El planeta hospitalario (II): Honor beduino

          Si hay alguna hospitalidad paradigmática, esa es la de los beduinos. T. E. Lawrence, Lawrence de Arabia, explica en Los Siete Pilares de la Sabiduría la terrible fuerza de la hospitalidad: el príncipe Faisal, hijo del jerife Hussein de la Meca, está a punto de lanzar la orden para iniciar la revuelta árabe contra los turcos, cuando dos de los máximos jefes enemigos, los más odiados, Enver Pachá y Yemal Pachá, se le presentan inesperadamente en Medina como huéspedes. Sus jeques le incitan a matarlos: sería un golpe terrible para los turcos. Pero él resiste todas las presiones y pospone la revuelta: no puede violar las leyes de la hospitalidad. Y hasta los escolta personalmente el camino de vuelta hasta Damasco, para asegurarse que nada les pasará. 

         La hospitalidad entre los beduinos y los nómadas de Oriente Medio viene de muy lejos. Es, en todo caso, anterior al islam. La Biblia nos da muy bellos ejemplos. Abraham, descansando bajo la encina de Mambré, ve tres hombres que se le acercan y corre para postrarse ante ellos y pedirles que entren en su tienda. Les da agua y pan,  toma una ternera de su rebaño, ordena cocinarla, y se la da a comer. Después, ellos, le anuncian que Sara tendría, pronto, un hijo. El agua para saciar la sed del viajero, el pan para calmar el hambre más acuciante, luego, el ágape.¿Cuantas veces habrá visto el desierto repetir los gestos? Hace unos años, en las dunas rojas de la Wahibah de Omán,  yo y mis compañeros nos cruzamos con unos beduinos que entrenaban dromedarios de carreras. Fuimos invitados a seguirlos hasta sus tiendas. Allí compartimos café, pan y dátiles, y el patriarca, Saalad Ahmed, nos habló de la vieja vida beduina con palabras llenas de poesía mientras el sol se ponía y las mujeres cocían la oveja que para nosotros habían matado.

 

         El beduino ha traspasado esta hospitalidad a los países musulmanes. Es en ellos donde el viajero encuentra los recibimientos más calurosos, y la invitación a beber té o un café es un ritual casi sagrado. Sin embargo, a veces el bazar lo distorsiona. Compartir el té es la forma natural de cerrar un trato. Pero ocurre que se usa también para atraer clientes occidentales, porqué los vendedores nos han descubierto un punto flaco: poco acostumbrados a la hospitalidad, nos sentimos halagados y obligados al recibirla. No hay que sentirse engañado: forma parte del encanto personal que hay que poner en todo regateo de bazar. Y desde luego, un té no obliga a comprar nada y si uno sabe corresponder a la invitación con buen humor, buena conversación y buenos modales, nadie se va enfadar por no hacerlo. ¿Hospitalidad interesada? Las fronteras son difusas y los mismos vendedores no sabrían marcarlas.

 

         La primera vez que Mir Wais y su hermano Mohamed me invitaron a té querían atraerme a su tienda de alfombras y cachivaches afganos. Pero de la relación que se establezca durante la conversación -independiente de que se compre o no algo- puede nacer una segunda invitación, y una tercera. Aquella primera taza de té abrió una amistad fraternal, inquebrantable, que a lo largo de los años y de los seis viajes que siguieron a Peshawar (Pakistán), donde vivían refugiados, nos proporcionaron ratos inestimables de diálogo, de bromas, de sosiego sobre las viejas alfombras. Afganistán se me abrió como un mundo extraordinario y desconocido, con lo bueno y con lo malo. La hospitalidad afgana me ha enriquecido para siempre, pues la hospitalidad enriquece tanto al que la da como al que la recibe. No en dinero, sino en conocimiento, experiencia, amistad.

          Sin embargo, las culturas diferentes son tantas y las situaciones son tan variadas que por más cuidado que tengamos, alguna vez meteremos la pata. Hace pocos años llegué con un amigo marroquí a un poblado berebere cercano a las cascadas de Ouzoud. Íbamos exhaustos después de la caminata al sol por los campos pedregosos, tras bajadas y subidas en un valle cubierto de pinares y de olivos, de granados y de frutales cultivados en terrazas regadas. Sentados en un banco a la sombra de las casas de techo plano, un gigantón negro con chilaba se nos acercó y nos preguntó si queríamos té. Escarmentado por algún intento fresco de convertirme en turista timado, dudé dolorosamente de si se trataba de hospitalidad o negocio, y acabé preguntando cuanto nos iba a costar. Me equivoqué, naturalmente, para vergüenza mía. Inmersos en culturas extrañas, es normal que se nos despierten suspicacias. Y a veces es muy difícil distinguir la frontera entre ofender y hacer el primo.
Imagen de jBartroli

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