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La ruta del asombro

Albert Padrol evocó en este blog, hace ya algunos meses, el Afganistán de los años setenta, cuando el nombre de ese país asiático iba ligado, en las mentes de los jóvenes vagabundos occidentales de la época , a la quintaesencia de lo lejano y lo distinto. En esa misma dirección escribí esta “Ruta del Asombro” que os propongo aquí. La escribí de un tirón y sin otra puntuación que las comas que separan las distintas frases. A ver qué os parece:

“Asombro en Isfahán, asombro en las desolaciones del Desierto Salado, al sudeste de Irán, creciente asombro a bordo del tren desvencijado en que crucé el Baluchistán pakistaní, asombro en Quetta, más tarde asombro redoblado en la azotea de un autobús multicolor, ahí, en una multiforme confusión, a merced de los vientos de cristal de Asia central, andamos hacinados pasajeros y bultos, las ruedas de esa renqueante cafetera me iniciaron en los misterios del Afganistán, asombro en Kandahar, en Kabul, en los bazares de Peshawar, ya superado el Khyber Pass, asombro elevado a no sé qué potencia cuando me pierdo entre multitudes oceánicas, he llegado a Lahore, patria ancestral de Kim, ese pilluelo era amigo de todos, asombro multiplicado aún cien mil veces al adentrarme en la India, ah, esa primera noche, inolvidable, acogido a la hospitalidad del templo sikh de Amritsar, el discurrir del tiempo no cesará de añadir capas de oro a las cúpulas del Templo Dorado del gran gurú Nanak, no disponía ya, ni en mis más secretas cámaras interiores, de espacio suficiente para almacenar todo el asombro que día a día se acumulaba en mi, dejé de ser quien era, me olvidé de mi nombre, de mi vida, mis vidas anteriores, solo de cuando en cuando, con un esfuerzo enorme, conseguía escribir unas letras a los míos, tenía que mentirles, no podía decirles, simplemente, no sé quien soy, él que era se esfumó, a su grupa se lo llevó el asombro, asombro a orillas del venerable Ganges, las llamas de sus piras santas incineraron mi cadáver, fui pura ceniza en movimiento, apenas podía emitir luego sino los inconexos balbuceos con que un recién nacido manifiesta sus asombro, qué horrible, qué maravilloso, ese nuevo mundo en que he nacido, asombro desbordado, multiplicado mil veces por si mismo, reflejado en miríadas de ojos calidoscópicos, iris teñidos de colores antes jamás no percibidos, asombrosa presencia de elefantes, de búfalos, de veneradas vacas, en las calles, de ruidosos monos, brincan los micos entre los tejados y los árboles, simultaneidad de lo más horrible y lo más bello, descubrimiento de paraísos colindantes con desolados inframundos, canciones, lamentos delos ciegos en los pasillos de los trenes, yo polizón en ellos, un hogar sobre ruedas, húmedos arrozales, canales jalonados de palmeras, sinfonía de gráciles velas, en Kerala, noches serenas al abrigo de los templos, de dharamsalas, compañero de sadús y sanyasins, amigos del camino infinito, ánimas errantes, vagabundos sobre sinuosas sendas polvorientas, de paso por el Valle encantado, en Cachemira, punzante la belleza del lago tapizado de nenúfares, de la montañas circundantes, me siento como un nuevo Jahangir, emperador de los peñascos y la niebla, acogido por fin, en un climax de casi doloroso asombro, a la hospitalidad de lamas, en Ladakh, alguna benévola deidad de las montañas deslizó en mi bolsillo la llave del acceso a tan secreto reino, a lo largo de un tiempo sin medida me sentí muerto y renacido de asombro cada día, en las avenidas tumultuosas de Calcuta, en las calles de la dulce Ponicherry, en la Bombay convertida en Ranchipur por las lluvias torrenciales del monzón, morí y renací de asombro tantas veces esos vertiginosos días, hasta que, al cabo, esa fiebre de girar y girar sin aliento, ese vivir en todas partes y en ninguna, fue gestando lentamente en mi interior un creciente deseo, al principio casi imperceptible, más adelante urgente, el de detenerme en un remanso y descansar, y digerir de esta manera el empacho de asombro que con tanta contumaz glotonería había ido engullendo en los caminos...”
 

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