El viajero a la búsqueda del tiempo perdido

A menudo el viajero busca lo imposible. Retorna al escenario de lecturas y sueños y encuentra el presente, cuando lo que ansia es el pasado. En realidad, desearía ser viajero en el tiempo.

       Cristóbal Colón persigue Cipango y Catay doscientos años después de Marco Polo. Karl Mauch quisiera encontrar las minas del rey Salomón en el país de Ofir tres mil años después de su muerte. Lawrence de Arabia soñaba partir tras la mítica Ubar que loaban -y maldecían por su lujo desenfrenado- el Corán, Las Mil y una noches y las tradiciones beduinas. Los caminos a Tombuctú tienen un largo reguero de cadáveres famosos muertos sin alcanzar jamás su meta y quienes la alcanzaron, volvieron defraudados por lo que habían visto. Buscadores de atlántidas, de las puertas del paraíso, de las fuentes de la eterna juventud, de palacios sabeos, de troyas, de montes ararats, de tribus perdidas, de nuevas machupichus, tantos han sido los que partieron en búsqueda del sueño...

A su modesta escala, el viajero anónimo también quiere a menudo que su viaje sea al pasado. Nos sumergimos en el zoco de Fez, de Sanáa, de Peshawar, y nos sentimos transportados a nuestro propio medioevo. Leemos sobre costumbres y ritos de los indios sioux de las praderas, admiramos ese equilibrio entre humanidad y planeta, y suponemos que quizás los tuvieran algún día nuestros antepasados cazadores de mamuts y pintores de cavernas. Vemos la vida de los nativos de los Mares del Sur -la vemos tal como la queremos ver, que no es lo mismo que verla tal como es- y nos creemos ante la existencia revivida de nuestros primeros padres antes del Pecado Original. Somos nostálgicos de un tiempo que nunca fue el nuestro. Las brumas del pasado nos atraen y no sabemos muy bien por qué. ¿Acaso resta gravado en nuestra memoria colectiva? ¿Será por nostalgia de la niñez? ¿Añoramos, quizás, el vientre materno? ¿Nos espanta, más bien, la terrible carga de ser humanos y preferiríamos no haber dado el salto hacia la racionalidad?

El pasado atrae como un imán. Llevamos su nostalgia escrita en nuestros cromosomas: no es, ni mucho menos, patrimonio del hombre occidental. El antropólogo Mircea Eliade ha estudiado la pervivencia de El Mito del eterno retorno en decenas de sociedades -que por su condición de primitivas supondríamos mucho más cercanas a ese pasado y, por tanto, menos necesitadas de él-. El hombre arcaico se niega a registrar el paso del tiempo. El hombre histórico -el que acepta, recuerda y hasta estudia la historia- mantiene esa nostalgia por el ayer lejano. El hombre arcaico siente una necesidad vertiginosa de imitar y repetir los actos de otro, de un héroe primigenio, un dios o el padre fundador. El viajero, a menudo, viaja con la mano o la mente puesta en el libro de otro viajero que le precedió.

Los mitos se perpetúan. La repetición del arquetipo parece una constante universal por encima las culturas. En el fondo, ¿un deseo de negar la historia y, con ella, nuestra propia mortalidad? Eliade habla de "la abolición del tiempo por la imitación de los arquetipos y por la repetición de los gestos paradigmáticos" ¿Cuántos viajeros no han vivido alguna vez, inconscientemente, esta necesidad? Podría ser que siguiendo los pasos de Marco Polo, de Stanley, de Peary, buscáramos sentirnos ellos -nuestros héroes- igual que "el guerrero, sea cual fuere, imita a un "héroe" y trata de acercarse lo más posible a ese modelo arquetípico". Entonces, ¿no podría ser que, repitiendo gestos de un pasado mítico, deseáramos como los miembros de tantos otros pueblos incorporarnos al "mundo divino de los inmortales"? (Y por cierto, que había en China una escuela que decía que todos los viajes son, en realidad, un viaje hacia la isla de los Inmortales o hacia el monte Kun Lun, al que suponían a la vez centro y eje del mundo) Viajar sería, en este caso, un rito a la misma altura que un sacrificio repetido una y otra vez según el sacrificio inicial.

Luego sucede que, naturalmente, el pasado es reacio a dejarse encontrar. Descubrimos sus huellas, vemos sus reflejos y por un tiempo creemos que nos inmergimos en él, pero son solo espejismos. El tiempo no tiene solución, sea en nuestro país o en las antípodas. Nuestra modernidad nos precede siempre. Por muy pronto que vallamos, antes que lleguemos al último rincón perdido, el tiempo nos habrá precedido.

Y si por algún momento creemos que hemos reencontrado ese pasado, será un pasado imperfecto, contaminado, que camina ya las sendas del futuro. Y nos decepcionará. Pero después cuando reflexionemos, y contemplemos todo lo que de hermoso y de conocimiento nos ha dado, nos reconciliaremos con nuestro viaje. No importa lo que busquéis, vale la pena emprender el viaje. Será mucho lo que nos dará. Vamos, pues, en pos de los sueños.

 

 

Imagen de jBartroli

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