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En el cíber de Vientiane

En el cíber de Vientiane donde escribo estas líneas, contemplo a los parroquianos: a mi izquierda, una adolescente laosiana de aire lánguido chatea en inglés con su noviete, presumiblemente occidental; más allà, un niño chino gordito está absorto en su apasionante juego de guerra; a mi derecha, dos amigas de mediana edad, también del país, cuchichean mientras charlan con otra amiga que aparece en la imagen de la webcam; en el extremo, tras una silla vacante, un viejo expatriado suizo lee los periódicos de su país. En la otra hilera de ordenadores, la que se extiende a mis espaldas, una pareja joven de aspecto nórdico gestiona sus hotmails respectivos en silencio y, en el rincón, un hombretón de raza negra se concentra en su trabajo: un amigo que le conoce me reveló que se dedica a enviar correos de esos en que los parientes de algun reyezuelo africano derrocado solicitan ayuda urgente para gestionar una enorme fortuna.

 

En el otro extremo, la dueña del local, una china de buen ver, come sopa de fideos de un bol sin dejar de contemplar la pantalla de su ordenador. A veces juega, a veces controla los tiempos de los ordenadores, a veces se entretiene con el YouTube. Esa mujer pasa ahí sentada de ocho de la mañana a diez de la noche, y siempre me pregunto como puede resistir tal paliza física.

 

El ciber es una sala de unos pocos metros cuadrados, y situada en un culo de mundo, pero entre unos y otros tejemos hilos que nos comunican con todo el planeta. Excitante. No limits, man. A veces, sin embargo, añoro los días en que la telefonía era pràcticamente imposible, y el único modo de comunicarse eran las tradicionales Listas de Correos. Tan solo hace un cuarto de siglo, de eso, aunque ya parece que hablemos del mioceno superior. Lo añoro porque el tiempo era mucho más lento, porque la distancia era mucho mayor, y porque yo me sentía infinitamente más lejos.

Imagen de jmRomero

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