Caminaba por
las afueras de Kathmandu atravesando pequeños callejones llenos de vida. Gente
lavandose el pelo en las fuentes públicas, allá unas mujeres limpiando sábanas
y en todas partes pequeñas paradas donde todo se vende y se compra.
Al llegar a Swayambhunath, lo primero que me llamó la atención
es la enorme estupa dorada que corona la cima. Personas de todas las edades dan
vueltas a ella haciendo la kora, purificando su alma de los pecados. En
este complejo religioso comparten culto la comunidad budista y la hindú.
Preparo mi camara de fotos y como un loco voy apretando el botón
fotografiando a la gente. Satisfecho, me dispongo a hacer mi kora cuando
de repente algo me detiene. En un rincón, observo a una niña sentada en el
suelo con unos botes de pintura. Con una sonrisa me indica que me acerque. Me
hace sentar a su lado, coge su pincel y dibuja un círculo rojo en mi frente,
una tika. Es una pasta de color hecha de productos naturales, curcuma y
ceniza.
La
invito a unas galletas y reímos viendo las fotos en la pequeña pantalla de mi
cámara. Al vernos, otros viajeros se acercan a ponerse tika a cambio de
unos dólares. Mi nueva amiga me hace un guiño poniéndose el dinero en el
bolsillo e indicándome que me quede un rato más. Ya no necesito hacer la kora, esta niña me ha purificado el
alma.
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