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Tanto da lejos o cerca

¿Cuan lejos hay que ir? La riqueza del viaje no se mide en quilómetros, sino en descubrimientos. A veces la sorpresa salta a las puertas de casa. A veces simplemente la clave está en mirar con otros ojos la realidad cuotidiana que nos rodea, desprendernos de esos ojos mustios, de la mirada cansada, aburrida y soñolienta con que observamos nuestra vida y calzarnos la vista con gafas de ilusión.

No sé si se puede hablar de buenos y malos viajeros, pero si algo ha de definir a los primeros, eso es la capacidad de sorpresa. El viajero es un niño que comienza a descubrir el mundo y lo sigue descubriendo, sorprendido, maravillado e ilusionado, hasta el fin de sus días. Sin la inocencia que permite la sorpresa, el viajero no existe.

Mirar el mundo con ojos nuevos. Ese es el secreto. Y contamos con muchas ayudas: la lluvia que acaba de abrillantar los árboles, los charcos que deja en el asfalto y reflejan el mundo como un espejo, el viento que nos transforma la atmósfera en un cristal limpio de impurezas, esa puesta de sol que de repente inunda una tarde de oro. La luz es uno de los factores principales que nos ayudan a descubrir la belleza en lo cercano como en lo lejano. Los fotógrafos profesionales saben que no importa lo que fotografíes, puedes obtener una fotografía única si la luz lo es. Tampoco hace falta ser fotógrafo para saberlo. "Cuando del cielo nublado desciende un rayo de sol sobre una calleja oscura, da igual lo que ilumine: los cascotes del suelo, el papel desgarrado de un anuncio en la pared o la rubia cabeza de un niño. Trae luz, trae magia, transforma, transfigura", escribió Hermann Hesse. Cuando viajamos, sea por otros países, sea por nuestra cotidianidad, esas son ayudas que hemos de aprovechar para dar una mirada nueva al mundo, para convertir en especial los instantes sin importancia que normalmente no nos paramos a apreciar.

Ir lejos tiene su encanto, su misticismo, su premio. El mundo es inmenso y de una variedad enorme, y aún quedan lugares casi inéditos por descubrir. Pero la sorpresa puede surgirnos delante nuestro, en la calle que recorremos a diario yendo al trabajo o en el mismo mar en cuyas orillas nos hemos bañado desde niños. Es cuestión de proponérselo.
Imagen de jBartroli

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