Lisboa, directa al corazón

         

 La Lisboa que hoy enamora al viajero no se podría explicar sin el terremoto de 1755 y sin la controvertida figura del marqués de Pombal, máximo exponente luso del despotismo ilustrado.

 

Voltaire, que en su obra Cándido sitúa a sus personajes en Lisboa el día del terremoto, es nuestro inesperado cronista para reconstruir el seísmo: “Sintieron que la tierra temblaba bajo sus pies, embravecióse el mar y rompió los navíos que estaban anclados en el puerto, abriéndose las calles y las plazas públicas con remolinos de llamas y cenizas, se hundieron las techumbres, se trastornaron los cimientos. Treinta mil habitantes quedaron sepultados entre las ruinas de aquella opulenta ciudad”.

 

Era el Día de Todos los Santos. Paradojas de la vida… o de la muerte. La Baixa quedó arrasada y las iglesias, abarrotadas por la festividad religiosa, fueron una trampa mortal. Al terremoto le siguió un maremoto y una cadena de incendios que devoraron la ciudad. La tierra se retorció con tal intensidad (hoy llegaría a nueve puntos en la escala de Richter), que afectó a la Giralda de Sevilla y a la Catedral de Salamanca, las dos torres históricas más altas de la península.

 

“Y ahora, ¿qué se puede hacer?”, preguntó el apocado rey José I, que no se movía ni con un terremoto. “¿Ahora? Enterremos a los muertos y alimentemos a los vivos”, respondió Sebastiao José de Carvalho e Melo, primer ministro y futuro marqués de Pombal.

 

La plaza a la que hoy da nombre es idónea para adentrarse en Lisboa. Su monumento impresiona por lo que se ve, 36 metros de altura, y por lo que oculta, pues sus cimientos se asientan sobre una base rocosa con dieciocho metros de profundidad. Desde su pedestal, Pombal mira mañana y noche su gran obra: la Baixa. En su aburrida labor de sempiterno vigía lo acompaña un león, excesos muy del gusto de finales del XIX, cuando se erigió la estatua.

 

No me agradan las exaltaciones del ego, siempre vacías, pero sí recordar que en esta misma rotunda, como los lisboetas llaman a la plaza, las tropas que acamparon la noche del 5 de octubre de 1910 soñaron bajo un manto de estrellas con la república, antes de derribar la monarquía.

 

Para recorrer Lisboa no hay mejor guía que Fernando Pessoa. Para el escritor, universal pese a no salir apenas de su ciudad, la avenida de la Liberdade era la más bella de la capital. Noventa metros de anchura y casi kilómetro y medio de longitud salpicada de árboles y jardines recoletos. Reúne una nutrida oferta hotelera, uno de los legados de la Exposición Universal de 1998. Avenida de comercios exclusivos por lo excluyentes. Pero pasear es gratis, y disfrutar la primera luz de Lisboa te hace inmensamente rico por esta avenida de hermoso nombre: Liberdade (¡Libertad!).

 

El final de la avenida recuerda los problemas de vecindad, de quienes vivimos  al otro lado del tabique… o de la frontera. Es lo que tiene ser vecinos: fomenta filias, fobias, abrazos y, de cuando en cuando, tortas sonadas. Aquí las recuerdan con un obelisco de treinta metros, que levantaron en honor de quienes se rebelaron contra la dominación española en 1640, y con la estatua del héroe contra Castilla en la batalla de Aljubarrota, una estatua para Juan I con demasiado caballo y poco hombre para tamaña hazaña.

 

Pessoa creía que todas las cosas tienen su alma y Matos Sequeira que “las ciudades son mujeres” y “cada una tiene su manera propia de agradar”. Para Ángel Crespo, también escritor, Lisboa era “mi Bella Señora de las Ubes”. Los tres amaban esta ciudad, yo también, y localizaban su corazón en el Rossio. Es plaza desde el siglo XIII aunque oficialmente se llama plaza de Pedro IV, cuyo monumento se levanta a veintisiete metros de altura. En Lisboa las estatuas sufren de vértigo, aunque los capitalinos aseguran que lo elevaron tanto porque se parece al monarca entre poco y nada.

 

En el Rossio se celebraron corridas de toros y se quemó carne humana. La Inquisición extendió sus sombras desde donde hoy está el Teatro Nacional Almeida Garret. El primer auto de fe data de 1540. Partió de esta plaza y, en presencia de la Corte, dieron fuego a seis personas por brujos y judaizantes. ¡Ay, Dios!

 

Prefiero quedarme con la imagen de las vendedoras de flores. Sus puestos ya estaban en el mismo sitio cuando, el 25 de abril de 1974, vieron pasar a los soldados que derrocaron la dictadura de Salazar. Las floristas les regalaron sus claveles y los metieron en los fusiles. ¿Quién puede disparar con un clavel en su cañón?

 

En el Arco da Bandeira, al inicio de la calle de los Sapateiros, empieza la Baixa. El terremoto les dio a los lisboetas la oportunidad de volver a pensar su ciudad. Pombal era expeditivo: Derribó las ruinas a cañonazos y buscó a los mejores arquitectos. Por primera vez en Europa, en la Baixa se aplicó una cuadrícula sistemática: Quince calles cruzándose en ángulo recto y sobrios edificios de dos o tres plantas como nueva zona para centralizar el comercio y los oficios. Primigenio uso que explica los nombres de las calles: Douradores, Sapateiros, Correeiros.

 

“La mañana del campo existe, la de la ciudad promete. Una hace vivir; la otra hace pensar. Y o, como los grandes malditos, he de sentir siempre que vale más pensar que vivir”. Lo escribió Pessoa, que situó en la calle Douradores de este laberinto pombaliano la oficina donde trabajaba Bernardo Soares, autor del Libro del desasosiego y más álter ego que heterónimo.

 

Lo deseen o no el arco de la Rua Augusta es un imán para el paseante. Da paso a la plaza más monumental de Lisboa, la del Comercio, que se extiende lo que un día fue el Palacio de Manuel I, también arrasado por el terremoto. Es una plaza que se admira más que se habita. En su centro espera inmóvil la estatua ecuestre de José I. Dice poco, aunque les aportará más saber que para su traslado se sumaron las fuerzas de más de mil hombres durante tres días. Demasiado esfuerzo para recordar a un rey que no reinó porque el verdadero monarca fue Pombal, cuyo medallón encabeza el monumento. Pero esta plaza es única porque el cuarto de sus lados se abre al mar de la Palha (Paja), como llaman al estuario del Tajo. Hay un poema maravilloso de Eugenio de Andrade que dice: “Lisboa, sabes… Lo sé. Es una joven descalza y leve, (…) bajando escalones y escalones y escalones hasta el río. Lo sé. Y tú ¿lo sabías?”.

 

¿Cuántas ciudades conocen que utilicen ascensores para trasladarse de un barrio a otro? Lisboa venció a sus cuestas con elevadores: el de Santa Justa, bellísimo, comunica La Baixa con el Chiado, al mirador de Sao Pedro de Alcantara, en el Barrio Alto, sube el elevador de la Glória y el da Bica te ahorra una buena caminata desde la estación de Cais do Sodre

 

Fernanda da Castro atrapó en un verso la esencia del Chiado: “Anda no ar a vibracao dum beijo” (“Anda en el aire la vibración de un beso”). El Chiado es hoy un barrio burgués, tomado en parte por las empresas multinacionales. Pero, más allá de las franquicias que roban el alma de las ciudades, el Chiado es un barrio bohemio y literario. En apenas 100 metros comparten relación de vecindad las estatuas de Luís de Camoes, que situó Portugal “donde la tierra se acaba y el mar comienza”; la del poeta Chiado, fraile bebedor que colgó los hábitos cuando oyó la llamada de la juerga; y la de Pessoa, tan rígido que no puede levantar el codo ni para tomarse una copa. “La vida nos sobrevivió, no nosotros a la vida”. Al igual que el terremoto reinventó a la Baixa, el Chiado renació desde las cenizas del incendio de 1988: dieciocho edificios afectados, dos muertos y sesenta bomberos heridos. El arquitecto Álvaro Siza obró el milagro de devolver el esplendor que ardió con las llamas.

 

Desde el mirador de San Pedro se aplaude a la vida y se admira la Alfama, con sus casas multicolores al abrigo del Castelo de San Jorge. Se divisa también el Tajo que, en Portugal, se vuelve Tejo y junto a Lisboa, océano. Canta Mariza en un susurro: “La almohada en la cama del Tejo. Ciudad de la mujer de mi vida”. En portugués, fado es “hado” o “destino”. ¿Cómo no va a ser melancólico un país enfrentado al Atlántico? La saudade es un puñal en el corazón.

 

Hay una Lisboa que se debe ver, y otras muchas donde resulta obligado perderse. Sobre todo por las calles empedradas de la Alfama, donde la ropa tendida es parte de la arquitectura ciudadana, o por el Barrio Alto. Zona exclusiva en el siglo XVII y, más recientemente, zona de puterío con mujeres de orilla faenando en tierra firme. Afortunadamente, desde la década de 1990 el Barrio Alto es una zona alternativa de pequeños negocios y locales nocturnos. Extravíense por sus calles y cafés, la “universidad popular” que defendió don Miguel de Unamuno, y, camino de la Baixa, por las ruinas del Convento do Carmo. Es un monumento al terremoto sin más bóveda que un mar de nubes. Cuando la tierra tiembla, se cae hasta el cielo.

 

Los últimos rayos se van, y nosotros, al café Martinho da Arcada, uno de los preferidos de Pessoa. Todas las noches le siguen reservando una mesa, una flor, un cuaderno por si se anima a escribir, sus libros…

 

-Disculpe. ¿vendrá don Fernando a cenar?, le pregunto al camarero.

-Nosotros siempre lo esperamos, responde

-Si lo ve por favor, entréguele estos versos.

 

Terminamos el día paseando por la Plaza del Comercio hacia las escaleras que se bañan en el Tejo y, sin mover los labios, recito los versos que di al camarero. “Tengo la costumbre de andar por los caminos. Mirando a la derecha y a la izquierda, y de vez en cuando para atrás… Amar es la inocencia eterna, y la única inocencia es no pensar”.

Imagen de jMoreta

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