Viaje a la memoria

Deseamos el próximo viaje y anhelamos que el presente nos acerque a ese futuro soñado. En cambio, vale la pena detenerse y, viajar también hacia nuestros recuerdos.

 

          Vengo de una calle que era tierra y que el progreso dejó sin alma. La urbanización de las aceras decretó arresto domiciliario para los niños sin una triste cicatriz en las rodillas que les acompañe en la adolescencia. Primer síntoma de un destierro progresivo y mudo de patios, calles y plazas.

                Vengo de un abuelo que vendía zapatos para los jornaleros de las huertas en La Bañeza (León) y de otro abuelo que se libró de la Guerra incivil gracias a un hermoso trabajo: Pedaleaba cuando el día aún era noche para iluminar los pueblos de la Salamanca rural. No era un oficio difícil. Levantaba una palanca por las mañanas y la bajaba por las noches, pero a mi abuelo Honorio, en su modesta bicicleta, le acompañaba el milagro de la luz y no hay nómina con semejante recompensa. Con él llegaba el día y cuando se iba sólo dejaba sombras.

                De mis abuelas aprendí que lo imposible es posible. Ambas hacían la mejor tortilla del mundo, pero no se parecían en nada. Ni sus tortillas, ni las patatas con las que obraban el milagro, ni ellas mismas. Afortunadamente vivieron lo suficiente para que yo aprendiera a cuidarlas y de ellas recuerdo hasta el olor de sus besos. Las abuelas besan en código morse, muchos besos repetidos, intermitentes, sonoros y espaciados sobre las mejillas como si sintieran que la vida se les escapa. Besan el presente pero, sobre todo, besan por el futuro que no vivirán.

                Las mañanas de domingo lo llenaban todo en la huerta de mi abuelo materno. Él y sus hermanos festejaban la vida. No había mucho, pero bastaba. Una parrilla, un vino que se hizo fuerte bajo  la tierra… No sonaba la música, sólo sus sonrisas. Cuatro hermanos, cuatro amigos. Mi abuelo y mis tíos abuelos. Se murieron como nacieron. Uno detrás de otro. Pronto porque la vida nunca basta, rápido porque apenas hubo tiempo para el duelo entre tanta lágrima. Lo más doloroso de la muerte es su ausencia. La huerta se llenó de fantasmas, de silencios. El tiempo mató hasta los recuerdos. Donde la naturaleza crecía, anidaron adosados repetidos sobre un mar de cemento. Ahí siguen. Aún no he reunido valor para mirarlos.

                Mi abuelo paterno desayunaba con aguardiente y un trozo de panceta que cortaba con su navaja de Albacete, regalo de mi madre cuando fue allí maestra y se llevó a un bebé por equipaje, que era yo aunque no me acuerde de nada. Era constante el abuelo y mientras mantuvo su residencia en la tierra no perdonó ni un solo día sus “inyecciones bucales” que juraba que le recetaban sus médicos. Las supuestas inyecciones eran el aguardiente que, sin éxito, trataba de esconderle mi tía. Supo perder sin derrotarse. Envejeció sin dramas. “Soy el sobrero, hijo. Sólo me llaman para jugar al dominó cuando fallan los titulares”. Así era el “Pariente”, como cariñosamente le decían por el barrio. Un viejo con ojos de niño que temía a la muerte.

Imagen de jMoreta

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