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La gran terminal
Londres no es una ciudad, es un gran aeropuerto. Cada barrio
es una terminal donde compartes un café con alguien, con el tiempo justo de
aficionarte a su compañía y los minutos contados para decirle adiós. Al
principio es duro, pero mientras esperas a que llegue tu turno sabes que
alguien te preguntará si la silla está ocupada y te comenzará a hablar. Por supuesto,
nunca será un londoner, tampoco tú lo esperas, conocerás polacos, australianos,
franceses, italianos, españoles, rusos, alemanes, albanos, vietnamitas…
una lista casi interminable de los puntos geográficos del planeta. Mientras
tanto ves aviones que parten o que llegan. Da igual en qué momento alces la
cabeza en esa gran ciudad porque no descansa, su cielo siempre estará
cubierto por aviones fugaces y te preguntas si esa hilera blanca está
construida de sueños o desdichas, de esperanzas o ruinas. Qué más da. Tú
continúas con tu café, sabiendo que en algún momento te tocará volver,
escuchando las anécdotas de los que como tú se encuentran en tu terminal a la
espera de la tierra prometida.








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