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Tibet año 1984 (y V): Río arriba, más cerca del cielo

        Camino entre pedregales y laderas resecas. En la entrada del valle, los hombres aran los campos con la ayuda de los yacs y las mujeres y los niños cantan mientras recogen las patatas que aparecen entre los terrones de tierra. Cerca de las casas de adobe, las familias trillan el grano.

         Una mujer, aún joven, está sentada en el suelo, con el capazo en la mano lleno de grano. Lo lanza al aire el viento se lleva la paja y el polvo, y ella lo vuelve a recoger con el capazo. Así varias veces hasta que lo considera limpio. Entonces lo deposita en un montón y de otro coge grano aún por limpiar. Canta una canción. Me acerco. Inclino la cabeza, junto las manos delante la cara, “tashitelé” exclamo, y con un gesto indico mi deseo de sentarme cerca de ella. Ríe. Y asiente con la cabeza. Continúa trillando y entona su canción. Yo escucho y miro. Unos niños se acercan y se sientan también en silencio. Me duele la falta de palabras. ¿Cómo comunicarse? Supongo que para un extraño componemos una curiosa escena. Las sonrisas están obligadas a hablar por nosotros.

         Muchos campos están ya baldíos por el otoño, y los bosquecillos de chopos que contornean el riachuelo están cubiertos de hojas amarillas.

         Río arriba, los cultivos desaparecen. Las cornisas de las montañas están flanqueadas de ruinas de monasterios, desaparecidos bajo los efectos de la dinamita con sus budas y sus bibliotecas centenarias, durante la represión de la rebelión tibetana de 1959 y durante la Revolución Cultural. Escalando con la ayuda de las manos subo hasta la gruta abandonada de un ermitaño, que se abre a media ladera, y allí descubro en la roca los bajorrelieves pintados de dos budas. En estas soledades rocosas del desierto tibetano solo se mueven las siluetas negras de algunos yacs que, colgados en las vertientes, buscan la rara hierba aquí y allá. A esta altura, el aire es tan puro que las cosas más lejanas parecen cercanas y el cielo es azul como un océano. Muy a lo lejos, unas nubes engrisan las montañas. En las cimas apuntan sombras blancas. Se acerca el invierno y está nevando ya, como en el poema de Milarepa:

         “Caía la nieve, gruesa como pacas de algodón,  

         Caía como pájaros que volaran por el cielo,

         Caía como enjambres giratorios;  

         Los copos caían pequeños como de la rueda de un huso,

          Caían leves como pepitas,  

         Caían como copos de algodón”

         Más allá de Lhasa, la aventura es la opción abierta a todo viajero. Los extranjeros tienen prohibido salir de la ciudad, pero el resto del Tibet está ahí, como un reto, y es difícil resistir la tentación. Los hay que haciendo autostop a los camioneros tibetanos atraviesan durante semanas las heladas planicies, llegan hasta Gyantsé y Shigatsé, duermen bajo las estrellas al pie del Everest o retornan a China por la carretera de Golmud, hacia el norte, o la de Chamdo, al este, a través de las mesetas de altas hierbas.  

         Cuesta irse del Tibet, y es con tristeza que me alejo de Lhasa Desde el autobús traqueteante lanzo una última miada atrás y alcanzo a ver lñ silueta del Potala y, en el cielo, una gaviota planeando sobre los meandros del Kyichu, y me viene a la memoria los versos que el quinto Dalai Lama, el poeta del pueblo, escribió cuando partía hacia el exilio:

         “Pájaro blanco en el cielo  

         Préstame aunque solo sea una de tus grandes alas

         Y así yo también podré volar hacia Oriente.  

         Pronto retornaré desde Litang

         Y te devolveré tu ala”  
Imagen de jBartroli

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