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El paso a nivel

La fragilidad de los hombres no podía compararse con la fuerza de sus sueños. Al menos una vez a la semana, su padre, ante las insistencias de Juan, lo llevaba a un paso a nivel donde, antes de la llegada de algún tren, las barreras comenzaban a bajarse con un ruido de alarma y el tintineo de las luces. Era el preámbulo del espectáculo. Cuando ya casi no se distinguía su sombra severa en la lejanía, las barreras volvían a alzarse hasta recuperar su posición vertical, y los vehículos, mansos ante el ritmo marcado por aquel paso a nivel casi olvidado, volvían a retomar su camino. La vida proseguía como si nada hubiese ocurrido. Era un acontecimiento imprescindible en sus vacaciones anuales en el Sur de Francia, cuando Juan y sus padres iban a ver a sus abuelos, que vivían y trabajaban allí desde hacía más de 30 años. A veces –muy pocas-, su madre también los acompañaba, y a Juan se le ocurrían pocos momentos más felices en su corta vida; tendría unos 9 años.

Los trenes siempre le habían parecido como animales salvajes desbocados que iban y venían por esos asombrosos caminos por los que solo ellos sabían transitar: los raíles. Aún cuando no pasaba ninguno, Juan se quedaba mirando absorto esas férreas estrías que parecían ir y venir del mismo lugar, quizás más allá del fin del mundo, esperando escuchar un murmullo lejano que indicara que pronto alguno volvería a pasar. A veces tardaban más de media hora, pero la espera siempre merecía la pena. Su padre, mientras, le contaba cuando él había viajado a Francia por primera vez, y había tardado más de dos días en tren. Se los imaginaba cargados con muchas maletas, en vagones de blanco y negro, donde conocían a pasajeros misteriosos y una luz anaranjada, casi marrón, que entraba por los amplios cristales del compartimento, lo embadurnaba todo. Juan lo miraba boquiabierto hasta que el relato concluía, casi sin pestañear. “Ojalá yo hubiera podido hacer ese viaje contigo y con los abuelos”, le contestaba Juan a su padre, que no se cansaba de escuchar su histórica odisea.

Los había de todos los tamaños: casi kilométricos; de un par de vagones; a veces, solo la máquina desnuda avanzaba triste, como si la hubieran desprovisto de una inestimable carga. También los había de muchas formas y colores: cuadrados y azules, ovalados y blancos, o afilados y rojos. Estos últimos eran los que más le gustaban, porque eran los más rápidos. Su padre le decía que tardaban menos de dos horas en llegar hasta Paris, mientras que un coche necesitaba, al menos, el doble de tiempo. A Juan le daba igual si esto era cierto o no, pero le fascinaba la idea de viajar, seguramente, tan rápido como la luz. Por eso tenía que prestar mucha atención cuando circulaban delante suyo; iban tan veloces que si se despistaba corría el peligro de ni siquiera poder verlos. Esto nunca pasaba porque él siempre andaba bien atento.

A su paso, Juan podía escuchar sus colosales rugidos que lo sumían, con si fuera un sueño, en la contemplación de todos los recovecos de aquellos mastodontes. El encuentro se alargaba escasos segundos, pero él se deleitaba con cada instante como si fueran el aroma de la misma eternidad, su indiscutible esencia. La velocidad dejaba que Juan apenas pudiera ver algunos rostros al otro lado de los cristales, pero le gustaba conjeturar acerca de quiénes eran y porqué viajaban. Pensaba en viajeros intrépidos que recorrían el mundo, observándolo con afilados ojos, investigando misterios sin resolver; superhombres luchando contra el mal o maleantes trabajando a su servicio. A él no le importaba, no necesitaba héroes, únicamente aventureros. También, pequeño como era, creía en amores lejanos y pensaba en reencuentros ansiados en los andenes de las estaciones y en despedidas inevitables, adornadas por lágrimas que se iban secando conforme reemprendían el viaje. Porque no era posible que nadie llorara subido a un tren, su magia nunca lo permitiría.

Ahora, más de quince años después, Juan volvía a pasar por ese mismo paso a nivel, pero esta vez no estaba esperando en su vereda; esta vez pasaba subido en un tren camino hacia Paris, el primer destino de su Interrail, que había sido uno de sus anhelos: poder viajar por Europa a lomos de estas bestias indomables. Conocía su primera parada pero no la última. “Quizás decidiera llegar hasta el fin del mundo”, pensó Juan, esbozando una sonrisa cómplice consigo mismo.

Nada más salir de la estación de Montpellier estuvo tan atento como lo había estado otras veces, porque no quería perderse la oportunidad de ver el mismo sitio, pero ahora, desde el otro lado de la ventana. Le pareció divisar a un niño que estaba exactamente en el mismo lugar en el que él y su padre siempre esperaban. Tenía una amplia sonrisa y señalaba con grandes aspavientos al tren, que ya se marchaba. Su padre le sujetaba el hombro.

Juan recordaba la mano fuerte, firme y segura de su padre, y sintió como poco a poco se iba despegando de su propio hombro, alejándose inexorable al ritmo del tren. Pero sobre todo no podía olvidar como también soltó bruscamente la mano de su madre. Los abandonó a los dos, a su mujer y a su hijo, como en una estación desierta e inútil, con vagones oxidados en los andenes y un silencio absoluto y tenebroso. Se quedaron abrazados, mudos con una densa niebla que los envolvía, protegiéndolos.

Miró hacia atrás y todavía alcanzó a divisar las dos sombras por última vez, que ya se perdían, inaccesibles como dos puntos minúsculos en el horizonte. Se aferraba a ellas; no quería dejarlas escapar. Sin embargo, en dos horas estaría entrando en la estación de Montparnasse, en Paris.

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