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Ronda oriental (4): Una playa en el Himalaya

 

 En los sueños de casi todos figura una playa lejana y solitaria. La pasada Navidad encontramos una. Lo singular es que no era en el Caribe ni la Polinesia, sino en el Himalaya, y bañada por un Ganges joven, nacido sólo ciento veinte kilómetros más arriba, de los hielos de Goumukh.

La gente de Ram Jhula se escapa montaña arriba a la que pilla algo de tiempo libre, a estirar las piernas entre la fronda, a alcanzar el sol en las cotas altas del valle, a desconectar de tanta disciplina yóguica. Situado a tres kilómetros de Rishikesh, el asentamiento de Ram Jhula concentra una de las mayores poblaciones de practicantes del yoga del mundo. El lugar se hizo universalmente famoso en 1968 por hospedar a los Beatles, que aprovecharon la estancia para componer una parte substancial del material del Album Blanco.

Todas las excursiones tienen un templo como objetivo. El templo de Siva, situado a un par de horas a pie, es uno de los más reiterados. Mi amigo Ivo caminó algo más y llegó hasta una caverna habitada por tres sadús -uno de los cuales hablaba incansablemente por el móvil, según me dijo. Julie y Rachel fueron al otro lado del río, en busca de otro templo de Siva -el enésimo: el dios del tridente tiene un gran predicamento en la región, no en vano el Ganges brota de su cabeza. Nuestro objetivo de aquel día era una estrecha cueva convertida en templo en honor a Swami Proshotamand, que la habitó entre los años 1928 y 1961. Algo más que un arrebato, pues. Fue uno de tantos. Ascetas, santos, gurús, yoguis, contorsionistas, pirados y extremistas de toda índole se han multiplicado siempre por este valle del Alto Ganges, ansiosos por sentir el aliento de los dioses.

Cumplido el ritual, descendimos al río. Sumergimos los pies en el agua helada para vadear una pequeña corriente, con cuidado de no resbalar sobre los guijarros, y finalmente alcanzamos la playa blanca. Lucía un sol espectacular, el bosque rebosaba salud. De repente, miré alrededor, y la India había desaparecido. Estábamos en ninguna parte, y la excursión había adquirido un dulce tono de fin de semana familiar.

Escasa era la fuerza de la fecha navideña en aquella playa, pero no me hubiera importado que sobre la manta extendida en la arena se ofrecieran los tradicionales canelones de mi tía Antonia, el pollo asado con ciruelas, un buen tinto, el cava, los turrones, las neulas, los polvorones, el surtido de licores y, ya puestos, la sal de frutas Eno.

Pero tuvimos que conformarnos con humildes samosas y pakoras, con esos dulces dulcísimos tan apreciados por los dentistas, con papayas, plátanos y mandarinas. Lo más sensual fue el pan francés con queso industrial de yak, para que me entiendan. Y sin la compañía de un solo gramo de alcohol, por supuesto, proscrito como está de la purísima región. Una vez más, pues, la Perfección se demostraba inalcanzable. Habrá que seguir peregrinando.

Imagen de jmRomero

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