritual era Sta. María de Huerta, en la provincia de Soria, entre Zaragoza y Madrid.Mi mochila consistía en dos mudas, un libro precioso y práctico de meditación de Eknath Easwaran, el fundador del Centro de meditación Montaña Azul de Berkeley, el mate— que me acompaña siempre en mis viajes de introspección — una cámara de fotos y una caja donde simbólicamente guardaría todo lo aprendido. (Más tarde, poco a poco y con la prudencia de la distancia iría incorporando esos aprendizajes a mi vida en sociedad).   

¿Qué hice allí? Poco exteriormente y Mucho internamente, la verdad.El recibimiento ya me impresionó. En cuanto entré me dije que aquella experiencia iba a ser, por lo menos, interesante.

 Carteles de “Esto no es un Hotel, has venido a cultivar tu interior” y “No rompas el silencio” alternan con los de reciclaje, utensilios de limpieza y con frases de grandes pensadores pacifistas de la historia.Me sentí como si hiciera días que los monjes estuvieran preparando mi llegada, como si fuera yo la pieza que faltaba en aquella peculiar familia de huéspedes. Me esperaban pero al mismo tiempo yo no era el centro del mundo, algo difícil de expresar con palabras.

Mi cicerone es una persona muy querida entre los monjes de Sta. María de Huerta y eso ayudó—imagino— en un principio, pero después constaté que sentirme como en casa era lo que percibían todos los huéspedes de la Abadía. Además ellos siempre volvían. 

Yo novata, me dejé guiar por lo que me apetecía hacer y no seguí a nadie ni a nada por obligación.Exteriormente alguna mañana me levanté a las 5 de la mañana para ir a Maitines (el primer rezo del día) como si las 5 de la mañana fuera mi hora habitual, vamos que es lo que hago todos los día, asistí a muchos rezos (cantados) del resto del día, con mi mantra, con mis meditaciones, con sus oraciones, con nuestros cantos compartidos, con el respeto y el cariño siempre presente en la capilla de Sta. María de Huerta. Entre sus monjes y sus huéspedes participé de una de las meditaciones más increíbles de mi vida. Aquella tarde algo que permanecía desenchufado se conectó (eso lo pude constatar más tarde, ya en Barcelona).

Charlé con los Hermanos sobre temas mundanos y temas más trascendentales. Su gato Bernardo (San Bernardo fue el más importante propulsor de la orden Cisterciense) y sus compañeros felinos me descubrieron el Claustro de la parte superior de la Abadía.  

Paseé por el precioso jardín entre sombras de árboles, trinos de pájaros y campanadas que avisaban de cada reencuentro en la capilla. Compartí desayunos, comidas y cenas con el resto de huéspedes que, como yo, buscaban o recuperaban algo en aquel apacible rincón.Internamente mi caja de aprendizaje empezaba a rebosar. A más silencio más aprendizaje.

A los pocos días de mi regreso empezaron a aflorar nuevas sensaciones.Cómo si hubiera un cambio de foco en una novela. La meta- posición de la que tanto hablo a mis pacientes de flores de Bach. Ver el mundo desde otra perspectiva menos egocéntrica.

En primer lugar percibí que mi estancia había sido un ejercicio de tolerancia, aceptar al otro, respetar al otro, ponerme más en el lugar del otro. El silencio me ayudó a ver que ese otro también podía ser yo, respetarme.

En segundo lugar conseguí no pensar en el mañana y compartí el presente y lo más importante para mí: disfruté todos los segundos de mi estancia entre aquellas personas.

En tercer lugar me sentí parte de algo, se enchufó una especie de cable que me conectó con la espiritualidad de aquel monasterio y sus monjes y que me gustaría que siguiera siempre conectado. Me sé acompañada.

En cuarto lugar presiento que en mi vida cotidiana estoy donde quiero estar.  

Para concluir diré que encontré otro de mis lugares del mundo donde regresar siempre cuando intuya que mi caja de aprendizaje necesita volver a llenarse de Silencio y de Paz.

De nuevo GRACIAS 

 

Más información:http://www.monasteriohuerta.org/  
Imagen de mSalvador

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