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Estampas flamencas

Las Zeelands son unas islas intrigantes repartidas por el sur de Holanda. Un vasto y bello espacio ganado por el hombre al mar que sigue a flote gracias a un complejo sistema de diques. Para que nadie olvide la verdadera latitud de estas tierras imposibles, cada atardecer todo se llena de bruma. Marineros en tierra. Las gaviotas custodian el mar del Norte que, a pesar de admirarlo desde la orilla, se nos muestra inhóspito, frío y lejano.

Nos detenemos a siete kilómetros de la ciudad de La Haya. El camping es un gran parque de atracciones y mis hijos deciden plantar la tienda junto a la noria. A diferencia de Amsterdam, donde los españoles somos multitud, aquí nadie habla castellano. Agudizo el oído y rectifico. Por el hilo musical se dan la vez Los del Río y Las Ketchup. ¡Nivelón! "Estamos cansadas del Aserejé", confesaban en la cima de su éxito efímero las tres creadoras del dislate. Yo también estaba harto de escucharlas. Su legado, en cambio, sobrevive al hastío compartido media década después. La cargante huella sonora no sabe de fronteras.


Cuando la lluvia les da tregua, los estudiantes de Leiden bajan a las puertas de sus casas con una silla para repartir su mirada entre los versos de Goethe y el desfile de las jóvenes camino de sus clases. Cortejo diario entre paseos en bicicleta y la quietud de los canales. Todo se mueve pero, al mismo tiempo, todo invita a la calma en esta recoleta ciudad universita que nunca envejece. Rodando por sus calles, el viajero lamenta no esperar aquí a la llegada de la primavera. Esa preciada estación en la que, como escribe David Fernández de Castro (Crónicas Ibéricas) "los días se alargan y los vestidos se acortan".

Imagen de jMoreta

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