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El planeta hospitalario (I): La compañera del viajero

         Llegamos a la isla de Kutubdia cinco días después del ciclón de 1991. Bangla Desh había sufrido la peor catástrofe natural del siglo: 131.000 muertos. El mar devolvía su tributo, día tras día. Los cadáveres humanos y animales aparecían por todas partes: en las playas, semienterrados en el barro de los campos, enlodados en los ríos... En algunos lugares el aire olía insoportablemente a muerte.

         En la pequeña aldea entrevistamos a un anciano con un bebé de dos años en brazos, sobre los restos de su cabaña. Se llamaba Sahia Mia y seis de los doce miembros de su familia habían sido arrastrados por las olas del mar y el huracán. El resistió atado en lo alto de un árbol. El niño se salvó porqué estaba en el hospital. Tras responder a nuestras preguntas, nos abrió un coco tierno y nos lo ofreció para beber. En medio de aquellas miasmas, con los campos inundados de agua salobre, los árboles quemados, los arrozales muertos y los pozos contaminados por el cólera, nos daba uno de los pocos cocos que le quedaban. ¿Podíamos rechazarlo? Los dos miembros del equipo de televisión bebimos un pequeño sorbo y se lo pasamos a su nieto, que lo necesitaba mucho más.

         Aquel coco en medio de la muerte y del cólera ha sido el gesto de hospitalidad más impresionante que he recibido en mi vida. Un gesto que muestra la fuerza que en muchas culturas tiene algo que entre nosotros está casi perdido.

          Hospitalidad. ¡La he encontrado en tantos sitios! En los uigures del oasis de Turfán (Turquestán Chino) que tras pedirles de hacer unas fotos nos invitaron a entrar en su casa y nos ofrecieron té y caramelos mientras ellos, extrañamente, no bebían con nosotros: solo más tarde comprendimos que era ramadán y estaban de ayuno. En los rusos que a través de Siberia me abrieron su cálida alma, me invitaron a su casa, me llenaron de comida al partir, la compartieron conmigo en trenes y barcos... y me explicaron como pudieron su vida, sus sueños derrumbados, sus frustraciones y sus ganas de continuar luchando. En los habitantes de la isla polinesia de Rapa, donde he encontrado mi segunda casa. En los emigrantes egipcios que iban a Kuwait y que, en un barco del Mar Rojo cargado de peregrinos, compartieron conmigo la cena que rompía el ayuno del ramadán y luego me querían pagar el té que yo les había comprado en la cantina. En las familias de judíos sefarditas, los Arditi de Jerusalén y Rachel y Sami Negrín de Haifa, que se alegraron al conocerme y me trataron como familiar lejano a quien no se ha visto en largo tiempo. En los emigrantes palestinos que vivían en una mísera habitación en las afueras de Jerusalén, y que, olvidando sospechas, me abrieron sus corazones y compartieron sus cenas conmigo. En el lama Karma Rausa, buda viviente y rimpoché, que me alojó en su tienda de peregrino al pie del santo monte Kailas y veló por mí. Y en la anciana tibetana que surgió del vacío gris que niebla y la nieve provocaban entorno nuestro, para traernos un termo caliente de té con mantequilla de yak a los pasajeros que el chofer había dejado olvidados en la caja de un camión. Tras muchas horas de viaje a la intemperie, bajo la nieve y la ventisca y sin comer ni beber, su aparición fue, para los peregrinos y para mi, la de un ángel. La hospitalidad es compañera asidua del viajero.  
Imagen de jBartroli

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