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El planeta hospitalario (V): ¿Un origen sagrado?

         Esperamos encontrar hospitalidad como algo natural cuando visitamos culturas exóticas. Y sin embargo, ni todas las culturas la cultivan igual ni aparece en todas las circunstancias. ¿Qué impulsa a los hombres a darla? ¿Y por qué, a veces, la niegan? ¿Es cultural o genética, atávica o aprendida? ¿Es universal?

 

         Las respuestas son aproximadas. Se da más en unas culturas que en otras pero incluso en la sociedad más hospitalaria puede darse en grado extremo en unas personas y en otras nada. Y recibirla depende muchas veces del momento y de las circunstancias. En general se puede decir que en las sociedades preindustriales se da más que en las industriales, en el mundo rural más que en el urbano, entre las gentes que viven aisladas más que entre las que viven en zonas densamente pobladas, y que en todos los casos hay excepciones. 

 

         Es más que probable que la hospitalidad sea tan vieja como nosotros. En la Grecia antigua, la hospitalidad era sagrada y La Odisea está llena de bellos ejemplos. En la India la hospitalidad al extranjero es un deber religioso y a los niños se les educa a practicarla desde pequeños con cuentos y parábolas: al fin y al cabo, todo lo que sea hacer el bien ayuda a mejorar el dharma y conseguir una mejor reencarnación futura.

 

         La mayoría de religiones llevan un mensaje de amor al prójimo: el budismo, el islam, el judaísmo, el cristianismo -otra cosa es que sus fieles lo practiquen-. No es extraño pues que los centros religiosos fueran, en muchas ocasiones, centros de asilo: la hospitalidad máxima. La Biblia establece en el libro de Números las ciudades de asilo para los acusados de homicidio y fija sus reglas. El Santo Refugio para los perseguidos en iglesias y monasterios era habitual en el medioevo cristiano. Els Usatges, las constituciones de Cataluña, regulaban con la Pau i Treva la inviolabilidad de iglesias, monasterios y sacristías. En la isla de Hawaii, Robert Louis Stevenson visitó las ruinas de la ciudad-refugio de Honaunau y su templo, el Hale Keawe, y explica que vio también casa-refugios en las islas Gilbert (hoy Kiribati). Y aparte de su función de asilo para el perseguido, viajeros y peregrinos siempre han sido bien acogidos en monasterios cristianos, lamaserías budistas, templos hindúes o mezquitas musulmanas.

 

         La hospitalidad tiene mucho de acto de amor y de generosidad, y en ocasiones de obligación religiosa. También tiene su cara interesada: asegura a quien la da un trato recíproco cuando sea él quien la necesite, y en muchas culturas supone una devolución automática unos meses después. En cierta manera, sería una institución que algunas sociedades se dan para asegurar la supervivencia de sus miembros en un medio extremadamente adverso como es el desierto.

          Además es siempre motivo de diversión, la excusa para una fiesta. En tiempos pasados, antes de la televisión y cuando el viaje era algo excepcional, los relatos de los huéspedes entorno al fuego era la única ventana abierta al mundo que muchos se podían permitir. El huésped se convertía en un cronista del exterior. Recibir en casa extranjeros que vienen de lejos es otra forma de viajar.
Imagen de jBartroli

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