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Lo que yo sé de Zamora

La intensidad de los viajes no se mide por los kilómetros recorridos. A mí me ocurre con Zamora. Tan cerca de mi casa, que ya casi vivimos en el mismo barrio.

De Zamora sólo sé lo que sé de mí mismo. Más bien poco. Intuiciones, muchas, y apenas alguna certeza. Por seguir un hilo cronológico, sé, por ejemplo, que me crié de los tres a los ocho años en Fuentesaúco (Zamora) porque mi madre era maestra y las familias de maestros éramos como los pueblos nómadas. Sé que de muy niño tuve una cuna en Munera (Albacete) y que esa misma cuna casi me mata en Fuentesaúco por culpa de un tornillo asesino más grande que mi cuello.
 
Fuentesaúco es el primer recuerdo de mi infancia. Antes no hay nada. Sólo fotos en blanco y negro donde no me reconozco y alguna otra en colores borrachos con pantalones cortos y muchos rizos encima de la cabeza.
 
Lo cierto es que, a lomos de un Reanult 8 refrigerado por garrafa de agua, mis padres nos llevaron a mi hermano Alberto y a mí a este pueblo de Zamora, muy cerca de mi Salamanca, donde papá enseñaba Literatura, Latín y Lengua a quien quisiera aprender (“Lo que natura non dat…”). Después yo le escuché dar clases y, como a mis amigos, también me preguntó que sabía yo antes del salto al mundo de los adultos que era entonces la Universidad.
 
- Pues papá, sé poco.
- Bueno hijo, eso ya es saber algo.
 
Pero de niño, cuando vivía en la provincia de Zamora, yo todavía no estaba preparado para las enseñanzas de mi padre. El futuro podía esperar porque el presente lo llenaba todo.
 
Para un niño de pueblo la sala de estar es la calle y cada estación tiene su juego. Los niños ahorrábamos la paga minúscula hasta obrar el milagro de abrir un día orgullosos la puerta de la Ferretería del señor Morante y comprar un clavo para el juego que te vinculaba directamente con la tierra. Antes o después, no lo recuerdo bien y ahora poco importa, llegaba el tiempo de la peonza y los mayores nos descubrían el milagro del movimiento circular sobre un eje. A mí nunca me terminó de cautivar. Aquellos días sin reloj ya auguraban mi incomunicación con la física y los números. Para los pocos ceros que adornan mi cartilla de ahorros, tampoco necesito saber demasiado. Luego venían las canicas, las chapas, o las “cacerías” de grillos o caracoles. Independientemente de los juegos, mis rodillas y las de José Ramón, mi amigo inseparable de la infancia, siempre estaban repletas de postillas pintadas con mercromina. Del color de las amapolas. 
 
De Fuentesáuco también recuerdo su Casa Cuartel, que treinta años después sigue igual de abandonada, y que, de muy pequeño, les tenía miedo a los guardias civiles, que patrullaban con capa. Como espectros. Ahora también les temo, pero sólo cuando les veo en la carretera. También me acuerdo de una mujer gritando calle abajo que se había muerto Franco, un señor al que yo no conocía. Y que esa mujer era la misma que informaba a gritos a toda la Plaza cuando subía el pan.
 
Una tarde de viernes el futuro llamó a nuestra puerta. Mi padre trajo un cassete gigantesco, con una sola pletina que había comprado mi tío Lauri en Andorra, un lugar que suponía tan lejano como la Luna. Tenía dos cintas. Una con la fotografía de un señor gordo y con barba, que se hacía llamar Demis Roussos. Yo creía que era de Moscú. Cantaba muy bien, pero no le entendía un carajo. La otra era de Jorge Negrete, con su sombrero mejicano y su porte de, como la canción, llevar calzones de lana y cuero. Y los cuatro, mi, padre, mi madre, mi hermano mayor y yo, nos pasamos aquella tarde dando la vuelta a las dos cintas. Apoyando nuestras cabezas sobre la mesa de la cocina y escuchando al “macho mejicano” hablar de San Luis Potosí, de la Feria de las Flores y de cómo sonríen las mujeres hermosas. Sonaba muy bien porque, aunque ya era viejo, a mí se me antojaba muy nuevo.
 
Crecí sin pretenderlo. Nadie me convenció, pero, al igual que en mi corazón o en mi casa, tampoco mando en mi cuerpo. A mi madre la trasladaron a un pueblo de canteros junto a Salamanca, Villamayor, y yo me fui a los Escolapios, donde no había ni grillos, ni caracoles, ni ninguno de mis nuevos amigos sabía qué coño era el juego del clavo.
 
En verano íbamos al pueblo de mi madre, La Bañeza (León), y Zamora era la primera etapa de un viaje “transoceánico”. Mi padre siempre renegó de la circunvalación junto a las Tres Cruces porque se sabía de memoria el camino antiguo que aún cruza la ciudad por los antiguos cines Barrueco. Siempre parábamos en el Don Sancho. Así festejaba mi padre no haberse perdido por Zamora. Para los niños el premio era modesto: Coca Cola en dos vasos… Menos mal que sólo éramos dos hermanos.
 
Después, me hice aún más mayor y, casualidades de la vida, mis hijos juegan en verano donde antes crecieron sus padres. Otra vez en Fuentesaúco, en una casa junto a la laguna en el prado donde en las fiestas del primer fin de semana de julio se celebran los afamados espantes. Yo nunca les he encontrado la gracia. Por eso los “veo” desde las bodegas. Ahí sólo tiene peligro el vino peleón. Siempre te coge.
 
También, cuando puedo, me acerco hasta Zamora, cada día más cerca de Salamanca o, si lo prefieren, al revés. Sigue siendo la ciudad de siempre. Hermosa y con su vocación innata de invitar al paseo. La llaman la bien cercada, pero, muletillas aparte, para mí es un perfil orgulloso que se eleva sobre el Duero. Tras homenajearme bajo tierra en El Perdigón, he pasado muchas tardes sentado en sus riberas como para no reconocer su reflejo en las aguas.
 
Sé, y me apena, que llevo muchos años sin “procesionar” los Jueves Santo por Zamora, donde los “cofrades” desprovistos de hábito bebemos sin sed. Ahora llevo a mis hijos a la procesión del Viernes Santo, prueba de que me estoy haciendo mayor.
 
Y sigo con mis ritos. Siempre que paseo por Zamora acabo en la terraza del Parador tomándome un pacharán. Este soberbio edificio albergó un hospicio. Me lo contó una señora que vivió la postguerra y coincidía con aquellos niños para las corales de Navidades. Niños a quienes, tras la actuación, nadie arropaba por la noche. Sin un beso en la frente, sin una caricia en la mejilla ni un cuento que llevarse a los oídos. Hijos sin padres. Víctimas de un conflicto que enfrentó a hermanos. Nunca hay que olvidar nuestra Historia, aunque sólo sea para no repetirla.
 
También conocí el pasado año que hay otra Zamora a las puertas de la centenaria Gran Vía madrileña. Para más señas en la calle Tres Cruces, más zamorana que las mantas o los burritos. Paralela a la calle Montera, que es donde se forman parejas ocasionales que duran hasta donde llega la billetera. Y esa Zamora o la del Centro Zamorano de Buenos Aires, a la que también estoy unido desde el pasado otoño, nos enseñan que las ciudades y sus provincias son, ante todo, sus personas y que las señas de identidad no saben de límites geográficos ni de mapas porque hay Zamora allí donde una persona la sienta.
 
Y esto es cuánto yo sé de esta ciudad y su provincia que, como leen, tampoco es mucho. Me pasa como con mi vida: Insisto por placer, por curiosidad y… por necesidad.
Imagen de jMoreta

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