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Ronda oriental (1): Pasando frío en Varanasi

  En la noche, los múltiples braseros brillan. La gente se arremolina en cuclillas a su entorno: tenderos, vendedores ambulantes, rickshaw-wallahs, amigos de cualquiera de los anteriores, desocupados varios. También las vacas se meten en algun hueco del corro si pueden, o aprovechan el calor de las brasas que alguien abandonó. Las más afortunadas -así como no pocas cabras- son vestidas por sus propietarios con abrigos de saco, o con prendas viejas. No es extraño, pues, cruzarse con una cabra que luce un polo azul o una camiseta harapienta del Manchester United. Los perros, mamíferos inferiores en la escala cósmica, aparecen a menudo tumbados sobre los migajas de un carbón humeante. A los monos se les ve poco a esa hora, amparados por las sombras de los tejados. Uno los sospecha refugiados en algún hueco inaccesible, o entregados a actividades libidinosas.

Venía de tomar una cerveza en la parte menos histórica de la ciudad, donde la presión puritana sobre el consumo de carne y alcohol es algo más leve. En el Varanasi antiguo apenas se ofrecen, al menos abiertamente. Por la ciudad, todos circulábamos envueltos en mantas, y con la cabeza protegida por gorros de lana o una bufanda enrollada. Bajé al ghat, andé hacia el sur y percibí a lo lejos las luces centelleantes de Harishchandra, uno de los puestos de cremación de cadáveres. Ahí se estaría en unas condiciones térmicas envidiables. Esa misma tarde había visto a niños haciendo volar alegremente cometas entre las piras mortuorias.

¿Qué se hace con el invierno en Varanasi? Esperar a que pase, sencillamente. En el exterior no se está tan mal, en realidad, si uno dispone de los pertrechos mencionados. El problema son los interiores, que son auténticas neveras. Las paredes permanecen siempre heladas, pues en las angostas calles apenas penetra el sol. Desde el techo, los ventiladores se ríen de nosotros. Diseño exclusivo para el verano. Total, para lo que dura el invierno, me dicen, después de admitir que este mes de enero es un poco especial, que hay una ola de frío.

Para los más, más allá del braserillo no hay nada. La gente rechaza la estufa de gas porque quema el oxígeno de las minúsculas estancias, y se resiste a usar calefactores eléctricos porque el contador de luz se dispara, y además existen muchas posibilidades de que esos repentinos millares de watios fundan el enchufe o revienten la instalación. A menudo se dan problemas entre caseros e inquilinos porque estos últimos introducen fraudalentamente uno de esos electrodométicos en su habitación.

Así que la mayoría asume el tradicional estoicismo indio y se conforma con encogerse, aceptar que el frío le cale en los huesos, o meterse en la cama. Al fin y al cabo, es lo que se ha hecho durante milenios.

Decidí no ir a Harishchandra a calentarme, pero me entretuve al borde de las aguas invisibles, contemplando las sombras de los palacios ruinosos, dignos de cuento fantástico, que en pocas horas serían visitados por una niebla preciosa, procedente de las nieves del Himalaya.

Imagen de jmRomero

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