La maldición boliviana de los Guevara

La Historia tiene la insana costumbre de repetirse en episodios crueles o desgraciados. Cuando Ernesto Guevara de la Serna, el Che para el mundo, partió hacia Bolivia, quizá desconocía, o quizá no, que cuatro siglos antes su antepasado más ilustre, el vasco Carlos de Guevara, se dejó la vida en tan inhóspitos parajes.

 
Para muchos será una sorpresa descubrir (al menos para mí lo fue) que la fortaleza de los Guevara se levantaba en la provincia de Álava a mediados del pasado milenio. En 1535, el emperador Carlos V designó a Guevara oficial real de la Armada de Pedro Mendoza, con quien, un año después, protagonizó la primera fundación de la ciudad de Buenos Aires.
 
Santa María del Buen Ayre, apelativo de una virgen de los marineros de la isla de Cerdeña, la llamó Pedro de Mendoza, que no disfrutó su obra, porque murió en 1537 en alta mar y posiblemente de sífilis, ni tampoco vivió para ver cómo el burgalés Juan de Garay protagonizaba la segunda fundación de Buenos Aires. Garay la llamó Santísima Trinidad y a su puerto Santa María de los Buenos Ayres. Desde el principio, ya sonaba bien esta ciudad de la que me gusta hasta el nombre. Sobre el lugar exacto de la fundación no hay acuerdo, aunque, al parecer, la ciudad se extendió cerca de donde hoy palpita el estadio del Boca Juniors. “Le toca a Palermo tocar el balón, la Doce se altera. El año que Boca salió campeón, en La Bombonera.”
 
Pero no nos desviemos de la historia que nos ocupa y volvamos a Carlos de Guevara. Tras acompañar a Pedro de Mendoza en la primera fundación de Buenos Aires, el ilustre antepasado del Che se enamoró y desposó en Paraguay a una india de belleza deslumbrante llamada Yasyrendí, “Luna que ilumina”. Después, su destino, mala estrella, le llevó hasta Bolivia y se internó en la sierra de La Plata. Según las crónicas españolas, desapareció sin dejar rastro. La tradición oral india aporta algún dato más y relata que, tras caer en combate contra una tribu local, murió pronunciando el bello nombre de Yasyrendí.
 
Casi quinientos años después, muchos paraguayos todavía saben quién fue Yasyrendí, y también la triste suerte de Carlos de Guevara. Antes de su prematuro final, dejó donde ahora está Asunción a un hijo por cuya sangre también corría el diablo de la aventura, aunque con mejor fortuna que el padre.
 
¿Y el Che? Ya saben que cuatro siglos después siguió los pasos bolivianos de Carlos de Guevara hasta ser herido, desarmado y capturado en la emboscada de Quebrada del Yuro a 2.000 metros de altura. “No disparen, soy Che Guevara y valgo más vivo que muerto.” Pero sus captores, el ejército boliviano con el apoyo de los rangers norteamericanos, no lo tuvieron tan claro. Tirado en el suelo de una escuelita rural, en La Higuera, y junto a un pizarrón, le descerrajaron dos ráfagas mortales hasta que una bala le atravesó el tórax y sus pulmones se inundaron de sangre.
 
Hoy, gracias a la famoso foto de Korda, la imagen del Che se reinventa a base de contrasentidos y el mito sepultó al hombre. Era pública su homofobia, pero ha sido elevado a la categoría de icono gay en Nueva York o en el bohemio barrio parisino de Marais. No creyó en más Dios que la pólvora, pero su retrato encabeza hoy marchas pacifistas. Como ser mítico que es, no es juzgado con criterios racionales, sino mediante actos de fe e ilusión. Una exageración cotidiana que te da la hora desde la esfera de un Swatch o estampa bikinis. El hombre atractivo y sugerente de la foto al que las mujeres acostumbradas a esperar sueñan con robarle el corazón si el sábado las invita a bailar.
Imagen de jMoreta

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