No era mal hombre el cazador de recompensas.
Cierto que, para sobrevivir, se dedicó, a lo largo de los años, a sembrar
nuestra casa de cadáveres: cuatreros,
forajidos, pistoleros a sueldo.
Dispuestos en riguroso orden de defunción, iba alineándolos a lo largo del
pasillo, a la espera de que Volchor les tuviera a punto los correspondientes
ataúdes.
Gotas de
lluvia repiqueteando en las ventanas en las tardes de perdidos inviernos,
contrapunto con los lúgubres martillazos del sepulturero, con el baile de
claque de los vertiginosos dedos de Sam Fletcher, ( así se llama, cuando
escribe, el cazador, mi padre). Las recompensas se las pagan luego en la
editorial Bruguera, o la Toray, a tanto el muerto, cuantos más, mejor..
Miradlo, ahí le tenéis disparando con las teclas
gastadas por el uso, las de su
legendaria máquina de escribir Remington Rand. Demos gracias a que proliferara
tanto tipo malvado en el Salvaje Oeste. Si hubieran sido todos unos mahatmas
Gandhi, nosotros, los cuatro del clan Fletcher, no sé de que hubiéramos vivido.
Aunque él hubiera preferido encontrar oro. Más de
una vez lanzó a sus buscadores a las orillas de los ríos, cada uno con su tamiz
reglamentario. Los escribió aquejados de una incurable fiebre, escrutando de
manera incansable el fondo de los lechos, como si cada río fuera el Rin y la
presencia de oro, en su fondo, incuestionable.
Pero, al final, nunca encontraban, pobre gente,
más que arena, y lo único que acababan descubriendo de repente, un día, era que el tiempo se les había escurrido
entre las manos y que esas manos continuaban vacías.
Vacías las va a tener usted también –en cierta ocasión le reprendieron en la
editorial— si nos vuelve a presentar otra historia como la del buscador Ted
Golden, ese que acabó hallando pepitas invisibles en las luces doradas de los
atardeceres, y luego se lió a buscar oro filosofal en su cabaña, alimentándose
de setas y de bayas. Su función, señor Fletcher, es la de matar gun-men, y no
de tedio a los pobres lectores. Y ellos, por su parte, que se dediquen a lo
suyo, como siempre: a leer para matar el rato.
En éstas y otras cosas voy pensando, mientras avanzamos a lo largo de
alguna de esas infinitas carreteras del Oeste. Fletcherland debe de estar aquí,
más que en cualquier otro lugar, me digo. La sensación de espacio ilimitado me
emborracha como no podría haberlo hecho todo el whisky almacenado en alguno de
los saloon imaginarios de mi padre. Estoy feliz: en compañía de los que más
quiero ( algunos de ellos, aunque no estén aquí, también viajan conmigo), sin
prisa por llegar a ningún lado, se extiende al frente la carretera inacabable.
¿Qué más puedo pedir?. No cabe duda: en momentos así me siento en casa.
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