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El planeta hospitalario (VI): Derechos y deberes

"Canta la canción de aquél cuya morada compartes": el proverbio árabe es un consejo que cualquier huésped debe de seguir. La moraleja es la misma que la del dicho castellano: "Al país donde fueres haz lo que vieres". La hospitalidad es un arte refinado que va acompañada de una serie de derechos y deberes tanto por parte de quien la da como de quien la recibe. La etiqueta puede llegar a ser extremadamente elaborada. Es algo que no deberíamos olvidar. Y como varía de país en país, es necesario informarse bien antes de aceptar ninguna invitación. No conociendo el ritual, corremos el riesgo de avergonzar al anfitrión, quizás violentarlo, cubrirnos de oprobio y segar la hierba bajo los pies del viajero que vendrá después.

A veces puede ser una ofensa algo tan inocente como empezar a comer antes que el anfitrión o antes de la oración, sentarse en el suelo apuntando las piernas hacia alguien, rechazar un plato, vaciarlo del todo o, al contrario, dejar comida en él. El número de días de hospitalidad a que uno puede acogerse varía de una cultura a otra. Y siempre hay que estar atento a escuchar detrás de las palabras; cuando oigas: "Estarás cansado del viaje: es mejor para ti que te vayas", el anfitrión te está invitando, en realidad, a marcharte.

Una de las normas más universales es devolver la invitación. Cuando el viajero viene de lejos es difícil, pero se puede remediar con un invitación a un restaurante local. En todo caso, no hay que negar nunca tu dirección a un anfitrión que te la pida, aunque lo más seguro es que nunca tenga posibilidades económicas -ni visado- para venir a tu país a devolverte la visita.

La reciprocidad es común en muchas culturas, y eso es algo que muchos viajeros occidentales olvidan. Y es imperdonable porqué, por poco presupuesto que tengamos, siempre seremos económicamente más ricos que los que nos invitan. ¿Como puede alguien abusar de la pobreza?

Los samoanos bien merecen que se les considere entre los pueblos más hospitalarios del mundo. El extranjero es invitado, recibido, cuidado. Pero en la cultura samoana todo regalo debe de ser correspondido, toda hospitalidad requiere una exquisita reciprocidad. Mis amigos samoanos me explicaron casos de extranjeros a los que habían alojado largo tiempo y que cada vez les exigían más. Me insistían en que eso a ellos no les importaba, pero en su insistencia podía yo apercibir una cierta herida abierta, algo de queja. Pero cuidado, no caigamos en la trampa de nuestra mentalidad monetarista. Las gentes que tenemos delante son seguramente más sofisticadas, más "civilizadas" que nosotros. Intentar pagar la hospitalidad con dinero es una ofensa imperdonable allí donde un regalo será bienvenido.

En Samoa, reciprocidad supone más bien comprar comida para la madre de familia u otro presente por un precio similar al de un hotel sencillo. Antes de la partida, el huésped será invitado a sentarse con toda la familia. Es la hora de los adioses solemnes, de los agradecimientos, de las promesas de amistad más fuerte que la distancia que pronto nos separará. Entonces, el visitante puede dar el mea alofa, el regalo de despedida. Si no se ha podido comprar nada, se puede ofrecer un dinero al padre diciéndole que compre por uno juguetes o ropa a los niños. El entenderá, y su orgullo quedará a salvo. Los extranjeros que abusan de la hospitalidad producen un daño irreparable a la cultura samoana que tanto parecen admirar: destruyen, poco a poco, la costumbre de la hospitalidad.

La cuestión del pago es, siempre, algo muy delicado. Hace menos de un año fui huésped de una familia de pastores de ovejas maoríes, en su rancho en una región apartada de Nueva Zelanda. No los conocía de nada y llegué allí enviado por los amigos de unos amigos, que no me habían aclarado si se esperaba que pagase por mi estancia o no. Cabalgué con el padre, Jim White, conduciendo ovejas por la montaña. Fuimos con sus hijos a ver como uno de ellos jugaba rugby cerca de la playa el domingo -y les invité a hamburguesas-. Por la noche, les mostré Júpiter y sus lunas con un telescopio que les habían regalado y no sabían manejar. Gocé unos días de su alegría, de su armonía familiar, de sus atenciones, y no me atreví a preguntarles si les debía algo o no. Finalmente, la última tarde compré dos botellas de brandy para el padre. Pero la mala conciencia escarbaba y mientras me conducía a la parada de autobús comenté a Awhina, la madre, si quizás debía darles algo de dinero. "No te preocupes. Les has dado a los niños algo que no tiene precio y nunca olvidarán: ver Júpiter con el telescopio". ¿Es necesario decir que al volver les inundé de fotos y que aún nos escribimos?
Imagen de jBartroli

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