Recuerdos de un amor francés

 08:00, martes, estación de Montparnasse, París. Una neblina cubre las calles de París. Corriendo en la estación entra una joven con el pelo recogido en un moño, envuelta en un abrigo verde con flores y unos labios de un rojo intenso. Los tacones de unos brillantes zapatos negros, la hacen tambalearse mientras busca a alguien entre la gente. Su mirada se para en un hombre que toma un café humeante y lee el periódico sentado en uno de los bancos más alejados de la entrada. Ella sonríe y se dirige hacia él, que sigue absorto en su lectura, sin darse cuenta que la mujer más hermosa de todo Paris se le acerca. Suavemente le tapa los ojos y le da un pequeño beso en la mejilla. El hombre se sobresalta y unas gotas calientes del café se escapan del vaso y caen sobre el períodico, emborronando las palabras de alguna noticia sin importancia. Con la mano izquierda acaricia el brazo de la joven, que se suelta el moño, para que su sedoso pelo rubio se enrede entre los dedos del hombre. Se sienta en el regazo del hombre y le besa como si el mundo se fuese a acabar en ese mismo momento. Él consigue apartar la mano de ella y observa sus ojos de un azul brillante intenso. La risa de la joven suena como el canto de unos pequeños pájaros por toda la estación.

Y así la sigue escuchando en su cabeza Juan. Gritándo el “Mon amour” más hermoso del universo.

De aquel día han pasado más de 40 años. Y ahí está él, en la misma estación dónde se prometieron amor eterno, recordando a la joven que le robó el corazón. Fue la despedida más dulce de su vida, sin saber que también se iba a convertir, pasado el tiempo, en la más amarga.

Sara, su nieta, le pidió que le contasé su secreto; pero él no podía, el recuerdo de ella todavía le dolía. Sara le prometió que esa herida la iban a cerrar juntos. Y por eso se encuentran los dos, uno junto al otro, observando la entrada a la estación de Montparnasse imaginándose a una joven con abrigo verde de flores y labios rojos. Durante 22 días de viaje en InterRail, por lugares donde Juan vivió ese amor, Sara ha conseguido conocer a su abuelo y la historia de su nombre.

Porque Sara era el nombre de aquella joven que Juan conoció en Roma cuando tenía 30. Ella no tendría más de 18 años y se estaba comiendo un helado enfrente de la Fuente de Trevi, cuando Juan reparó en ella. Sara le sonrió con la boca llena de chocolate, y a él le pareció la sonrisa más bonita que jamás había visto. Después una muchedumbre la hizo desaparecer de su vista, pero esa sonrisa se quedó grabada en su mente.

 

Como si el destino los empujase a conocerse, sus miradas se volvieron a cruzar en Venecia, cuando él observaba uno de los canales en el momento que ella se reía de la canción del Gondolero que la paseaba junto a sus padres. Juan siguió la góndola hasta que la joven le pidió a sus padres permiso para bajarse y seguir el camino a pie. Así se encontraron los dos desconocidos, uno frente al otro. Ella francesa, él español. Cenaron unos bocatas en la Plaza San Marcos, observando como las palomas se comían las migajas; espantándolas mientras corrian uno detrás del otro; riendo sin entenderse; saboreando sus labios frescos.

A la 1 de la mañana, cuando las luces de las casas se iban apagando, las calles se quedaban silenciosas y la joven empezó a quedarse dormida en el regazo de Juan, prometieron encontrarse en la torre Eiffel una semana después, cuando ella volviese a casa y él fuese a Paris para cerrar un negocio.

Con el miedo de haberse enamorado de un fantasma, Juan llegó puntual a su cita a los pies de la torre que vigilaba la ciudad. Miraba el reloj cada minuto, cada segundo. Los nervios le hacian sudar las manos. El recuerdo de los besos de una joven desconocida, le ardía por dentro. Pero ella llegó. Se acercó con la sonrisa que le había cautivado. Brillaba por donde pasaba, la gente se giraba para apreciarla. Cuando la tuvo delante, la cogió de la cintura, la alzó y la besó, sellando ese amor para siempre. Guardando en su corazón el sabor de unos besos que le dolerían durante toda su vida.

Pasó los mejores tres días de su vida, metido en la habitación de un viejo hostal, recorriendo cada parte del cuerpo de Sara, memorizando cada lunar, cada linea. Durante esos tres días olvidaron el pasado y el futuro. Olvidaron que las horas corrian, que la vida seguía.

Hasta que llegó el día en el que Juan debía volver a Madrid, al trabajo, a su casa, junto a su mujer y su hija. Se prometieron en esa estación de Montparnasse amor eterno, no olvidarse, no querer a nadie más y volverse a encontrar al año siguiente. Y esa promesa fue la cruz de Juan, porque parte de ella la cumplió. No pudo querer a su mujer, no pudo olvidarse de Sara, pero nunca volvió a Paris. Se quedó con el secreto doloroso del amor a una joven, mientras seguía viviendo una mentira en Madrid.

La voz que anuncia la salida del tren le hace desprenderse de esos recuerdos. Observa a su nieta que lo abraza. Vuelven a casa. Sara agradecida por descubrir quién es su abuelo. Juan aliviado por el peso de un secreto que no le dejaba vivir. 

 

 

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