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Expulsar a Rigoberta
Rupérez, echemos a esa india de ahí. Algo así debió de decirle el segurata a su compañero de fatigas, o recepcionista, o portero, o botones, o conserje, o cualquier otro de los empleados que integran la barrera que protege a los privilegiados huéspedes del hotel Coral Beach de Cancún de la tiña exterior.
Los dos colegas, pues, se abalanzaron sobre la gordita que había tenido la osadía de pisar el vestíbulo inmaculado, sin duda una vendedora ambulante llegada para turbar la paz del lugar ofreciendo su mercacía de abalorios baratos, o peor aún, una ladrona dispuesta a llevarse cualquier cosa que pudiera pillar, desde un cenicero a una toalla a un jarrón de diseño.
-Reprime tu ardor represivo, Rupérez, y hagámoslo con delicadeza, tal como nos enseñaron en el cursillo, que si le metemos mano encima aún saldremos en los periódicos. Y recuerda, hay que tratarla de usted.
En esa tesitura se encontraba el trío, cuando alguien alzó por la voz por detrás. Se volvieron todos a la vez, y por un momento quedaron más petrificados que un grupo escultórico de Bernini, de esos que adorna las fuentes de Roma.
-Oigan, que esta señora es Rigoberta Menchú Tum, Premio Nobel de la Paz.
-¿Premio qué?
-Bueno, nada. Que es una señora muy importante. Soy David Romero Vara, conductor del noticiario del Sistema Quintanarroense de Comunicación Social, que he venido a entrevistarla.
¡Qué bochorno! Los seguratas desinflándose poco a poco, el recepcionista deshaciéndose en excusas y el manager de día saliendo atribuladamente de su despacho y ofreciendo una limonada con pistachos, por ejemplo, como desagravio.
Desde este blog, sin embargo, quiero romper una lanza en favor de esos abnegados empleados. Considérese cuán ingrata resulta su tarea represiva hoy en día. ¿Cómo van a saber si el tipo de los tejanos rotos es el rey del software o uno de la calle que ha venido a gorrear periódico? Antes era más fácil, los señores iban vestidos de señor, los criados de criado y los pordioseros de pordiosero, pero desde que a a los ricos les ha dado por la fantasía de lo informal, y de jugar a mezclarse con la gente de la calle, y de que parezca que no hay barreras en el mundo, pues han jodido al gremio, y por más cursillos de sicología que hagan siempre estarán en un tris de cagarla.
Y usted, señora Rigoberta Menchú, sea comprensiva, y piense en esa pobre gente, al fin y al cabo son de la clase que usted con tanto empeño defiende. Facilíteles la labor, señora. La próxima vez que vaya al Coral Beach deje de lado sus extravagantes ropajes indígenas y vístase como es debido: suéltese el pelo y póngase unas gafas de sol Dolce& Gabanna, que son un puntazo, póngase playera y shorts y tóquese con una gorra de los Lakers, y verá como la dejan tranquila.
Y si aún así la molestan, pues hágase una operación de estética, y que la dejen lo más parecida posible a Julia Roberts.
(Basado en un hecho real acaecido en agosto de 2007)








Comentarios
simpatia para el segurata
!Cuanta razón tiene Josep Maria Romero! Si existe una labor ingrata y poco agradecida es la del segurata.
Rigoberta, al fin y al cabo, tuvo y tiene sus muchos momentos de gloria, aún reconociendo que proviene de experiencias personales especialmente dramáticas.
Los seguratas del hotel jamás verán públicamente valorada su tarea.
Y puestos a sugerir operaciones de estética, me permito proponer el modelo Halle Berry, a quien creo que sentarían muy bien los atuendos étnicos que luce Rigoberta.
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