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Aprender a amar el mundo

Cuando viajamos llevamos con nosotros nuestros sueños. Así lo entendió Nikos Kazantzaki cuando escribía en El jardín de las Rocas: "El viajero ferviente crea el país por donde viaja. Y lo crea naturalmente, a su propia imagen y semejanza. Ésa es la razón por la cual al salir de mi patria, solo me llevo a mi mismo conmigo". El viajaba en el periodo de entreguerras por la China y el Japón -entonces aún más desconocidos que ahora- con una maleta de estereotipos -y nostalgias leídas- a cuestas. Por esta razón a veces acabamos viendo no lo que tenemos delante -o no todo lo que tenemos delante- sino lo que queríamos ver. Son trampas de la voluntad, debilidades humanas. ¿Es bueno o es malo? ¿Debemos dejarnos llevar por los sueños o debemos esforzarnos en contrarrestarlos y buscar la verdad? No sabría decirlo.

Pero no pocas veces sucede también que el viajero no encuentra lo que busca. No sólo por llegar demasiado tarde en el tiempo, sino porque la realidad rara vez se corresponde con los sueños. Y en ocasiones lo que ve no le gusta y le entristece. Gregory Peck dice a su hijo pequeño en Matar a un ruiseñor -una película inundada de ternura- algo que vale la pena ser recordado: “Hijo, hay muchas cosas feas en este mundo. Me gustaría evitar que las vieras, pero no es posible" Puesto que las cosas son como son, es necesario conocerlas, no sea que su descubrimiento tardío nos coja desprevenidos. No tiene sentido ocultar ni ignorar la cara fea de la realidad, como suelen hacer tantas agencias de viaje que mueven turistas arriba y abajo. Al contrario. Quizás aprendamos algo. Tenemos lo que tenemos casi siempre porque entre todos lo queremos así. A medida que llegamos a todas partes, matamos el mundo. Y los viajeros, como todos, somos también algo culpables. Poco a poco borramos trazos de su originalidad. Pueblos, culturas, animales, paisajes, flora y fauna desaparecen en el largo camino hacia la uniformidad y mediocridad. Poco a poco, incluso viajando destruimos aquello que nos impulsa a viajar. Pero es también viajando y comparando que, quizá, podamos entender verdaderamente el aviso que un indio navajo hizo no hace mucho al periodista Eric Leed: "No me preocupa lo que el hombre blanco está haciendo a la tierra. Me preocupa lo que la tierra está haciendo al hombre blanco"

El planeta es maravillosamente bello y variado, y por suerte, por más que viajemos nunca llegaremos a conocerlo todo ni jamás dejará de sorprendernos. Andar los caminos sirve para apreciar aún más el valor de las cosas magníficas que poseemos y con las que el planeta nos obsequia a cada esquina. Viajando se aprende a amarlo. Su fragilidad nos impulsa a amarlo más todavía. Y solo amándolo lo podremos quizás salvar y salvarnos.

 

Imagen de jBartroli

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