- |
- |
- |
- |
Fuegos artificiales
Me encontraba en mi mesa habitual, a orillas del Mekong, consumiendo una Beerlao en compañía de un amigo americano -el cual, como muchos de los residentes de su nacionalidad, prefiere decir que es canadiense, que es menos expuesto. De repente, explotó en el cielo un auténtico festival de fuegos artificiales.
-En los cinco años que llevo aquí en Vientiane, -comentó Bob, sorprendido- nunca había visto unos fuegos tan buenos, ni de tanta duración.
Tras una pausa, añadió:
-Me pregunto quién los habrá pagado. El gobierno, seguro que no. Si fuera el caso, con cuatro cohetes ya habrían liquidado la celebración, sea cual sea el motivo.
Sonreí, pues el comentario correspondía a una canción habitual: el gobierno casi nunca paga nada. El país tiene una de las menores rentas per cápita del mundo, y el gobierno es pobre,... (aunque los gobernantes son ricos, añaden ácidamente los laosianos -pero esto ya es otro tema).
Una gran parte del presupuesto del país procede de la ayuda exterior. Así, el aeropuertito nuevo de la ciudad fue financiado por los japoneses, que también asfaltan calles y carreteras. Los chinos también construyen nuevas vías, y otras obras. Igual que los australianos, que por cierto, al decir de las malas lenguas, pagaron uno de los puentes del Mekong multiplicado por tres. Los franceses subvencionan cultura, especialmente si ello ayuda a la supervivencia de su lengua, cada vez más en desuso. En la misma línia de intención, financiaron los nuevos rótulos de las calles, que ahora podemos leer en laosiano y francés. ¡Toma del frasco, inglés!
Por otra parte, una miríada de ONGs canaliza fondos internacionales de procedencia diversa para la educación, la salud o el desminaje; y las grandes compañías como Beerlao, Air Asia, Carlsberg, Kolao, Tigo, Hyundai o Toyota corren con los gastos de todo tipo de espectáculos, y participan en proyectos varios. Etcétera.
Naturalmente, la mayor parte de estas colaboraciones no son desinteresadas: a cambio de las mismas, el gobierno concede suculentas concesiones de explotación en campos diversos.
Desde una mesa vecina, alguien nos aclaró que los fuegos correspondían a la clausura de los Juegos de la Asean -la comunidad regional del sudeste asiático-, que se celebran cada dos años. Los Juegos se habían celebrado en Tailandia, pero la siguiente edición se llevaría a cabo en Laos: lo que estábamos presenciando era, pues, el paso del testigo.
-Ya te decía yo -repuso Bob, satisfecho-. Esto lo han pagado los tailandeses.
-Pero, ¿cómo se puede permitir el país la organización de un acontecimiento tan importante? -me extrañé, ya dejando aparte el tema de los fuegos, y considerando el costo y la complejidad de un proyecto así, comparable a un Campeonato de Europa, o a unos Juegos del Mediterráneo.
-Tendrán colaboradores, como siempre, ya verás. Por de pronto, el nuevo Estadio Nacional, que se está construyendo en las afueras de Vientiane, está financiado por los chinos. A cambio, Laos aceptará a diez mil familias inmigrantes. Ya tienen la tierra dispuesta, esperándoles.
¡Diez mil familias! Eso equivale a cualquier cosa entre cincuenta y cien mil personas: una inyección demográfica no precisamente menor en una ciudad como Vientiane, cuya población es aproximadamente de seiscientos mil habitantes -muchos de los cuales son ya chinos.
Así son las cosas hoy en este pequeño país del sudeste asiático, en su dictadura tardocomunista en fase de apertura al capitalismo. Son cortejados por un montón de pretendientes llegados con anchas sonrisas y grandes regalos. Una generosidad que llega a asustar: al paso que van, ¿les quedará país a los nativos?








Comentarios
Enviar un comentario nuevo