En el corazón de las tinieblas (3): El chulo de las musas de Kinshasa

En 1960 la red de carreteras del Congo era de 140.000 kilómetros; veinte años después apenas sumaba 20.000 por la nefasta gestión de mandatarios como el corrupto Mobutu. Durante su mandato, el dólar pasó de tener paridad con el zaire, la moneda nacional, a pagarse a más de 4.000.000 de zaires. El “sálvese quien pueda” estaba tan institucionalizado que sus embajadores en Viena y Tokio no dudaron en vender las sedes diplomáticas por motivaciones diferentes: El primero pagó la boda de su hijo, una casa en Bélgica y un Mercedes y el segundo, con familia numerosa, necesitaba un microbús para los desplazamientos domésticos.

El hotel donde nos alojamos en el centro de Kinshasa es un espejismo de espaldas a la pobreza que le rodea y con un corazón tan insensible como el cemento sobre el que se eleva. Pese a que sus habitaciones son modestas, en su interior se suceden tiendas de lujo y hasta un casino. Afuera un ejército de meretrices pugna desde primera hora por entrar, previo pago al responsable de la recepción.

Para esta noche nuestros anfitriones nos han preparado dos espectáculos: El primero un enfrentamiento público en la rueda de prensa donde los responsables españoles de Bravo Airlines critican a sus socios congoleños que, por incumplir lo pactado, su plantilla sigue trabajando en un garaje. Empezamos a dudar que, dentro de 24 horas, salgamos del país en el mismo avión que nos ha traído.

El segundo show es una representación del folclore local. Un escenario con luces de colores lo acerca a los espectáculos prefabricados de las cadenas hoteleras y lo aleja del exotismo de las danzas tribales que nos contó Haggard en Las minas  del Rey Salomón. Ante la deriva de los acontecimientos, nos organizamos para patrullar por la noche de Kinshasa.

De entrada, tardamos casi otra hora en evitar repetidos intentos de timo hasta que conseguimos una furgoneta. Más tarde pagamos los  inconvenientes de ser un grupo numeroso y con inquietudes enfrentadas. Una parte de la expedición decide comerse un cordero despellejado colgado de una viga en mitad de la calle. La “parrilla” la organizan sobre un bidón dado la vuelta y el mini plato, a quince dólares, tarda en tostarse más de media hora.

Con la paciencia agotada, decido junto a un buen amigo inspeccionar un local cercano. “Vais a ligar como nunca”, nos anima uno de los socios de la compañía aérea. ¡Menudo misterio, cómo para no triunfar! Son todas prostitutas. Kinshasa tiene siete millones de habitantes y aquí están las más guapas. Ante la escasez, todo el mundo comercia. Y cuando no se tiene nada, se comercia con el cuerpo, el propio o el de otras personas. Para este viaje no hacían falta alforjas. Abandonamos el local y nuestros compañeros, tras engullir el cordero sin presentar aún signos de intoxicación, deciden que cambiemos de bar. Ahora nos reparten en coches particulares. “No se preocupen, llevan seguridad”, se ríe con su dentadura mellada el copiloto mientras nos enseña una escopeta de cañones recortados. ¡Cojonudo! Esto va de mal en peor.

Llegamos a un segundo garito, bien montado pero con el mismo putiferio organizado. Voy al servicio y a mi vuelta una belleza local ha introducido sus manos en el paquete de mi amigo. Él, castellano viejo aunque sea joven, no encuentra las palabras adecuadas para que cese la invasión y, según rota sobre sí mismo en un intento de fuga, la chica acompaña el movimiento con la precisión de un reloj suizo.

La escena me arranca una sonrisa que pierdo cuando me arrastra a la pista una diosa de ébano con ojos verdes. Trato de salvar la situación como puedo, pero naufrago. Amasa mi orgullo masculino y terminamos medio cayéndonos por la pista en una escena propia del cine español del destape. Cuando comprueba que no hay presa, no gasta más municiones conmigo y dispara a otro blanquito. Cupido no descansa.

Nos reponemos del susto con una cerveza al módico precio de siete dólares. Según pides, te enseñan la lista de precios. Escribe el antropólogo Albert Sánchez Piñol (“Payasos  y monstruos”) que para comprender la elevada inflación del Congo basta con el ejemplo de que una maleta cargada de billetes no bastaba para pagar una cena en un buen restaurante. En tiempos de Mobutu se necesitaban dos porque la inflación superó el 10.000 por ciento. Pago las dos cervezas con quince dólares y, en lugar del dólar de vuelta, me dan un fajo de billetes locales que valen entre poco y nada.

Después de 24 horas sin dormir, es momento de recogerse pero nadie quiere llevarnos. Viajamos sin chicas y los conductores pierden su comisión. Cuando por fin convencemos a uno, el resto le amenaza. Llegados a este punto, mi vilipendiada masa escrotal grita: “¡Basta ya, joder!” y se hace el silencio. Bajo la misma luna de Kinshasa donde Mohamed Alí tumbó a George Foreman no conviene sacar pecho, pero estamos hartos de estar hartos.  En mitad de la calle, de entre la multitud emerge un congoleño con fular al cuello, americana ceñida y maneras de aristócrata británico. Con treinta grados y una humedad asfixiante debo estar delirando.

- Tranquilos amigos. ¿Cuál es el problema? Ustedes han venido a divertirse. ¿No quieren chicas?.

-Queremos cama, pero de otra variedad.

Como por arte de magia, el chulo de las musas de Kinshasa nos abre las puertas de un coche. No valíamos nada, pero no quieren estropear el negocio que les llueve del cielo con la nueva compañía aérea.

 “¿Están seguros de que no quieren chicas?”, nos pregunta al despedirnos nuestro último chófer de la noche. No reúno fuerzas para contestar, sólo para darme una ducha fría cuando llego a mi habitación. (Continuará)

Imagen de jMoreta

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