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Haití, el infierno que antes no importaba

            Haití fue, tras Estados Unidos, el segundo de los países americanos en declarar su independencia, y el primero en abolir el sistema esclavista de forma autónoma. Ocurrió a finales del XIX tras una cruenta revolución liderada por el emperador negro Dessalines, que imitaba a Napoleón hasta en su vestimenta. La represión decretada por este Bonaparte tropical fue despiadada y la gran mayoría de los colonos franceses asesinados sin piedad. 

            Los que tuvieron la suerte de contarlo huyeron a Cuba, separada de Haití por los 77 kilómetros del Paso de los Vientos. Hoy, dos siglos después, la huella francesa es visible en el directorio telefónico de Santiago, la capital oriental, y a colonos galos huidos se debió en 1791 la fundación de la ciudad de Guantánamo.

 

            Lo cierto es que a Haití y a sus gentes nunca les ha ido bien. Ni como colonia esquilmada, ni como país libre. Durante dos siglos han soportado a toda suerte de tiranos, como el infame Francois Duvalier, Papa Doc, quien, tras su elección, no dudó en proclamarse presidente vitalicio. Dos siglos de revueltas, golpes de estado, asesinatos, ocupaciones y, sobre todo, pobreza. Infinita pobreza sin necesidad de que un terremoto de magnitud 7,0 hunda aún más al país.

           Seis años después de que el periodista español Ricardo Ortega muriera tiroteado en mitad de la calle, cuando informaba para Antena 3 de una manifestación contra el ex presidente Aristide, Haití se ha colado de nuevo en la parrilla televisiva, colapsa Internet y golpea con más fuerza que nunca a las conciencias de medio mundo. A golpe de instantáneas terribles, el mundo ha recordado que Haití existe. El infierno en la tierra.

           De haberse producido la tragedia en un país desarrollado, ¿hubieran transmitido los medios las mismas imágenes del horror? Escolares muertos dispuestos en hilera a las puertas de sus aulas, personas caminando sobre centenares de cadáveres, padres recogiendo entre las ruinas los cuerpos inanimados de sus hijos… Un dolor íntimo e inmenso que los medios han hecho público sin el menor rubor.

            ¿Quién se acuerda una década después de las miles de víctimas del Mitch en Honduras? ¿Qué fue de los hijos que se quedaron sin padres y crecieron solos? En Tegucigalpa, los niños de la calle se hacían un tatuaje por cada hombre que mataban. Costaba ver la piel de algunos entre tanto graffiti. Cruces sobre su espalda, muertos sobre su pecho. Pero las cámaras se fueron hace ya muchos años de Honduras. La nuestra es una sociedad de imágenes y ningún foco de se abre ahora camino entre sus sombras. Ni en Sudán, ni en la República Democrática del Congo. En su frontera con Angola, fue tiroteado semanas atrás el autobús de la selección de fútbol de Togo camino de la Copa de África. Tres de sus ocupantes nunca regresaron a casa.

           

            Hoy el mundo mira de nuevo a Haití. Un pequeño y castigado país al oeste de la antigua isla de La Española. En apenas unas semanas, las cámaras rastrearán nuevas tragedias para mantener la audiencia. Entonces, Haití desaparecerá de nuevo de la programación y del mapa. A la espera de otra catástrofe. Como si se hubiera hundido bajo las aguas.  

 

 

 

  

 

Imagen de jMoreta

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