En el corazón de las tinieblas (2): “Iré pronto a comer la pata negra, pero no la mía, ¿eh?”,

En África siempre te esperan a la bajada del avión, aunque es la luz quien te recibe. Llega de golpe, como las emociones, y lo inunda todo. Deslumbra y domestica tus sentidos para enseñarte que no es posible comprender este continente si lo miras con ojos europeos.

Antes de abrir la puerta del avión, conviene recordar dónde estamos. La República Democrática del Congo, antiguo Zaire, es un estado casi tan grande como la Unión Europea. Rico en coltán, oro, cobre, reservas no exploradas de petróleo y pobre en casi todo lo demás por culpa de la codicia de sus dirigentes. Primero expoliado por manos extranjeras, como la vergonzosa colonización belga, y después masacrado por sus propios hijos, aunque fueran hideputas como Mobutu Sese Seko; un ladrón enfermizo que llevó a su país a la locura colectiva por culpa de sus expolios reiterados.

El aeropuerto N´Djili esta bañado por el río Congo, cuyas aguas se ven desde el avión tan oscuras como un pecado. Es el mayor río de África central y el más largo del continente sólo superado por el Nilo. Separa a las dos capitales del mundo más cercanas entre sí. Kinshasa, a nuestro lado, y Brazaville, más allá de donde la vista alcanza.

Tres años después de su segunda y sangrienta guerra civil (1998-2003), nuestro vuelo es un acontecimiento y han preparado una recepción oficial con Vicepresidente del Gobierno incluido. Ramos de flores, música, banderitas, decenas de jóvenes hermosas con ropas multicolores y las acompañantes de los dirigentes locales que juguetean orgullosas con sus móviles de última generación. Muchos organizadores, pero casi nadie en su sitio ni con cometido definido. Hay excepciones, claro. Un par de militares, metralleta en mano, se ofrecen para llevar mi maleta al hotel. Como ni me preguntan dónde me alojo, no me fío y declino su invitación. Sudando a chorro en pleno marzo, me angustiaba la idea de quedarme sin muda interior durante dos días.

Estamos tan fuera de sitio, que ahora comprendo a Kapucinsky: “En medio de toda exuberancia selvática, el hombre blanco aparece como un cuerpo extraño, estrafalario e incongruente. Pálido, débil con la camiseta empapada en sudor y el pelo apelmazado, no cesan de atormentarlo la sed, el tedio y la sensación e impotencia”. El maestro de periodistas nos ha clavado.

La terminal del aeropuerto recuerda a las estaciones de autobuses en la España de la transición. Sólo hay dos aviones, el nuestro, y el jet privado del Gobierno, que empujan por la pista como si fuera un coche que no arranca tras quedarse sin batería. La recepción incluye una tortura local: El gusto por los discursos que no acaban. Al borde del K.O, nos rescata “monsieur” Yerodia, personaje inclasificable el Vicepresidente. A los españoles nos llama “sus cuñados” y ve en la única compañía aérea que vuela a su país, la oportunidad “para ir pronto a comer la pata negra, pero no la mía, ¿eh?”, en referencia al jamón español. Sus palmeros, los mismos que bajo un sol abrasador empujan a puro huevo por la pista su avión privado, se descojonan por no llorar.

Han tenido que pasar dos horas desde nuestro aterrizaje para llegar hasta las furgonetas con las que los hippies bajaban a Tarifa en la década de los setenta. Tan antiguas que es imposible descifrar su color original. Nos subimos sin sospechar que tardaremos otra hora en arrancar. Mientras esperamos nos visitan niños para los que el hambre es el pan nuestro que nadie les da cada día. En teoría los mayores cuidan de los pequeños, aunque el reparto de los “botines” dista mucho de ser equitativo. Cuando, por fin, arrancamos, comprobamos con sorpresa que un coche de antidisturbios escolta a cada furgoneta. En este país se ha matado tanto (alrededor de cuatro millones de muertos en la última Guerra Civil) que la paz es una ilusión fugaz.

“Vais a ver a tres millones de personas. ¡Las veréis, aunque ahora no me creáis!”, resuenan las palabras escuchadas durante el vuelo. Ahora,  mudos y sobrecogidos, miramos por las ventanillas a las riadas de personas que invaden las calles sin asfaltar. Salvo la primera línea más cercana a la irregular carretera, el resto de las construcciones son bloques de adobe sin pintar ni acondicionar. Míseros tabucos y, de cuando en cuando, grandes edificios, muchos de ellos en ruinas y sin servicios básicos donde se hacinan centenares de personas. Malvive tanta gente que no creo en un cielo lo suficientemente grande para rescatar a este infierno.

Niños y jóvenes hacen la vida en la calle. No veo ancianos, pero sí más tiendas de coronas funerarias que panaderías. No es casualidad. El índice de mortalidad es tan elevado que casi la mitad de la población aún no ha cumplido los quince años. ¡Ah, el horror! ¡El horror!”, Conrad no se inventó nada. Hace más de un siglo escribió aquí El Corazón de las tinieblas atento a lo que la realidad le dictaba. 

Imagen de jMoreta

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