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Buceando entre tinieblas

 

La Islas Orcadas esconden un tesoro lúgubre sólo accesible para urinautas.

En las gélidas aguas de la bahía de Scapa Flow descansan, a la fuerza, buques de guerra alemanes desde los días lejanos de la primera y  segunda contienda mundial. Narrar aquí los avatares que les llevaron a hundirse tan lejos de su patria sería largo y tedioso de contar por la multitud de acontecimientos reseñables.

 Sin embargo, para los que buscamos nuevas emociones, un barco hundido, un pecio en el argot, siempre supone una fuente de adrenalina gratuita, difícil de conseguir en las inmersiones de peces y corales de colores de las zonas tropicales más buceadas por los turistas acuáticos que por los buzos técnicos.

Si además añadimos la gran cantidad de barcos en un espacio relativamente reducido, Scapa Flow supone la Meca del buceo en pecios militares, un lugar mítico y de acceso complicado, donde las condiciones del mar, su temperatura y visibilidad, hacen de la vista a los barcos de la Armada de Alemana de Alta Mar suponga todo un reto personal y técnico.

Corría el mes de mayo cuando aterrizamos con todos nuestros bártulos en el pequeño aeropuerto de Kirkwall, a bordo de un turbohélice ocupado casi en exclusiva por nuestro grupo.

Lo primero que sorprende al viajero no acostumbrado a los paisajes insulares escoceses es la ausencia casi total de árboles. Un viento frío y asesino no deja que lleguen a crecer, como si de un infanticidio vegetal se tratase, y los que lo consiguen doblan sus peladas ramas hacia el suelo de turba.

Atracado en el pequeño puerto de  Stromness nos espera el Karin, un viejo pesquero nórdico renacido para el buceo técnico en pecios. Durante diez días nos alojaremos en el interior de sus espartanos camarotes y él nos conducirá cada mañana al lugar donde reposan buques de guerra míticos, un viaje al pasado que muy pocos tenemos la suerte de hacer, y para el cual el Karin se transmuta en una suerte de moderno cicerone, como un Virgilio conduciéndonos a las profundidades de un infierno sumergido.
 
Una vez alojados abordo y preparados los equipos para el día siguiente, toca bajar a tierra. A escasos metros del puerto se encuentra el cogollo de Stromness: Victoria Street y en su centro el pub del Royal Hotel. El camarero nos cuenta con su fuerte acento escocés lo que parece ser una siniestra advertencia. No podremos bucear en el Brummer, las autoridades de marina lo han cerrado. Dos días antes de nuestra llegada un buzo técnico se internó entre los herrumbrosos camarotes y pasillos del viejo crucero de guerra y no volvió emerger. No lo han encontrado aún. Mientras dábamos cuenta de nuestras pintas al calor de la chimenea,  un desconocido compañero de aventuras continuaba ahí abajo, entre el frío extremo y la oscuridad, en una inmersión, sin retorno, hacia la eternidad.
 

Y es que Stromness y las Orcadas son eso. Un lugar de misterios insondables, puente permanente y atávico con otros mundos. Desde antiguo los navegantes vikingos venidos de Noruega han poblado estas islas aisladas. Por toda su geografía es posible encontrar restos arqueológicos antiquísimos, algunos de ellos tan enigmáticos como los círculos de piedra de Brodgard , las Standing Stones of Stenness o el poblado neolítico de Skara Brae.

A ello se ha de sumar la naturaleza indómita de sus costas. De setenta islas, tan sólo veinte están habitadas. Algunas guardadas por acantilados y contrafuertes dónde sólo la multitud de aves marinas que pueblan el archipiélago son capaces de acceder.

Es difícil resistirse a la idea de vagar por estas islas como los vikingos errantes y los dioses y héroes de la Saga de las Islas Orcadas. Zarpar en un velero recorriendo uno a uno los escenarios de esta crónica medieval en la que se mezcla lo mágico y humano del universo orcadiano habitado por los pueblos nórdicos. Sin embargo, al amanecer, Jhon, el capitán y armador del Karin, arranca motores y nos aleja poco a poco del muelle en dirección al sur de la isla de Mainland, en busca de los restos del crucero de combate Cöln.
 
La mañana es soleada pero tremendamente fría, el sol es incapaz de templar el aire marino a estas latitudes, de manera que mientras nos enfundamos en nuestros monos térmicos y trajes secos de buceo podemos imaginar la temperatura del agua allí abajo. Al poco llegamos al punto de descenso. El Karin se mantiene con los motores en funcionamiento a fin de contrarrestar las fuertes corrientes marinas.  Descendemos al agua  a través de un ascensor en el costado de estribor, el peso de nuestros equipos de buceo técnicos es tal que lanzarse sin más podría ser peligroso.
 

Los buzos nos reunimos en la boya que marca el comienzo del cabo de guía. Todo sería igual a cualquier otra inmersión de no ser por las aguas oscuras de un color verde esmeralda, donde el cabo de guía se pierde a los pocos metros en el abismo. Y además, en Scapa Flow, la sensación de atemporalidad se acentúa al observar en la lejanía el perfil desierto de la costa, atestado de defensas y bunquers de la 1ª y 2ª Guerra Mundial.

Un segundo antes de sumergir la cabeza y descender a la historia, te preguntas: ¿Volveremos al presente? ¿Son aquellas fortificaciones el preludio de un viaje al pasado sin retorno posible?

Como una procesión de sombras en el silencio, uno a uno seguimos la línea del cabo en la oscuridad verdosa, hasta que surgiendo de la nada, se hace presente la inmensa sombra del crucero de batalla de 155 metros de eslora y cinco pisos de altura. En ese preciso instante el buzo toma conciencia de su ínfimo tamaño ante la gigantesca máquina de guerra que descansa dormida sobre su costado de estribor. Los inmensos cañones de 150 mm apuntan a un cielo inexistente, algunos todavía armados con obuses. A través de los mamparos y corredores puede verse las estancias y pertrechos del barco tal y como quedaron el 21 de junio de 1919.
 

El silencio, el frío y la soledad a 36 metros de profundidad son tan sepulcrales que ninguno de nosotros osa introducirse en las entrañas laberínticas del crucero. El recuerdo del compañero desaparecido en el Brummer nos invita a la prudencia. Un rescate aquí sería una tarea casi imposible. Recorremos, minuto a minuto, con reverencial respeto y asombro la totalidad del buque.

Atendiendo a las órdenes de nuestras computadoras de buceo iniciamos el ascenso y cumplimos con las obligatorias paradas de descompresión, flotando en un limbo verde, zarandeados como banderolas por la corriente marina, en una frontera difusa entre la realidad y la ensoñación.

Llegados a la superficie, una taza de sopa caliente y picante de tomate nos devuelve a la realidad, al siglo XXI. Sin embargo hemos de permanecer poco en este tiempo ya que estamos ansiosos por volver a internarnos de nuevo en las profundidades de la historia.

Durante días se suceden una inmersión tras otra. Dresdern, Karlsruhe, F2, Kronprinz  y otros nombres son nuestros objetivos, al tiempo que finalizadas las inmersiones visitamos los fantásticos museos de Stromness y de la base naval de Lyness donde se conserva viva la memoria de los acontecimientos sucedidos en las islas Orcadas desde los albores de la historia.

 

Quienquiera que visite las Orcadas tendrá la oportunidad de transitar por un compendio único y condensado de la historia, desde el más remoto neolítico hasta la actualidad, sin embargo, si además se sumerge en Scapa Flow completara el círculo, cumplirá con el rito de paso  y viajará literalmente a escenarios encapsulados en el pasado, a un tiempo extraño y desconcertante, a caballo entre lo pretérito y lo actual. ¿Acaso no es éste el viejo sueño de la humanidad? ¿El viaje en el Tiempo?

Si no es mucho pedir, a todo aquellos que esta entrada en Altaïr haya animado a bucear en los restos de Scapa Flow, poco les costará cada noche en el pub, al final de un día de inmersiones, alzar su pinta a la memoria de todos los marinos que perecieron bajo las aguas, en todos los tiempos y guerras absurdas, y que nos reciben en silencio y paz cada vez que visitamos sus tumbas acuáticas. Que así sea.

 

 

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