Vivir en un cámping

Seré sincero. Al darme cuenta de la cantidad de gente que en Australia vive de modo permanente en un cámping quedé muy sorprendido. Negativamente, quiero decir. Me pareció una opción de vida cutre, propia de fracasados. ¿Cómo podía ser, si Australia es uno de los países más ricos del mundo? Conste como atenuante a la escandalizada reacción el ibérico background, pues ya se sabe que en España quién no tiene dos residencias -por lo menos- es que no ha triunfado en esta vida.

 

Topé por primera vez con la circustancia en Melbourne, donde por razones que no vienen al caso tuve que contactar al hermano de un compañero circunstancial de viaje, conductor de autobús de profesión, que vivía en esa situación. No llegué a verle nunca, pero por el contexto pude deducir que no se sentía precisamente un triunfador, por utilizar un concepto de nuestros tiempos liberales.  

 

En Alice Springs, es decir, en pleno outback, conocí el decorado de primera mano. Constaté que la gente disponía de todo lo necesario, y que mantenía la misma rutina que cualquier otro ciudadano ordinario. Iban a trabajar, llevaban los niños a la escuela, confraternizaban con los vecinos, cocinaban, miraban la tele, etc.

 

Trabé cierta amistad con una pareja que debían estar en los treinta y tantos, que tenían una caravana y vivían vagabundeando de camping en camping,  trabajando de camareros allí donde se detenían, y que estaban razonablemente satisfechos con su modo de vida.

 

Pensándolo bien, quizá no sea tan mala idea, sobre todo en estos tiempos de crisis. ¿No se trata de recortar gastos? ¿Porqué no imitar, pues, a nuestros semejantes de las antípodas? ¿Porqué no pegarle una patada a la hipoteca y plantar tienda en un camping de la periferia urbana?

 

Con lo que cuesta el más cochambroso de los apartamentos podríamos disponer de tienda regia, o incluso de rulot regia, con su avancé, su barbacoa, su sala de estar con televisión, su biblioteca incluso. Un palacio con jardín, vaya.

 

El precario trabajo, sin la pesada carga de la angustia hipotecaria, incluso podría llegar a dignificarnos, como dice el controvertido dicho, incrementando así los índices de felicidad global; y además disfrutaríamos de los beneficios de esa vida sana al aire libre que no cesan de recomendar los médicos. Y nos ajustaríamos al protocolo de Kioto, ahí es nada. Bingo, pues.

 

Por no hablar de la cosa mítica:  emularíamos a los mongoles, a los beduinos, a los sioux, y a todas esas dignísimas tribus que han construído una civilización bajo las pieles de una tienda.

 

Consideremos seriamente la posibilidad de cambiar ladrillo por lona, pues. En esas circunstancias, incluso los mil euros mensuales nos parecerían un sueldazo. Seríamos un país de ricos. ¿Se imaginan?

Imagen de jmRomero

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