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Tibet año 1984 (I): El Potala

         Hace  treinta años Tibet era un país mítico. Un sueño inalcanzable. Habíamos leído sobre sus misterios en Titin y Lobsang Rampa, en Michel Peissel, Heinrich Harrer y Alexandra David-Néel, en los poemas de Milarepa y en nuestros sueños. El 1984 las autoridades chinas abrieron Lhasa a los viajeros individuales. Luego se sucedieron diversas revueltas tibetanas y la masiva colonización china, la transformación radical de la ciudad y ahora, de nuevo, las protestas. El Tibet nunca volverá a ser lo que fue. Éste relato escrito el 1984 explica como era la Lhasa que conocí la primera semana en que los occidentales pudieron viajar por su cuenta a la ciudad.   

         Hay un nombre unido inevitablemente a los del Tibet y Lhasa. Un lugar mítico envuelto en misterio con sabor a lecturas juveniles. Parecía una meta imposible, y sin embargo está ahora ahí, ante mis ojos, atrayendo irresistiblemente una vez y otra mi mirada. Desde la cima de una colina solitaria, la imponente mole del Potala se alza, majestuosa, doscientos metros por encima de los tejados planos de Lhasa.  

         Ascender los empinados escalones que llevan al Potala es una ardua tarea a causa de la fatiga y la taquicardia que el más mínimo esfuerzo físico provoca a 3.600 metros de altitud, en los que se encuentra la capital. Pero es ascender a una de las maravillas del mundo. En tibetano, Lhasa significa “Residencia de los Dioses”: la mayor parte de ellos se concentra, sin duda, en el Potala, el “Alto Reino Celestial”, que según los tibetanos alberga más de 100.000 estatuas, repartidas entre sus 1.000 habitaciones y 10.000 altares.  

         ¿Residencia de los Dioses o el mayor Museo del Mundo? Pregunta estúpida que solo los occidentales nos podemos hacer, perplejos ante el caos de dioses, genios, demonios, espíritus y santos, reflejo acaso de otro caos, allá en los cielos; ante los frescos y murales que explican en las paredes la historia de la humanidad; ante sus bibliotecas que condensan el saber de centenares de años de estudio y meditación y de aprovechamiento de unas energías mentales para nosotros totalmente desconocidas; ante sus grutas y laberintos secretos que se hunden hacia el interior de la montaña donde los extraños no descenderemos jamás; ante sus salas de pagodas funerarias donde reposan cuerpos embalsamados y cenizas de lamas venerables; ante sus colecciones de cálices, candelabros, platos, vasos, campanas, máscaras, thangkas, piedras preciosas, perlas, plata y oro; ante su antigua sala de torturas, recuerdo de otro régimen y de otros tiempos irremediablemente idos.  

         Yo he sentido la tentación de volver una y otra vez a sus salas de oración y a sus criptas; de aprenderme todas las puertas que se abren y se cierran a lo largo del día ofreciendo, siempre, un nuevo descubrimiento; de sentarme en la penumbra trémula de una capilla y permanecer allí, sumergido en los cantos tántricos de un monje; de mezclarme con los peregrinos e imitar los ritos de su fe; de lanzar con ellos una mirada de desaprobación hacia los soldados chinos que irritan a los demonios circulando en el sentido opuesto al de las agujas del reloj; de entablar un diálogo imposible con el muchacho que a la luz de las candelas, y tras cerrar la puerta, me ha escrito un mensaje en tibetano -¿una protesta contra los chinos?, ¿una petición de ayuda?, ¿un deseo de que los dioses me acompañen?- y me lo acaba de pasar, con sigilo.

         Una vieja poesía tibetana explicaba así la introducción del budismo en el país:

         “Antes de que el Buda perfecto abandonara este mundo 

         Llamó a los mejores entre los bodhisattvas.

         Llamó a Chenrezig y le dijo de ir al norte

         A Khabachen, País de Nieve, para enseñar allí la religión perfecta”        

         Desde entonces, el bodhisattva Chenrezig (uno de los mil iluminados que habiendo conseguido la perfección han renunciado al Nirvana para retornar a la Tierra a ayudar a sus semejantes), se reencarna entre los tibetanos. Desde el siglo XVI, sus reencarnaciones son reconocidas con el nombre de Gyalwa Rimpoché, el “Gran Protector”, y son entronizadas como señores religiosos y políticos de los tibetanos. Fuera del Tibet, el Gyalwa Rimpoché es conocido con el nombre mongol de Dalai Lama, “Océano de Sabiduría”.

          Hasta el año 1959, los sucesivos Dalai Lama habitaron aquí, en los pisos superiores del Palacio Rojo, uno de los muchos del Potala. Hoy las habitaciones particulares del catorceavo Dalai Lama –dormitorios, biblioteca, salas de estudio y remeditación- se enseñan a los peregrinos tal como quedaron después de la huída de su propietario a la India, cuando fracasó la rebelión de los tibetanos contra el ejército de la República Popular China. Los antiguos súbditos se arrodillan y se frotan la frente con los objetos santificados porqué una vez él los tocó. El nombre de Gyalwa Rimpoché va de boca en boca y los hay que me preguntan, en balbuceante inglés, si sé cuándo volverá. 
 
Imagen de jBartroli

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