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El planeta hospitalario (III): La hospitalidad traicionada

          En el código de honor del desierto las leyes de la hospitalidad son sagradas. El que recibe la hospitalidad se convierte en un ser inviolable para todo el clan. Pero tampoco hay que alimentar visiones idealizadas, pues la realidad es siempre mucho más compleja. Los beduinos -como los tuareg- son en tan famosos por su hospitalidad como temidos por bandidos. Actualmente las tribus del desierto del Yemen, insumisas al poder central, tienen en el secuestro de técnicos petrolíferos y turistas extranjeros una de sus fuentes de ingresos. Las empresas siempre pagan el rescate, los beduinos nunca han matado nadie secuestrado, y si las víctimas se quejan o no del trato recibido es algo que desconozco.  

         Y es que la hospitalidad tiene sus leyes. El visitante es inviolable una vez que ha sido acogido en la casa o desde que ha sido invitado, pero no antes ni, a veces, después. En su huída a lo largo del Tibet en 1945, Heinrich Harrer (autor de Siete años en el Tibet) y Peter Aufschnaiter tanto encontraron generosa acogida como vieron muchas veces denegado el asilo nocturno. Y en una ocasión fueron perseguidos y sufrieron varios intentos de emboscada por los mismos khampas que unas noches antes les habían acogido en sus tiendas.

 

         Transgresores siempre los ha habido. Alexander Lain, en su agotadora, dolorosa travesía del Sáhara desde Trípoli hasta Tombuctú, encuentra la hospitalidad desbordante de algunos jeques, pero también hostilidad y traiciones, y acaba siendo asesinado en el camino de vuelta, en 1826,  por el jeque targui Abeida, conductor y protector de la caravana a la que se había sumado. De hospitalidades traicionadas por uno u otro lado, la historia está llena. Roger de Flor y sus generales almogávares asesinados durante un banquete por el emperador de Bizancio al que acaban de salvar; los hugonotes asesinados a millares la Noche de San Bartolomé en las calles de París a donde habían acudido invitados para la boda de Enrique de Navarra. ¿Y habrá ninguna más famosa que la traición de Judas a Jesús, esperando su consumación mientras era su invitado en la Última Cena? 

          Otras hospitalidades traicionadas, a veces mixtificadas por la incomunicación entre culturas, han pasado a los libros de geografía. Tal fue el caso de la que el capitán Cook encontró en las islas Tonga. Avasallado por el caluroso recibimiento que le ofreció el jefe Finau y los suyos en Lifuka, bautizó al archipiélago como Islas de los Amigos, y así figura aún en algunos mapas. En realidad fue un gran malentendido cultural. Treinta años después se supo que el banquete de bienvenida había sido una treta de los jefes con la que pretendían ganar su confianza, y que solo el desacuerdo de si el ataque debía de ser de noche o de día, impidió que los nativos se tiraran sobre los ingleses para matarlos y comérselos.
Imagen de jBartroli

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