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Irrupción del pederasta

Primeros de marzo, es decir, unas pocas semanas atrás. Pasan pocos minutos de las ocho y media de la noche cuando llego al Kop Chai Deu, el beer garden –así lo describen en las guías de viaje- situado en la plaza Nam Phu, el centro de Vientiane.

 

Rafael ya está en la barra, en compañía de una cerveza. Siempre nos citamos ahí para tomar una primera copa, y luego salimos a cenar al restaurante que sea. Nos gusta ver la animación del exitoso establecimiento en esa primera hora de la noche: turistas, expatriados, jóvenes laosianos de la buena sociedad -suponiendo que la buena sociedad sea la que tiene dinero.

 

Nos saludamos, nos preguntamos qué tal TE va. Rafael vive en Vientiane desde hace ocho años, está casado con una laosiana, tiene una niñita de dos años, y se dedica a producir videos. Hoy está contento: esta misma mañana le han llamado de la Dirección General de Trafico para encargarle la producción de un anuncio de televisión. El parque automovilístico del país ha crecido exponencialmente en los últimos tiempos,  y la circulación anárquica de toda la vida resulta definitivamente insostenible. De hecho, ya hace meses que los policías se han multiplicado por las esquinas, advirtiendo y multando.

 

De repente, emerge de algún lado un individuo que se planta a nuestra vera, Beerlao en mano. Habla muy bien español, aunque con un cierto acento francés.

 

-¿Están buenas, las argentinas? –dispara, un tanto sorprendentemente, de entrada.

 

Tirando de cortesía, le respondo que hace unos años estuve en Buenos Aires, y que me pareció que en general las mujeres eran muy atractivas  -incluso especialmente atractivas.

 

Entonces, el tipo me mira a los ojos, y me pregunta:

 

-¿De qué edades? 

 

Pillado un poco por sorpresa, balbuceo:

 

-Hombre, pues  no sé... normal –me encojo de hombros-. Edades normales. Veintipico, treintaipico,...  

 

-Y aquí en Laos, ¿qué tal? -tan abruptamente como nos envió a Sudamérica, el tipo nos devuelve al Sudeste Asiático.

 

-Aquí también son atractivas, pero de otro estilo... –tercia Rafael.

 

-Es que, ¿sabéis?, a mí me gusta hacerlo sin goma.

 

Automáticamente, se crea un punto de tensión en mi interior. Ahora no sé que decir. Finalmente, oigo la voz de Rafael.

 

-Oye,... ¿y no te da miedo a coger bichitos?

 

-Hay que tener vista, hombre. Si se sabe seleccionar, no pasa nada. En Indonesia, de donde vengo, me he follado un montón. Es facilísimo.

 

Yo sigo perplejo. Ahora, Rafael también se ha quedado mudo. Se hace un vacío extraño. De repente, el tipo desaparece de un salto, mascullando un adiós imperceptible, como escapándose.

 

Nosotros nos miramos. Pagamos la cerveza, y salimos.

 

-Oye, Rafael... este tipo era...

 

-Pues, sí...  un pederasta...

 

En la oscura calle, avanzamos en silencio. Me doy cuenta de que lo que realmente me ha inquietado del personaje ha sido su incapacidad de discernir fronteras. El tipo se ha acercado a nosotros sencillamente porque nos ha oído hablar español, y ha confundido proximidad lingüística con complicidad sexual. Entonces, me hago consciente de su patética soledad, y me pregunto de qué manera su obsesión le llevaría a cruzar la línea, y si hay camino de regreso.

 

-Oye, Rafael... nos hemos quedado como que muy parados, ¿no? Le podíamos haber pegado algún corte. Decirle al capullo ése que trabajábamos para el Comité Antisida de la ONU, o algo así.

 

-Hombre...

 

-Confieso que yo no soy nada ágil de reacción. La réplica brillante siempre se me ocurre cuando es demasiado tarde, y entonces me quedo frustrado, pensando en lo que podía haber dicho y no dije.

 

-Me temo que eso de las réplicas brillantes sólo se da en las películas... porque el guinista se toma su tiempo para pensarlas.

 

-Claro.

 

-Bueno, ¿a qué restaurante vamos?

 

Imagen de jmRomero

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