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Tibet año 1984 (IV): Entierros celestiales

         Drebung, Sera y Ganden eran antaño los tres monasterios lamaístas más importantes de la región de Lhasa y se contaban entre los seis centros búdicos más famosos de Asia. A los dos primeros se puede llegar en bicicleta. Para ir a Ganden es necesario coger dos autobuses y quedarse a dormir con los monjes y voluntarios que trabajan para reconstruir sus ruinas.

         Drebung, a diez kilómetros al oeste de Lhasa, era el más grande de los tres. Albergaba a 10.000 monjes y lamas y controlaba a 25.000 siervos que trabajaban sus tierras. Hoy los monjes son sólo 270 y cultivan con sus propias manos los campos circundantes. Símbolo de los nuevos tiempos de apertura que vive el Tibet, es posible encontrar un puñado de muchachos novicios entre ellos, por primera vez en muchos años.

         El monasterio ocupa un gigantesco recinto amurallado en la falda de una montaña de roca, donde se alternan los templos, las casas de los monjes, los establos y graneros y las ruinas. ¡Tantas ruinas! A ratos deambulo por un paisaje desolador, de paredes sin techos, chortens destrozados, restos de pinturas sagradas en los muros. Siento indignación y rabia ante la desolación que me rodea, ante tanta historia borrada impunemente, tantas vidas truncadas, tanta belleza y arte destruido por nada, tanto conocimiento milenario evaporado con sus últimos guardianes. La rabia no debe de ser un sentimiento muy apropiado para la santidad de este lugar. Pronto es sustituida por la tristeza del alma.

         En uno de los templos, entre máscaras de demonios, estatuas de dioses y de lamas, thangkas centenarias y frescos con escenas de la vida de Buda y mandalas, tengo la oportunidad de asistir a una ceremonia tántrica, en la que los monjes cantan sus oraciones acompañados de tambores, timbales y gongs. A mediodía encuentro la cocina de la comunidad y pido que me den de comer: un tazón de té con mantequilla que me llenan una y otra vez y un puñado de arroz endulzado con frutos que me sirven en el cuenco de las manos.          Al día siguiente me levanto antes del alba y camino en la oscuridad hasta las cercanías del monasterio de Sera. Cada madrugada se asiste allí al último episodio de la existencia terrenal de los tibetanos: un entierro celestial, el más común entre los que se practican en el país.

         Cuando llego, los sepultureros ya han depositado sobre una gran roca plana a los difuntos que un camión ha traído desde Lhasa, y han iniciado su tarea: desnudan los cuerpos, los despellejan, separan la cabeza, los brazos y las piernas del tronco, cortan la carne a trozos, trituran los huesos y abren los cráneos chafándolos con grandes piedras. Una vez han acabad, se retiran para dejar paso a los buitres que, en número de medio centenar, se han ido concentrando en el cielo y en los despeñaderos rocosos que nos rodean. Los tibetanos explican que cuando las almas han alzado el vuelo y los cuerpos de los muertos han perdido toda utilidad, pueden ser aprovechados aún por sus hermanos los animales. Es con este último acto de humildad que los tibetanos se despiden provisionalmente de este mundo, en espera de su nueva encarnación.

         Asistía a la ceremonia callado y desde una prudente distancia, sentado en el suelo. Mi curiosidad malsana acaba cando los sepultureros me echan del lugar a pedradas. Y mientras los buitres se pelean por los últimos trozos de carne, me adentro en el valle que se abre entre las montañas. Camino sin saber hacia donde voy, pero sé que quiero ir río arriba a descubrir qué está allí. 

Imagen de jBartroli

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