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Tibet año 1984 (III): En el templo de Jokhang, entre los dioses

         Los fieles forman largas colas frente al templo de Jokhang, el más santo de la ciudad santa de Lhasa, fundado por el rey Songtsen Gampo hacia el año 650. Acuden desde todas las regiones del país. 

         Hay pastores nómadas de las altas mesetas de los lagos salobres de Chiangtang, con el rostro ennegrecido por el hollín del hogar de sus tiendas y con a piel quemada por el aire seco y el sol de las alturas en las que viven, a casi 5.000 metros. Las mujeres se peinan con cien trencillas adornadas con minúsculas turquesas, que les llegan hasta los hombros.

          Hay jóvenes guerreros del país de Amdo, de rostro alargado y nariz aquilina, de cuyo cráneo rapado brota una larga coleta. Hay jinetes del país de Kham que se tocan elegantemente la larga cabellera con hilos de lana roja y lucen machetes al cinto y collares al cuello. Hay también moradores de los bosques de abetos de más allá del río Yangtzé y campesinos de valle del Tsangpó, con abrigos de lana parda y sombreros de fieltro.

         Bajo la columnata de madera policromada del pórtico, ante la severa mirada de los dioses y los genios pintados en las paredes, los peregrinos se postran una y otra vez, dejándose caer como pesos muertos. Algunos han medido con el cuerpo la distancia que separa su aldea natal del templo, tirándose al suelo con los brazos extendidos, alzándose, avanzando hasta donde alcanzaron sus manos y dejándose caer de nuevo, y así sucesivamente durante kilómetros y kilómetros.

         En la entrada, un monje de túnica morada dosifica el paso de los fieles que se agolpan en la puerta. Por fin penetro en el interior, confundido entre la multitud que, más allá del atrio inundado de sol, se desparrama por las capillas de oración. Durante la Revolución Cultural maoísta, este patio fue un establo de cerdos, y el templo, cuartel y alojamiento de los Guardias Rojos. Muchas estatuas, pinturas murales y textos centenarios fueron destruidos. Pero el edificio se salvó. En el resto de Tibet, miles de templos y monasterios no tuvieron tanta suerte.

         Allá, en la penumbra de un oratorio, una anciana minúscula, encorvada bajo su sombrero de paja, se desliza como un susurro por delante de las divinidades dejando en el aire los seis sonidos santos: “Om Mani Padme Hum”, que recita. Mientras pasa con una mano las cuentas de sándalo de su rosario, hace girar con la otra su molinillo de oración.

          Unos muchachos encienden barritas de incienso en un altar ante el bodhisattva Chenrezig. Se llevan ambas manos a la frente y se inclinan para besar los echarpes blancos que honoran al santo y que cuelgan de sus ocho brazos y once cabezas. Los fieles agregan mantequilla de yac a las candelas, que arden moviendo las sombras y llenando la habitación con su olor dulzón. A medida que pasan ante la figura en oro y piedras preciosas de un Buda Maitreya, un monje les vierte agua bendita en sus manos unidas como un cuenco. Beben un sorbo y con el resto se rocían las cabezas. Por un momento me parece que he retrocedido a la edad media, pero estoy en el siglo veinte y esto es la República Popular de la China. Me sumo al río que fluye y soy uno más de ellos.

         El derroche de fe que me rodea me contagia y me abruma. Y tras abandonar el templo me dirijo a la pequeña fonda que hay en el patio de la mezquita cercana. Allí, bajo las invocaciones a Dios y a su profeta Mahoma escritas con ideogramas chinos, reposo de tanto asombro, mientras bebo a pequeños sorbos té con mantequilla y como empanadas rellenas de carne. Una anciana mendiga se me acerca y, atufando a chang, la cerveza hecha de cebada, me canta viejas canciones. La invito a beber té conmigo. La sonrisa que se dibuja en su rostro de pergamino la recordaré durante largo tiempo.

Imagen de jBartroli

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