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La última cruz de Colón, en el fin del mundo

“A Baracoa me voy, aunque no haya carretera, aunque no haya carretera a Baracoa me voy”. El son de Machín no era gratuito porque hasta la construcción del viaducto de La Farola, en los años setenta del pasado siglo, sólo era posible alcanzar este edén del Oriente cubano por aire o por mar.

 La Farola, conocida como “la montaña rusa de la costa”, es un lugar asombroso por lo imposible. La alcanzas en coche tras dejar atrás Santiago y más tarde Guantánamo. Después, durante más de cuarenta kilómetros loma arriba loma abajo, la carretera se cuelga como un balcón de las márgenes montañosas, con once puentes suspendidos milagrosamente sobre las laderas. El paisaje se redescubre a cada curva.
 
Cuando, por fin, divisas a lo lejos Baracoa piensas que, si realmente Dios creó el mundo en seis días, al séptimo eligió este lugar para descansar. “De Cuba soy la ciudad más pequeña, pero siempre la primera en el tiempo”. No es posible imaginar tanta belleza natural en un solo lugar. Baracoa, “tierra alta” en la lengua de los primitivos pobladores, es un lugar mágico y prolijo en leyendas. Fue la primera capital de Cuba y la única de las villas fundadas por el segoviano Diego Velázquez que perdura en su ubicación original. En Baracoa no tuvieron alternativa porque sus habitantes ocupan la única planicie en decenas de kilómetros.
 
Más al Oriente sólo espera el Paso de los Vientos, 77 kilómetros de olas y tiburones entre el Atlántico y el Mar Caribe que separan a Cuba de Haití. Con toda la isla a la espalda, en Baracoa te sientes en el fin del mundo. A su bahía, Colón la bautizó Porto Santo y a su abrigo se extienden casas multicolores sobre la que sobresale su Catedral doméstica, construida nada menos que por orden del emperador Carlos V. El templo cristiano resguarda junto al altar la famosa Cruz de Parra, la única que se conserva de las veintinueve que, supuestamente, plantó Colón por América. En cada lugar donde desembarcaba, dejaba una cruz como símbolo de dominio cristiano. A la Corona, además del oro, le movía un empeño misionero.
 
Pero las tomas de posesión eran, cuando menos, ventajistas. “Yo fallé muy muchas islas pobladas con gente sin número y de ellas todas he tomado posesión por Sus altezas con pregón y bandera real extendida, y no me fue contradicho”, se justificaba el almirante de la mar océana. Como si los inocentes aborígenes alcanzaran a entender tanto protocolo ibérico. ¡Así se las gastaba el genovés! La cruz, al menos, data de la época del descubrimiento, como constataron un grupo de científicos belgas. En Baracoa nadie duda que desembarcó con el descubridor. A la cruz, a la medida del hombre, como todo aquí, la escoltan dos banderas, la cubana y la del Vaticano porque, tras llevarla en procesión durante más de 300 kilómetros hasta Santiago de Cuba, la bendijo Juan Pablo II en su visita a la isla en 1998.
 
Baracoa esconde muchas más historias y leyendas que la de la Cruz de Parra y, si me permiten, ya se las iré contando. Tan sólo una recomendación para concluir este primer relato de la ciudad primada cubana. Si alguna vez llegan hasta este recóndito lugar, les aconsejo que terminen el día frente a su bahía que, por las noches,  guarda en su seno las estrellas. Disfruten de la postal y, si miran al horizonte, déjenme preguntarles si ustedes también se acuerdan aquí, en mitad de Trópico, de las palabras que Paul Bowles escribió a miles de kilómetros en mitad de los desiertos de África: “El cielo aquí es muy extraño. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás”.
 
Imagen de jMoreta

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