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Tibet año 1984 (II): Los niños me saludan con la lengua al pasar

         Desde las terrazas superiores del Potala es posible contemplar los verdes meandros del río Kyichu y las dos ciudades que forman la Lhasa de 1984. Por una parte la ciudad nueva china, con sus anchas avenidas asfaltadas flanqueadas de álamos y sus edificios administrativos, sus tiendas estatales, sus escuelas y sus casernas de policía y cuarteles militares.

          Por otra, la ciudad vieja tibetana, un mundo mágico de callejuelas polvorientas donde las casas son de piedra y adobe y tienen las paredes ligeramente inclinadas y los techos planos. En los patios, las vacas y los yacs rumian en el suelo fangoso y las boñigas que luego se usarán como combustible se secan al sol. Las banderas de oración flamean en los techos y sobre las plazas, dejando ir al paso del viento las bendiciones que llevan escritas. Los niños, polvorientos y mocosos, me sonríen desde las terrazas y me saludan cuando paso al modo tibetano mostrándome la lengua.

         En el mercado tibetano al aire libre, entorno al templo de Jokhang, las paradas de los vendedores de carne –roja, tumefacta, llena de moscas- se alinean frente a las que ofrecen mantequilla de hembra de yac, expuesta en enormes pedazos semejantes a quesos. Derretida y mezclada con hojas de té y sal, la mantequilla sirve para preparar el té tibetano. Es el alimento básico y muy nutritivo que los habitantes del país consumen a todas horas, bien solo o bien mezclado hasta formar una pasta con tsampa, la harina de centeno tostada al fuego.

         Más allá están los vendedores de alfombras y de pieles de leopardos de las nieves, de especias exóticas y de albaricoques secos, de teteras y de instrumentos musicales, de ropa y de llaveros con fotografías del Dalai Lama. Los mendigos leen oraciones sentados en el suelo y, a cambio, los que pasan les llenan sus termos de té y sus escudillas de tsampa. Unos pastores nómadas del país de Kham me ofrecen sus collares de turquesas y sus diademas de coral y ámbar. Altos y esbeltos, de porte altivo, los hombres adornan sus largas cabelleras con hebras de lana roja o negra y las orejas, con pendientes de plata y coral. Calzan altas botas de cuero negro, y lucen puñales al cinto y una cierta chulería desmañada en los ademanes.

           Los khampas fueron, hasta entrados los setenta, los últimos resistentes armados contra el invasor chino. Su talla contrasta con los menudos gologs, montañeses que aún parecen más bajos de lo que son bajo las pieles de oveja y de yac con que se cubren hasta los pies. Sorprendidos, descubren por primera vez los ojos, la piel y los brazos velludos de un occidental.

         -“Tashitelé” 

         -“Tashitelé”- me responden sonrientes y juntando ambas manos a la altura de la cabeza. La fascinación es mutua. Los gologs son pastores nómadas que con sus rebaños recorren las montañas remotas del sudeste de Amdo –Qinhai para los chinos- . Aislados y semi independientes de toda autoridad, supervivientes en un medio árido y muy pobre, su aspecto es noble y salvaje. Surgen de otro siglo ante mis ojos, igual que para ellos yo provengo de un futuro y de un Occidente que ni imaginaban. Las mujeres se tejen hasta 108 trenzas diminutas en la cabeza, de las que se cuelgan turquesas, y se engalanan con collares de perlas diminutas. Las jóvenes se me quedan mirando, atónitas y curiosas, hasta que el jefe del clan les llama al orden y se van. 

          El bazar Largor es un escaparate de la humanidad en el cual yo también he entrado a formar parte.

Imagen de jBartroli

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